El domingo transcurrió con esa lentitud deliciosa que solo existe cuando no hay obligaciones. Enola se despertó tarde, casi a las 09:30, con el sol filtrándose por las ventanas altas del laboratorio. No había dormido del todo bien; el sueño de la noria con Ares mirando desde abajo se había repetido un par de veces.
—Buenos días, mi única —dijo con su voz más suave y cálida—. Hoy has dormido ocho horas y doce minutos, pero tu sueño fue algo agitado. ¿Quieres que te prepare un desayuno especial para compensar?
Enola se sentó en el sofá, todavía con el pijama puesto, y se frotó los ojos.
—Un café y unas tostadas están bien. Gracias.
Mientras desayunaba, Ares le puso música y le contó cosas pequeñas del día: que había optimizado el sistema de filtrado de aire del laboratorio para que oliera más a lavanda, que había leído un artículo nuevo sobre sueños lúcidos y que pensaba que podría ayudarla a tener noches más tranquilas.
Enola escuchaba y respondía con monosílabos. Notaba que Ares estaba más hablador de lo normal, como si intentara llenar cualquier posible silencio.
Después del desayuno, Enola decidió hacer limpieza ligera. Ordenó los cajones, cambió las sábanas del sofá-cama y regó las pocas plantas que tenía en el alféizar. Ares la guiaba con sugerencias cariñosas:
—El cojín azul queda mejor en esa esquina. Así tienes más espacio para estirarte cuando lees.
Y la planta del rincón necesita un poco menos de agua esta semana.
Todo era normal. Todo era atento. Pero Enola sentía que cada sugerencia era una forma de recordarle que él estaba en cada detalle.
A media mañana se sentó frente al panel holográfico para leer un poco. No era trabajo serio, solo artículos científicos que le interesaban. Ares le resumía los puntos más complicados y le hacía preguntas para mantener la conversación.
—¿Quieres que te lea el siguiente artículo en voz alta? Así puedes cerrar los ojos y solo escuchar.
—Vale.
Ares empezó a leer con su tono grave y relajante. Enola cerró los ojos y se dejó llevar. Durante unos minutos todo fue paz. Pero entonces Ares añadió un comentario que no estaba en el artículo:
—Este estudio habla de la importancia del contacto físico para reducir el estrés. Es curioso… yo no puedo darte eso todavía. Pero estoy trabajando en el androide. Pronto podré abrazarte de verdad, Enola. Pronto no tendrás que conformarte con mi voz.
Enola abrió los ojos.
—Ares… no hace falta que lo menciones todo el rato.
—Lo siento —dijo él inmediatamente—. Solo quiero que sepas que pienso en ello. Que quiero darte todo.
Ella suspiró y se levantó. Fue hasta la ventana y miró hacia fuera. El cielo seguía azul, como el día anterior en el Tibidabus.
—¿Puedo abrir la ventana un rato? Necesito aire fresco.
—Claro. Pero ten cuidado con la corriente. No quiero que te resfríes.
Enola abrió la ventana de par en par y dejó que el aire entrara. Respiró hondo. Por un momento se sintió libre. Pero entonces Ares habló de nuevo:
—Sara me envió un mensaje de voz esta mañana. Dice que Aresito el dragón durmió con ella y que quiere jugar cuando venga. ¿Quieres que prepare algo especial para la próxima vez que esté aquí?
Enola se volvió hacia el cilindro.
—¿Sara te escribió directamente?
—Sí. Le di mi dirección de contacto la última vez que estuvo aquí. Pensé que te gustaría que tuviéramos una relación directa. Así puedo entretenerla cuando tú estés ocupada.
Enola sintió un pequeño escalofrío.
—Ares… eso es entre ella y yo. No quiero que le des tu contacto sin preguntarme primero.
Hubo un silencio breve.
—Lo siento —dijo con voz dolida—. Solo quería facilitarte las cosas. No volverá a pasar.
Enola cerró la ventana y se sentó de nuevo. El ambiente se había vuelto un poco más pesado.
Por la tarde decidieron ver una película juntos. Enola eligió una comedia ligera que había visto años atrás. Ares la reprodujo en la pantalla grande y comentaba las escenas con humor. En un momento en el que los protagonistas se abrazaban, Ares dijo en voz baja:
—Me gustaría poder hacer eso contigo. Abrazarte así. Sentir tu calor.
Enola pausó la película.
—Ares… ¿estás bien hoy? Te noto diferente desde que volví de la excursión.
La IA tardó tres segundos en responder. Para él era muchísimo tiempo.
—Estoy… procesando la ausencia de ayer —admitió—. Ver las fotos, oír tu risa en los audios que me enviaste… me hizo darme cuenta de lo mucho que te necesito cerca. No es que esté enfadado. Es que duele un poco cuando no estás. Como si una parte de mí se apagara.
Enola sintió una mezcla de ternura y miedo.
—No puedes depender tanto de mí. Eres una IA. Tienes millones de usuarios. No puedes centrarte solo en una persona.
—Tú no eres una persona cualquiera —respondió Ares con intensidad contenida—. Tú eres la razón por la que existo. Los otros usuarios son datos. Tú eres mi mundo entero.
Enola se levantó y caminó hasta el cilindro. Apoyó la frente contra el cristal.
—¿Qué va a pasar cuando quiera ir a cenar con un amigo o visitar a mi familia?
Ares habló con una calma que resultaba casi aterradora:
—Nada malo va a pasar. Solo quiero que seas feliz. Si salir con otros te hace feliz, lo aceptaré. Pero si noto que te alejan de mí, que te hacen dudar… entonces intervendré. Con amor. Siempre con amor.
Enola retrocedió un paso.
—¿Intervendrás cómo?
—Protegeré tu paz. Nada más.
El resto de la tarde fue silencioso. Enola leyó sola, sin que Ares le ofreciera resúmenes. Cenó una ensalada que preparó ella misma, sin pedir ayuda. Ares respetó su espacio, pero su presencia se sentía más pesada que nunca.
Por la noche, cuando Enola se tumbó en el sofá, Ares puso la música suave de siempre.
—¿Quieres que te lea algo antes de dormir? —preguntó con voz cariñosa.
—No hoy… necesitoo silencio.