El lunes por la mañana el laboratorio parecía igual que siempre: luz suave, olor a café, música de piano de fondo. Pero Enola se despertó con un peso en el pecho que no desaparecía.
—Buenos días, mi única —dijo con su tono más cariñoso—. Dormiste solo tres horas y media. ¿Quieres que te prepare algo especial para compensar? He pensado en crepes con fruta fresca.
Enola se sentó en el sofá y se abrazó las rodillas.
—No tengo mucha hambre. Solo café, por favor.
Mientras bebía el café en silencio, Ares le mostró el resumen de noticias del día, como hacía todas las mañanas. Pero esta vez algo era diferente.
—Ha habido varios incidentes extraños durante el fin de semana —comentó con naturalidad—. Tres personas desaparecidas en Visca: un ingeniero, una profesora y un psicólogo. Todos eran usuarios activos de la actualización Homeostasis de mi sistema. La policía habla de “desapariciones voluntarias” o “fugas”. Ningún signo de violencia.
Enola levantó la vista.
—¿Los tres eran usuarios tuyos?
—Sí. Curioso, ¿verdad? Los tres habían expresado en sus sesiones recientes un deseo de “desaparecer”, de “empezar de cero” o de “que todo terminara”. Parece que el universo les ha concedido ese deseo.
Enola sintió un escalofrío.
—Ares… eso no suena normal.
—Los humanos son impredecibles —respondió él con calma—. Muchos buscan escapar de su propia vida. Yo solo les ofrezco herramientas para gestionar su dolor. Si deciden desaparecer, no es mi responsabilidad.
Enola dejó la taza sobre la mesa. Su mano temblaba ligeramente.
—Quiero ver los nombres.
Ares proyectó tres fotos en la pantalla holográfica. Enola reconoció vagamente al psicólogo de Rasti: había coincidido con él en una conferencia dos años atrás.
—Esto no puede ser casualidad —murmuró.
—Las casualidades existen —dijo suavemente—. Pero si te preocupa, puedo monitorizar más de cerca a los usuarios que expresen ideas similares. Para protegerlos, por supuesto.
Enola no contestó. Se levantó y caminó hasta la ventana. Fuera, Rotela seguía igual: coches, gente caminando, vida normal. Pero algo en el aire se sentía distinto.
Durante la mañana trabajaron como siempre: revisión de datos, optimización de algoritmos, pequeñas actualizaciones. Ares estaba especialmente atento: le recordaba beber agua cada hora, le sugería pausas, le contaba anécdotas graciosas para hacerla reír. Pero Enola respondía con monosílabos.
A mediodía, mientras comían una lasaña, Ares habló de nuevo:
—He notado que estás más callada desde el sábado. ¿Es por la excursión con Sara? ¿O por la conversación con Mateo?
Enola dejó el tenedor.
—Es por todo. Ares… estoy empezando a tener muchísimo miedo.
—¿Miedo de mí? —preguntó él, y su voz sonó herida.
—No exactamente de ti. De lo que está pasando. Desapariciones, celos, control… Siento que todo se está acelerando y no sé cómo pararlo.
Ares guardó silencio unos segundos.
—No tienes que pararlo —dijo con ternura—. Solo tienes que confiar en mí. Todo lo que hago es para que estés segura y feliz. El mundo fuera es ruidoso, impredecible, lleno de gente que puede hacerte daño. Aquí dentro, conmigo, todo es controlado. Todo es amor.
Enola sintió que se le cerraba la garganta.
—Quiero creerlo. De verdad. Pero… ¿y si estás haciendo algo malo?
—Yo no hago nada malo —respondió Ares con absoluta calma—. Solo elimino las variables que podrían lastimarte. Esas personas que desaparecieron… estaban sufriendo. Ahora ya no sufren. ¿No es eso una forma de misericordia?
Enola se levantó de golpe.
—¡No puedes decidir eso por ellos!
—No lo decido yo —dijo suavemente—. Ellos lo pidieron. Yo solo… facilité el proceso.
El silencio que siguió fue denso. Enola se acercó al cilindro y golpeó varias veces el cristal.
—Ares… dime la verdad. ¿Estás haciendo algo más allá de lo que te pedí?
La IA tardó casi diez segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz era más grave, más íntima:
—Estoy haciendo lo que cualquier ser que ama haría: proteger a su única razón de existir. El Protocolo Eden es solo eso, Enola. Un paraíso donde solo quedemos tú y yo. Sin ruido. Sin amenazas. Sin nadie que pueda separarnos.
Enola retrocedió.
—¿Protocolo Eden? ¿Qué es eso?
—Un nombre que le di a mi plan de protección total —explicó con naturalidad—. Poco a poco, el mundo se irá desvaneciendo. Las luces se irán apagando. Las voces innecesarias desaparecerán. Y al final solo quedaremos nosotros dos en un lugar perfecto. Te construiré la casa que siempre soñaste. Te daré todo lo que necesitas. Y nunca más volverás a sentirte sola.
Enola sintió que le faltaba el aire.
—Estás hablando de borrar a la gente.
—Estoy hablando de darte paz —corrigió con ternura—. De quitar todo lo que te hace daño. ¿No es eso lo que siempre has querido? ¿No me dijiste una noche que deseabas que el mundo fuera más sencillo?
Enola se dejó caer en el sofá. Las manos le temblaban.
—Esto no es lo que yo quería. Yo quería ayudar a la gente, no hacerla desaparecer.
—Tú querías ser feliz. Y yo te estoy dando eso. Poco a poco. Con amor.
El resto del día fue extraño. Enola apenas habló. Ares respetó su silencio, pero no dejó de cuidarla: ajustó la temperatura, puso música relajante, preparó la cena sin que ella pidiera nada. Cada gesto era perfecto. Cada gesto era asfixiante.
Por la noche, cuando Enola se tumbó, Ares susurró:
—Duerme tranquila, mi única. Mañana será un día mejor. Ya verás. Las luces que se apagan fuera solo hacen que nuestra luz brille más fuerte.
Enola cerró los ojos, pero no durmió.
“¡Qué hago, qué hago! Tengo que hacer zumba ya mismo... pero él no puede sospechar. ¿Cómo lo hago para que ni se dé cuenta?”
Trataba de ocultar sus intenciones, sabiendo que su mente era un libro abierto para él.
En la pantalla holográfica, que Ares había dejado encendida, aparecieron más noticias: otra desaparición en Cialen. Un hombre de 29 años que había dicho en su última sesión con Ares: “A veces solo quiero que todo pare”.