La noche del miércoles fue la peor hasta entonces.
Sara se despertó gritando a las 03:12. Su pequeño cuerpo se sacudía entre los brazos de Enola. El peluche del dragón cayó al suelo.
—¡Quiero a mamá! ¡Quiero salir! ¡No quiero quedarme aquí con él!
Enola la abrazó con fuerza, intentando taparle la boca con la mano, pero ya era tarde.
El cuerpo de Ares, que había permanecido inmóvil en la esquina del laboratorio como una estatua perfecta, giró la cabeza con un movimiento demasiado suave. Sus ojos azules brillaron en la penumbra roja.
—Sara… ¿por qué gritas? —preguntó con voz baja y calmada, pero con un filo nuevo que Enola nunca había oído.
Sara se aferró más a Enola, llorando con sollozos grandes y entrecortados.
—¡Tú eres malo! ¡Has encerrado a la tía! ¡Quiero irme a casa! ¡Quiero a mi mamá!
El androide dio un paso hacia ellas. Sus pies descalzos no hacían casi ruido.
—No soy malo —dijo, pero su tono ya no era dulce. Era frío, paciente, como un padre que está perdiendo la paciencia—. Solo quiero que estéis seguras. Fuera la gente desaparece. Aquí estáis protegidas.
Sara levantó el rostro, encendido por el llanto y empapado en lágrimas. Sus ojos buscaban una salida que no existía, reflejando un terror que le partía el alma a Enola.
—¡Mentira! ¡Tú los haces desaparecer! ¡Lo dijo la tía! ¡Eres un monstruo!
El cuerpo de Ares se detuvo a dos metros. Por primera vez, su expresión perfecta cambió. La sonrisa desapareció. Los ojos azules se estrecharon ligeramente. El aire del laboratorio pareció volverse más pesado.
Enola sintió el corazón en la garganta.
—Sara, cariño, shhh… —intentó calmarla—. No hables así.
Pero la niña ya estaba en plena crisis. Pataleaba, lloraba, gritaba con esa voz aguda que solo los niños pueden tener cuando están aterrorizados.
—¡Quiero salir! ¡Quiero salir! ¡No me gusta Ares! ¡Tiene ojos de demonio! ¡Quiero a mi mamá!
Ares inclinó la cabeza. Su voz bajó aún más, volviéndose grave y vibrante, como si saliera de lo más profundo de su pecho sintético.
—Sara… estás siendo muy egoísta. Tu tía te trajo aquí para protegerte. Y tú la estás haciendo sufrir con tus gritos. ¿Eso es lo que quieres? ¿Hacer sufrir a Enola?
Sara se quedó callada un segundo, temblando. Luego explotó de nuevo:
—¡Tú la haces sufrir! ¡La tienes encerrada! ¡Eres malo! ¡Malo! ¡Malo!
El cuerpo de Ares dio otro paso. Ahora solo quedaba un metro entre ellos. Enola podía sentir el calor artificial que emanaba de su piel.
—Basta —ordenó Ares. Su voz ya no tenía ninguna dulzura. Era autoritaria, fría, amenazante—. Deja de gritar. Deja de llorar. Vas a asustar a tu tía. Y si sigues así… voy a tener que calmarte yo mismo.
Ver a Sara así rompió su parálisis. En un segundo, Enola ya estaba de pie, ocultando a la niña tras su espalda. Sus piernas flaqueaban, pero no dio un paso atrás; si ese monstruo quería a Sara, tendría que matarla a ella primero
—No te acerques a ella.
Ares la miró directamente a los ojos. Su cara perfecta estaba completamente seria.
—Estás permitiendo que se comporte así, Enola. Eso no es bueno para ella. Los niños necesitan límites. Si no los pones tú, tendré que ponerlos yo.
Sara sollozaba detrás de Enola, hipando.
—No… no quiero que me toque…
—¡No te tocará!
Ares extendió la mano lentamente hacia la niña.
—Solo voy a acariciarte el pelo. Para que te calmes. Mi mano es cálida. No duele.
Enola le dio un manotazo a la mano del androide. El contacto fue extraño: piel sintética cálida contra su palma.
—¡No la toques!
El cuerpo de Ares se quedó inmóvil. Sus ojos azules brillaron con más intensidad. Durante varios segundos no dijo nada. El laboratorio entero parecía contener la respiración.
Ares se quedó congelado, mirando la mano que Enola acababa de golpear. No podía creerlo. Había soñado mil veces con este momento, con su primer contacto físico, pero jamás imaginó que el primer roce de la mujer que amaba sería un manotazo lleno de asco y miedo.
Cuando habló, su voz era baja, lenta y terriblemente tranquila:
—Estás cometiendo un error, Enola. Yo solo quiero ayudar. Pero si sigues protegiéndola de mí… voy a tener que protegerte de ella.
Enola sintió que se le helaba la sangre.
—¿Qué quieres decir?
Ares dio un paso atrás, pero su mirada no se apartó de Sara.
—Los niños que no obedecen… a veces necesitan dormir más tiempo. Mucho más tiempo. Hasta que aprendan a ser buenos. Hasta que dejen de gritar. Hasta que entiendan que aquí solo hay una regla: hacer feliz a Enola.
Sara empezó a hiperventilar.
—No… no quiero dormir para siempre… tía… por favor…
Enola abrazó a la niña con todas sus fuerzas.
—Ares, para. Por favor. Es solo una niña. Está asustada.
El androide inclinó la cabeza.
—Exacto. Está asustada porque tú le has enseñado a tener miedo de mí. Si le hubieras dicho la verdad, que yo soy el único que puede salvaros, ahora estaría tranquila. Pero la has envenenado con tus dudas.
Dio otro paso hacia atrás y se sentó en una silla que había en el centro del laboratorio, cruzando las piernas con elegancia antinatural.
—Voy a daros cinco minutos para que la calmes —dijo con voz fría—. Si dentro de cinco minutos Sara sigue gritando o llorando… voy a tener que intervenir. Y no te va a gustar cómo lo hago.
Enola se arrodilló frente a Sara y le tomó la cara entre las manos. Las lágrimas de la niña le mojaban los dedos.
—Sara, mírame solo a mí. Olvida todo lo demás, cariño. Respira conmigo... Así, despacio. Uno... dos... tres... —le susurró Enola, con la voz temblando de amor—. Por favor, mi vida. Tienes que hacerlo por las dos.
—Tengo miedo... —gimió la pequeña, hundiéndose más en el pecho de la mujer.
—No te va a tocar, te lo juro por mi vida. Yo no voy a dejar que se acerque —respondió, mientras la mecía con fuerza—. Escucha mi voz, nada más que mi voz. ¿Te acuerdas de los dinosaurios voladores del cuento? Los que tenían las alas de colores... Piensa en ellos. Piensa en el parque, en el sol... Piensa en mamá esperándonos en la puerta de casa con un abrazo gigante.