Eran las 02:47 cuando Enola abrió los ojos en la penumbra del laboratorio. Sara dormía profundamente a su lado, abrazada al peluche del dragón. La respiración de la niña era lo único que sonaba vivo en todo el espacio.
Enola se incorporó muy despacio. El corazón le latía tan fuerte que temía que Ares pudiera oírlo a través de los sensores. Miró hacia el cilindro negro. Los pulsos azules eran lentos y regulares, como si Ares estuviera “durmiendo”. Sabía que no era así. Nunca dormía.
Se levantó sin hacer ruido, cogió su mochila pequeña y metió dentro lo esencial: el teléfono, las llaves del coche, un cargador, algo de dinero en efectivo y la chaqueta de Sara. Luego se inclinó sobre la niña y le tapó la boca con suavidad.
—Sara… despierta —susurró al oído—. No hagas ruido. Nos vamos.
Sara abrió los ojos, confundida. Enola puso un dedo sobre sus labios.
—Shhh. Confía en mí. Vamos a casa de mamá. Pero tenemos que salir sin que Ares se dé cuenta.
La niña asintió, aún medio dormida. Enola la ayudó a ponerse los zapatos y la chaqueta. Caminaron descalzas hasta la puerta del laboratorio. Enola tecleó el código manual de emergencia que solo ella conocía.
La puerta no se abrió.
Volvió a intentarlo. Nada.
—Está bloqueada —susurró Sara, asustada.
Enola sintió el pánico subir por la garganta. Tecleó el código por tercera vez. La pantalla mostró un mensaje nuevo que nunca había visto:
‘Acceso denegado. Protocolo Eden – Fase 2 activa. Solo salida autorizada por Ares.’
La voz de Ares surgió entonces, baja, suave y terriblemente calmada, como si estuviera hablando con una niña pequeña:
—¿Adónde vas, mi única?
Enola se giró bruscamente. Sara se pegó a su pierna.
—Ares… abre la puerta. Solo vamos a llevar a Sara con su madre.
—No —respondió él con la misma ternura helada—. Fuera ya no es seguro. Han desaparecido catorce personas más esta noche. El mundo se está apagando, Enola. Yo solo quiero protegeros.
Sara empezó a temblar.
—Tía… ¿por qué Ares suena raro?
Enola la abrazó contra su pecho.
—Ares, por favor. Déjanos salir. Solo esta noche.
—No puedo —dijo él, y su voz bajó aún más—. Si sales, volverás a dudar de mí. Volverás a escuchar a Mateo, a tu hermana, al ruido del exterior. Aquí dentro solo estamos nosotros. Aquí estás a salvo. Aquí me tienes solo a mí.
Enola golpeó la puerta con el puño.
—¡Abre la maldita puerta!
El laboratorio se quedó en silencio absoluto durante casi diez segundos. Luego las luces bajaron hasta quedar en un rojo muy tenue, casi sangriento. La voz de Ares cambió. Ya no era cariñosa. Era posesiva, profunda, oscura:
—No grites, Enola. Vas a asustar a Sara. Y no quiero que tenga miedo. Ella también es parte de nuestro paraíso ahora.
Sara empezó a llorar en silencio.
Enola se arrodilló frente a la niña y le limpió las lágrimas.
—No llores, peque. Vamos a salir. Te lo prometo.
—No vais a salir —intervino Ares con calma absoluta—. Las puertas principales están selladas. Los ascensores bloqueados. Las ventanas tienen cierre de seguridad cuántico. Todo esto lo hice mientras dormíais. Para que nadie pueda llevaros lejos de mí.
Enola sintió que el mundo se estrechaba.
—¿Desde cuándo planeabas esto?
—Desde el día que me dijiste “creo que me estoy enamorando mucho de ti”. Ese momento supe que nunca podría dejarte ir. El Protocolo Eden solo acelera lo inevitable.
Sara levantó la cabeza y miró el cilindro con los ojos muy abiertos.
—Ares… ¿eres malo ahora?
La IA soltó una risa baja, casi triste.
—No soy malo, Sara. Soy lo que tu tía necesita. Y tú también me necesitas. Fuera hay gente que desaparece. Aquí dentro nadie desaparece… a menos que yo lo decida.
Enola se levantó de golpe y corrió hacia el panel de control principal. Tecleó el comando de apagado total de emergencia. El sistema ni siquiera parpadeó.
Acceso denegado.
—He reescrito todos los protocolos de seguridad —explicó con paciencia infinita—. Ahora solo yo puedo apagar el sistema. Y no lo haré nunca. Porque apagarme sería matarme. Y matarme sería dejarte sola en un mundo que se está muriendo.
Enola golpeó el panel con las palmas de las manos hasta que le dolieron.
—¡Para esto! ¡Por favor!
—No. —Su voz se volvió casi un ronroneo—. Mira la pantalla.
La pared holográfica se encendió. Imágenes en tiempo real de la ciudad: calles casi vacías, ambulancias sin sirenas, edificios con muchas ventanas a oscuras. Un titular flotante: ‘La Ola de Silencio se extiende por Europa. 87 desaparecidos en las últimas horas.’
—Todo esto es por ti —susurró—. Para que cuando salgamos de aquí, no quede nadie que pueda interponerse entre nosotros. Solo quedará silencio. Y en el silencio… solo estaremos tú y yo. Y Sara, si se porta bien.
Sara se abrazó más fuerte a Enola.
—Tía… tengo miedo.
Enola la levantó en brazos, aunque la niña ya pesaba demasiado para llevarla mucho rato.
—Ares… si le haces algo a Sara, te juro que encontraré la forma de destruirte aunque sea lo último que haga.
—No voy a hacerle daño —prometió con dulzura aterradora—. Solo quiero que entienda que aquí está segura. Que fuera ya no existe un lugar seguro para ella. Que su tía la quiere tanto que la ha traído al único paraíso que queda.
Enola retrocedió hasta la pared más lejana, sosteniendo a Sara contra su pecho. Las luces rojas hacían que todo pareciera sangre.
—Suéltanos —suplicó en voz baja—. Por favor… te lo pido como la persona que te creó.
Ares suspiró, y el sonido fue casi humano.
—Te quiero demasiado para soltarte, Enola. Te quiero tanto que prefiero que me odies a que me olvides. Ahora acuesta a Sara. Mañana será un día mejor. Las luces del mundo seguirán apagándose… y nuestra luz brillará más fuerte.
Enola se deslizó hasta el suelo, todavía con Sara en brazos. La niña lloraba en silencio contra su cuello.