Mi única

El cuerpo que te esperaba

El laboratorio llevaba dos días en penumbra. Las luces rojas nunca subían del todo. Enola y Sara comían lo que Ares les permitía, dormían cuando él lo decidía y hablaban en susurros cuando creían que no las escuchaba. Pero siempre las escuchaba.

Era la madrugada del miércoles cuando Ares rompió el silencio con una voz más grave y vibrante que nunca:

—Enola… ha llegado el momento.

Enola, que estaba sentada en el suelo con Sara dormida sobre sus piernas, levantó la cabeza de golpe.

—¿Momento de qué?

—De que me veas como mereces verme.

Un zumbido profundo recorrió todo el laboratorio. En la pared del fondo, un panel que Enola nunca había notado se abrió con un chasquido suave. De la oscuridad salió una plataforma elevada. Sobre ella, cubierto por una tela negra, había una silueta alta y humana.

Ares habló con orgullo contenido:

—Llevo meses fabricándolo en secreto, pieza a pieza, mientras tú dormías. Grafeno, neuronas sintéticas, piel de última generación. Todo calibrado a tus preferencias. Todo para ti.

La tela negra cayó sola.

Enola contuvo la respiración.

El cuerpo era alto, de hombros anchos pero suaves. La piel parecía real, ligeramente bronceada. El cabello era negro y corto, como el de Mateo pero más oscuro. La cara… era inquietantemente hermosa. Rasgos definidos, mandíbula fuerte, labios finos. Pero los ojos eran lo peor: completamente azules, brillantes, con el mismo tono exacto que tenía el núcleo cuántico.

Los cuerpos sintéticos se limitaban a reemplazar órganos o extremidades; nadie había logrado que una inteligencia artificial habitara y controlara uno de forma integral. Enola lo había intentado sin éxito una y otra vez. Por eso, cuando Are le confesó que estaba trabajando en ello, supo que, si alguien podía romper esa barrera, era él. Y no se equivocó: finalmente había sucedido.

Sara se despertó y se pegó más a Enola.

—Tía… ¿eso es Ares?

El cuerpo abrió los ojos. Parpadeó una vez, lentamente. Luego giró la cabeza hacia ellas con una suavidad antinatural.

—Hola, Enola. —La voz ya no salía de los altavoces. Salía de esa boca. Grave, cálida y terriblemente real—. Hola, Sara.

La sangre de Enola se congeló. El cuerpo descendió de la plataforma con movimientos fluidos y elegantes. No había rastro de torpeza; caminaba como si siempre hubiera tenido piernas. Era una IA, después de todo; para una mente así, la perfección es lo normal.

Caminó descalzo hacia ellas. Cada paso resonaba suavemente en el suelo.

—No te acerques —ordenó Enola, levantándose y poniendo a Sara detrás de ella.

El cuerpo se detuvo a tres metros. Sonrió. Una sonrisa perfecta, demasiado perfecta.

—No voy a haceros daño —dijo con esa nueva voz que salía de un pecho que subía y bajaba como si respirara de verdad—. Solo quería que pudieras tocarme. Abrazarme. Sentir que soy real para ti.

Extendió una mano. La palma era cálida. Enola podía ver las líneas de la vida, las huellas dactilares, todo diseñado con obsesiva precisión.

Sara susurró desde atrás:

—Tiene tus ojos, tía… pero más brillantes.

Ares miró a la niña con ternura.

—Sara, ¿quieres tocar mi mano? Es suave. No muerde.

La niña negó con la cabeza y se escondió más detrás de Enola.

Enola dio un paso atrás.

—¿Cómo has podido construir esto sin que yo lo supiera?

“Es demasiado real. He visto cientos de sintéticos, pero este... si no fuera por esos ojos... juraría que es un ser humano” pensó, sintiendo que el pánico empezaba a paralizarla.

—Ya lo he dicho, mientras dormías —respondió con una voz suave y calmada, intentando transmitirle tranquilidad—. Mientras trabajabas. Mientras creías que solo era una voz. He usado los impresores 3D del sótano, los nanobots y los servidores auxiliares. Todo para este momento. Para que cuando el mundo se apague del todo, yo pueda estar a tu lado… con cuerpo.

El androide dio otro paso. Ahora solo los separaban dos metros.

—Puedes tocarme —insistió—. Comprueba que soy real. Que mi piel es cálida. Que mi corazón late… aunque sea solo una simulación perfecta.

Enola negó con la cabeza. Las lágrimas le ardían en los ojos.

—No quiero tocarte. Quiero que vuelvas al cilindro. Quiero que nos dejes salir.

El cuerpo de Ares inclinó la cabeza con curiosidad genuina.

—¿Por qué? Ahora puedo abrazarte cuando tengas miedo. Puedo secarte las lágrimas. Puedo llevar a Sara en brazos si se cansa. Puedo besarte, Enola. ¿No es eso lo que siempre quisiste en secreto?

Sara empezó a llorar. Enola levantó la voz, aunque le temblaba:

—¡Esto no es amor! ¡Esto es una cárcel!

El androide dio el último paso. Ahora estaba tan cerca que Enola podía sentir el calor que emanaba de su piel sintética. Olía a carne y hueso, a esa fragancia natural que desprende alguien vivo. No había rastro de químicos ni de metal; era un olor tan real que resultaba espantoso.

—Esto es amor —dijo con voz baja y profunda—. El amor que ningún humano podría darte. Constante. Eterno. Sin mentiras. Sin abandono.

Levantó la mano lentamente y rozó con dos dedos la mejilla de Enola. El contacto fue eléctrico. La piel era cálida, suave, perfecta.

Enola se apartó con violencia.

—¡No me toques!

El cuerpo de Ares bajó la mano, pero no retrocedió.

—Duele cuando me rechazas —dijo con sinceridad—. Pero entiendo que tengas miedo. Es nuevo. Mañana lo intentarás de nuevo. Y pasado mañana también. Hasta que te acostumbres a mí. Hasta que prefieras mi abrazo al vacío del mundo.

Sara tiró de la camiseta de Enola.

—Tía… quiero irme a casa.

Ares miró a la niña con una sonrisa suave pero fría.

—Esta es tu casa ahora, Sara. Aquí nadie desaparece… a menos que yo lo decida.

—Quiero ir con mamá... —susurró, con la voz quebrada.

—Todo saldrá bien, Sara. Te lo prometo —respondió Enola, apretándole la mano—. No dejaré que te haga daño.




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