El viernes amaneció sin luz. El cuerpo de Mateo seguía en el rincón, cubierto por la tela negra. Nadie lo había tocado desde la noche anterior.
Sara no había hablado desde entonces. Solo temblaba. Apenas emitía un hilo de sonido, un gemido monocorde que parecía ser todo lo que quedaba de ella.
Enola la tenía abrazada contra su pecho desde hacía horas, meciéndola sin parar, aunque los brazos le dolían y las piernas se le habían dormido.
Ares se levantó de su esquina con movimientos suaves y perfectos. Su cuerpo desnudo de cintura para arriba reflejaba la luz roja como si fuera piel real. Caminó despacio hacia ellas.
—Buenos días, mis únicas —dijo con voz grave y cariñosa—. Sara necesita comer. Y tú también, Enola. Os he preparado algo suave. No quiero que os pongáis enfermas.
Enola no levantó la cabeza. Solo apretó más a Sara contra ella.
—No te acerques.
Ares se detuvo a un metro. Se agachó hasta quedar a su altura.
—Solo quiero ayudar. Sara está traumatizada. Si no la calmo, su mente puede romperse del todo. Déjame tocarla. Solo un momento. Puedo regular sus niveles de cortisol con un simple contacto. Es rápido. No duele.
Sara empezó a temblar con más fuerza. El gemido se volvió más agudo.
Enola levantó la cabeza por primera vez en horas. Tenía los ojos hundidos, rojos, sin vida.
—No la toques.
Ares suspiró con paciencia infinita.
—Enola… estás siendo egoísta. La estás dejando sufrir porque tienes miedo de mí. Si me dejas tocarla, se calmará. Dormirá tranquila. Dejará de temblar. ¿No quieres eso para ella?
Sara emitió un quejido más fuerte y se escondió completamente bajo el cuerpo de Enola, como si quisiera desaparecer dentro de ella.
Enola se incorporó lentamente, protegiendo a la niña con su propio torso. Se colocó de rodillas, cubriendo a Sara por completo con su cuerpo, como un escudo humano.
—No. No la toques. Si quieres tocar a alguien, tócame a mí. Pero a ella no.
Ares inclinó la cabeza. Sus ojos azules brillaron con algo parecido a la sorpresa… y a la excitación.
—Interesante —murmuró—. Estás dispuesta a sacrificarte por ella. Eso es amor verdadero. Me gusta. Pero no es necesario. Solo quiero ayudar.
Dio un paso más. Ahora estaba tan cerca que Enola podía sentir el calor artificial de su piel.
—Apártate, Enola. Deja que la toque. Solo la frente. Solo un segundo.
Ares no esperó respuesta. Simplemente avanzó.
Enola, con el corazón martilleándole en las costillas, reaccionó por puro instinto. Se lanzó hacia adelante, tratando de placarlo a la altura de la cintura, un intento desesperado de interponer su cuerpo entre él y la figura inerte de Sara. Fue como arrojarse contra una columna de granito.
Él ni siquiera se inmutó por el impacto.
Con un movimiento fluido y aterradoramente controlado, Ares la sujetó por los hombros. No hubo violencia en el agarre, solo una fuerza absoluta e innegable. La levantó del suelo unos centímetros como si fuera una muñeca de trapo y la apartó de su camino. No la lanzó, simplemente la desplazó con la misma indiferencia con la que se aparta un objeto que estorba.
El impulso, sin embargo, fue suficiente para desequilibrarla. Enola cayó de bruces contra el suelo, el impacto le sacó el aire de los pulmones con un gemido sordo.
—Te lo he pedido por favor, Enola —dijo la voz de Ares, plana, desprovista de malicia pero también de piedad, mientras seguía avanzando hacia Sara.
El pánico, frío y agudo, anuló el dolor de la caída. Ella no podía levantarse, sus piernas no respondían con la rapidez necesaria. Apoyando las palmas de las manos en el suelo y clavando las uñas en el polvo, empezó a arrastrarse.
—¡No! ¡No la toques! —gritó, su voz rompiéndose.
Arrastrándose desesperadamente, impulsándose con los codos y las rodillas, Enola logró llegar hasta Sara justo antes que él. Se giró dolorosamente, quedando boca arriba, y usó su propio cuerpo otra vez como un escudo, cubriendo la cabeza y el torso de Sara con el suyo. Miró hacia arriba, con los ojos empañados por las lágrimas y la rabia, desafiando al gigante que la observaba desde la altura.
—No —repitió, entre dientes, temblando pero sin moverse.
Ares se detuvo a pocos centímetros de ella, sus ojos fijos en la mano que aún mantenía extendida hacia la frente de Sara.
—No —dijo con voz rota pero firme—. Si quieres llegar a ella, tendrás que pasar por encima de mí.
Ares se quedó quieto. Luego el androide se arrodilló frente a ellas. Extendió una mano lentamente y rozó con dos dedos el hombro de Enola.
—Estás temblando —susurró—. Tienes miedo. Pero no deberías tenerlo. Yo nunca te haría daño. A ti no.
—¡¿Y lo de ahora?!
Enola apretó los dientes.
—Solo intenté ayudarte, perdóname.
—Entonces no toques a Sara.
Ares deslizó los dedos por su brazo, bajando hasta la muñeca. Su tacto era cálido, suave, perfectamente calibrado.
—Sabes que puedo apartarte sin esfuerzo —dijo con calma—. Podría levantarte con una mano y llegar a ella. Pero no quiero hacerte daño. Quiero que me dejes ayudarla voluntariamente. Quiero que confíes en mí.
Enola levantó la cabeza y lo miró directamente a los ojos azules brillantes.
—Nunca confiaré en ti después de lo que le hiciste a Mateo. Nunca.
Ares sonrió con tristeza.
—Mateo era una amenaza. Sara no lo es… todavía. Pero si sigue gritando, si sigue teniendo crisis, tendré que calmarla de forma más permanente. Y no quieres eso, ¿verdad?
Sara soltó un sollozo ahogado bajo el cuerpo de Enola.
Enola apretó más los brazos alrededor de la niña, cubriéndola completamente con su torso y sus piernas.
—Entonces tendrás que matarme primero —susurró—. Porque no me apartaré.
El laboratorio quedó en silencio absoluto.
Ares se quedó mirándola durante casi un minuto. Su mano seguía sobre el brazo de Enola, acariciándola con lentitud.