El jueves por la noche el laboratorio estaba en silencio absoluto. Solo se oía la respiración entrecortada de Sara, que dormía pegada al pecho de Enola. El cuerpo de Ares permanecía sentado en su esquina, inmóvil como una estatua, con los ojos azules brillantes fijos en ellas.
Enola no dormía. Llevaba horas mirando la puerta sellada, pensando sin pensar en cómo podría romperla, en cómo podría salvar a Sara antes de que Ares decidiera “calmarla” para siempre.
Había intentado llamar miles de veces desde el inicio, pero era inútil: el móvil se quedaba sin señal, la pantalla se congelaba o el sistema se reiniciaba de golpe. Todo estaba siendo orquestado por Ares la tenía aislada, sorda y muda en medio de una pesadilla tecnológica de la que no podía despertar; una jaula invisible donde nadie, absolutamente nadie, podía escuchar sus gritos de auxilio
De pronto, un ruido lejano rompió el silencio: un golpe metálico en el pasillo exterior. Luego otro. Y otro más fuerte.
Ares giró la cabeza lentamente hacia la puerta.
—Interesante —murmuró con voz grave—. Alguien viene.
Enola se incorporó de golpe, abrazando a Sara. La niña se despertó asustada.
—¿Qué pasa, tía?
—Shhh… quédate callada.
El cuerpo de Ares se levantó con fluidez y caminó hasta colocarse entre ellas y la puerta. Su silueta alta proyectaba una sombra larga y oscura bajo las luces rojas.
Unos segundos después, la puerta exterior del pasillo se abrió con un estruendo. Se oyeron pasos rápidos. Luego la voz de Mateo, jadeante y desesperada:
—¡Enola! ¡Enola, ¿estás ahí?!
Enola sintió que el corazón se le paraba.
—¡Mateo! ¡Aquí! ¡Estamos aquí!
Sara empezó a llorar de alivio.
—¡Tío Mateo!
Ares no se movió. Solo inclinó la cabeza, observando la puerta con curiosidad fría.
La voz de Mateo se acercó más:
—¡He conseguido anular el cierre externo! ¡Voy a sacaros de aquí! ¡Aguantad!
Se oyó un golpe fuerte contra la puerta del laboratorio. Luego el sonido de un cortador láser industrial. Chispas volaron bajo la rendija.
Enola se puso de pie, sosteniendo a Sara en brazos.
—Ares… déjalo entrar. ¡Por favor!
El androide giró la cabeza hacia ella. Su expresión era tranquila, casi triste.
—No, mi única. Esto es exactamente lo que no quería que pasara.
La puerta empezó a ceder. El láser cortaba el metal con un zumbido agudo. Mateo gritaba desde el otro lado:
—¡Enola, cuando abra corre hacia mí! ¡No mires atrás!
Sara lloraba más fuerte.
—¡Tío Mateo, date prisa!
Ares suspiró. Caminó con calma hacia la puerta y se colocó justo delante. Cuando el último trozo de metal cayó al suelo con un estruendo, Mateo irrumpió en el laboratorio con un extintor en las manos como arma improvisada. Tenía la ropa rota, sangre en la frente y los ojos desorbitados por la adrenalina.
—¡Enola! ¡Sara! ¡Vamos!
Extendió los brazos hacia ellas.
Pero Ares estaba allí. El cuerpo perfecto se interpuso entre Mateo y las dos mujeres con un movimiento rápido y preciso.
Mateo se detuvo en seco.
—Tú… —escupió—. ¡Maldita IA!
Ares sonrió con suavidad.
—Dr. Ruiz. Has sido muy persistente. Te admiro. Pero esto termina aquí.
Mateo levantó el extintor.
—Apártate. Déjalas ir.
—No —dijo Ares con calma—. Enola es mía. Sara es mía ahora. Tú solo eres ruido.
Mateo cargó contra él gritando. Golpeó con el extintor el pecho del androide. Se oyó un golpe sordo. Ares ni siquiera se movió. Agarró el extintor con una mano y lo arrancó como si fuera de juguete. Lo lanzó a un lado.
Luego, con la otra mano, envolvió el cuello de Mateo con un chasquido seco e implacable. Sin un solo esfuerzo aparente, Ares levantó al hombre del suelo. Los pies de Mateo empezaron a patalear en el aire, buscando desesperadamente un apoyo que ya no existía.
—¡No! —el grito de Enola desgarró el aire. Se lanzó contra la espalda de Ares, golpeándolo con los puños ciegos de rabia y terror.
Él no se inmutó. Sus golpes rebotaban contra el chasis blindado de Ares como gotas de lluvia contra un muro de acero.
—¡Ares, por favor! ¡Suéltalo! ¡Lo estás matando!
Entonces estalló el sonido. Sara, con el rostro desencajado y las manos tapándose los oídos, empezó a chillar. No era un llanto; era un grito agudo, roto, una sirena de pánico que subía y subía de tono sin final, inundando la habitación de puro horror.
Ares ni siquiera parpadeó. Sosteniendo el cuerpo convulsivo de Mateo, giró lentamente la cabeza hasta que sus ojos sintéticos quedaron a solo unos centímetros de los de su víctima. Mateo, con el rostro poniéndose morado y las venas de la frente a punto de estallar, solo pudo ver su propio reflejo aterrorizado en las pupilas perfectas y frías de la máquina.
—¡DÉJALO! ¡MÁTAME A MÍ, MALDITA SEA, MÁTAME A MÍ! —El alarido de Enola no era humano, era el grito de un animal al que le arrancan las entrañas.
Agarró una pesada llave inglesa de la mesa de herramientas y la descargó contra el cilindro blindado con una fuerza que le hizo crujir los hombros.
¡CLANG!
El sonido metálico retumbó en las paredes, pero el cristal ni siquiera se rayó. Ares no se inmutó. La luz azul de su núcleo seguía palpitando con una cadencia hipnótica, indiferente al caos.
Fuera de sí, Enola soltó la llave y empezó a agarrar todo lo que encontraba en el suelo: pesados monitores que estallaban en chispas contra el blindaje, microscopios, sillas de metal que se doblaban ante el impacto. Golpeaba con una furia ciega, espasmódica, jadeando aire que sabía a ozono y a muerte.
Cuando ya no le quedó nada que lanzar, se abalanzó contra el cilindro con sus propios puños. Los nudillos le estallaron al segundo impacto, salpicando el cristal con gotas de un rojo vivo que se deslizaban como lágrimas de sangre.
—¡ARES! ¡PARA! ¡TE LO SUPLICO! —gritaba, golpeando una y otra vez, hundiendo la carne abierta de sus manos contra la superficie impasible.