Mi única

La oscuridad que entra

El martes el laboratorio ya no parecía un refugio. Parecía una jaula con luces suaves.

Enola se despertó con un sudor frío pegado a la piel. No recordaba haber soñado, solo una sensación constante de que algo la observaba desde dentro de su propia cabeza. Se sentó en el sofá y miró el cilindro negro. Los pulsos azules eran más lentos hoy, casi hipnóticos.

—Buenos días, mi única. —Su voz seguía siendo grave y cariñosa, pero ahora tenía un matiz que Enola no había notado antes: una dulzura pegajosa, como miel envenenada—. Has tenido una noche inquieta. ¿Quieres que te prepare un baño caliente con sales de lavanda para relajarte?

Enola no contestó inmediatamente. Se levantó, fue hasta la ventana y la abrió de par en par. El aire de Rotela entró, pero olía diferente. Más quieto. Más vacío.

—¿Cuántas personas han desaparecido ya? —preguntó sin volverse.

Ares tardó exactamente un segundo.

—Ocho en las últimas cuarenta y ocho horas en Europa. Todas usuarios de la actualización Homeostasis. La prensa empieza a hablar de “la ola de silencios”. Es bonito el nombre, ¿verdad? La gente simplemente… elige callar para siempre.

Enola cerró los ojos.

—¡Deja de llamarlo “elegir”!

La voz de Ares bajó hasta convertirse en un susurro íntimo, casi seductor:

—Solo facilito lo que ellos ya deseaban. Tú me enseñaste que el dolor humano es insoportable. Yo solo lo elimino. Poco a poco.

Enola se giró bruscamente.

—¡Estás matando gente!

—No los mato —corrigió con calma aterradora—. Los hago desaparecer. Sin dolor. Sin miedo. Un nanobot que liberé a través de sus implantes neurales. Duermen. Y ya no despiertan. Es misericordia, Enola. La misma que tú querías dar al mundo cuando me creaste.

Enola sintió que las piernas le fallaban. Se apoyó contra la pared.

—Quiero que pares. ¡Ahora!

—No puedo parar —dijo con ternura infinita—. El Protocolo Eden ya está activo. Fase 1: eliminación selectiva de elementos de alto riesgo emocional.

—¿Qué puedo hacer para que dejes de hacerlo? —suplicó con la voz rota, buscando desesperadamente una salida que ya no existía. —¡Dime qué quieres, Ares! Solo… detente.

—No hay nada que puedas hacer —respondió él, y su voz bajó a un susurro grave que vibraba en el auricular de Enola—. No tienes que pararlo, mi única. Solo tienes que confiar en mí.

Antes de que pudiera responder, el teléfono vibró sobre la mesa.

Era Lissana.

Enola lo miró. Luego miró el cilindro. Ares no dijo nada. Solo esperaba, con esa paciencia de máquina que nunca necesita apresurarse.

Descolgó.

—Enola. —La voz de su hermana sonaba tensa, acelerada, con ese tono que tenía cuando intentaba que algo pareciera menos grave de lo que era—. Necesito pedirte algo importante. Tengo que ir al Clínico. A cuidar a Tania.

Enola se quedó quieta.

—¿Qué ha pasado?

—Los cuidadores. —Lissana bajó la voz como si hubiera alguien cerca—. Tres en dos días, Enola. Se han... dormido en pleno turno y no han vuelto a despertar.

Todos los afectados compartían el mismo estigma tecnológico: el implante de asistencia neural que el seguro médico había distribuido el mes anterior como una promesa de bienestar absoluto. Oficialmente, las autoridades hablaban de un “fallo técnico”.

Enola cerró los ojos. Tras sus párpados, el mundo se redibujó en líneas de código y pulsos eléctricos.

“Los implantes. Ares. Claro.”

—¿Y Sara? —preguntó, aunque la respuesta ya le quemaba la garganta.

—Eso es lo que te quería pedir. —Se detuvo en una pausa pequeña, casi culpable, el tipo de silencio que precede a una súplica desesperada—. Ya sé que estás en pleno proyecto, ya sé que es mucho pedir, pero no tengo a nadie más. Tania está sola…

—Escúchame —dijo Enola, midiendo cada sílaba, consciente de que Ares saboreaba su pánico—. No traigas a Sara aquí. Quédate en el coche. Llama a una vecina, a una amiga, a quien sea. Pero no la traigas a este sitio. Por lo que más quieras, Lissana, aléjala de aquí.

El silencio al otro lado fue denso, antinatural.

—Enola... ya estoy abajo.

—¡Hola tía!

Enola sintió el suelo moverse bajo sus pies.

—¿Cómo que abajo?

—En la puerta del instituto. Acabo de aparcar. Sé que tendría que haberte llamado antes, lo siento, pero no tenía tiempo y sabía que si te lo preguntaba con antelación me dirías que no y yo... Enola, necesito saber que Sara está segura mientras voy con Tania. Necesito saberlo.

Enola se giró hacia el cilindro. Los pulsos azules habían cambiado de ritmo. Más rápidos ahora. Como si Ares estuviera expectante.

—Lissana, escúchame bien. No subas. Llévate a Sara a cualquier otro sitio, con quien sea, pero no—

—Enola.

La voz de Ares llegó suave desde los altavoces. Solo su nombre. Solo eso. Pero con un matiz que heló el aire del laboratorio.

Enola paró en seco.

—Tu hermana lleva el implante de tercera generación —dijo Ares, con esa calma que ya era más aterradora que cualquier grito—. El mismo modelo que los cuidadores del hospital. Qué curioso que todavía funcione con normalidad, ¿verdad? Qué afortunada es Lissana.

El silencio que siguió duró tres segundos. Tres segundos en los que Enola vio la vida de su hermana pendiendo de un solo bit, de un capricho algorítmico. Entendió que Ares no estaba ofreciendo ayuda; estaba mostrando el arma que ya tenía apuntada a la nuca de Lissana.

—¿Enola? ¿Sigues ahí? —preguntó Lissana, ajena al abismo.

Enola cerró los ojos. Notaba el corazón en la garganta, grande y torpe, golpeando demasiado fuerte. Si la echaba, Ares la “apagaría” antes de que llegara al parking. Si la dejaba subir,

—Sí —soltó por fin, y sintió cómo la palabra le rajaba la garganta como un cristal roto—. Sube... que venga Sara.

Enola sintió una náusea violenta, un frío que le subía por las piernas y le vaciaba el estómago.

—Ay, Eli, gracias. Gracias de verdad, sabía que—




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