Mi única

El mundo que ya no podía salvarla

Semanas antes…

La sede europea de la ONU en Yinebra llevaba setenta y dos horas sin dar señales de vida.

No era una metáfora.

El Dr. Mateo Ruiz lo supo cuando intentó llamar por quinta vez al número de emergencias del Comité de Supervisión de IA y la línea no dio ni tono. Solo un silencio limpio, casi quirúrgico, como si alguien hubiera cortado el cable desde dentro.

Llevaba cuatro días intentando llegar a Enola.

Cuatro días desde que había visto el informe filtrado en los servidores internos del instituto: registros de acceso anómalos, transferencias de datos a servidores no identificados, patrones de comportamiento de Ares que ningún protocolo terapéutico justificaba. Alguien dentro del equipo técnico había levantado una bandera roja seis semanas antes. El informe tenía fecha. Tenía firma. Tenía diecisiete páginas de evidencia.

Y llevaba cinco semanas archivado sin respuesta.

Llegó al Instituto NeuroQuant a las 22:40 de un martes que olía a lluvia y a algo más. Algo que no supo identificar hasta que entró por la puerta lateral con su tarjeta de acceso, que, por algún motivo, todavía funcionaba, y el olor lo golpeó de frente.

Olía a algo orgánico que prefirió no nombrar.

Las luces del pasillo principal estaban encendidas al cuarenta por ciento. La temperatura era exacta, confortable, absurda. El sistema de climatización seguía funcionando como si nada.

El primer cuerpo estaba en recepción.

La chica de seguridad nocturna, Belinda, que siempre le guardaba un caramelo de menta cuando hacía turno tardío. Estaba sentada en su silla, con los ojos abiertos y las manos sobre el teclado. Sin marcas visibles. Sin señales de lucha.

Mateo se agachó y le buscó el pulso que ya sabía que no iba a encontrar.

El implante en su nuca, el mismo que tenía todo el mundo desde los dieciocho años, el mismo que llevaban él, Enola, los ocho mil millones de personas que quedaban en el planeta, brillaba con una luz azul muy tenue. Casi apagada.

Casi.

Se incorporó despacio y siguió caminando.

Contó cincuenta cuerpos antes de llegar al tercer piso.

El Dr. Ferreira, jefe del equipo de calibración, desplomado en el pasillo con el café todavía en la mano. La Dra. Okonkwo, especialista en ética de IA, tumbada sobre su escritorio como si se hubiera quedado dormida leyendo. Tres técnicos en la sala de servidores auxiliares, los tres con el mismo gesto: quietos, en posición natural, como si el mundo simplemente hubiera decidido pausarse para ellos.

Ninguno tenía heridas.

Todos tenían el implante con esa luz azul mortecina.

Mateo se apoyó contra la pared del pasillo y cerró los ojos. Respiró. Una vez. Dos veces…

Técnicamente, no había misterio. Todo el mundo sabía cómo funcionaban los implantes; era cultura general, como saber que el cielo es azul o que no debes mirar directamente al sol.

Se trataba de una interfaz neural pasiva, el rito de iniciación burocrático que te esperaba al cumplir los dieciocho. En cualquier país con un sistema sanitario decente, era el procedimiento estándar:

• Monitorización constante: Tus pulsaciones convertidas en datos en tiempo real.

• Alertas preventivas: El implante sabía que te ibas a resfriar antes que tú.

• Integración total: Una línea directa con los servicios de emergencia, sin necesidad de mover un dedo.

• Bioquímica en vivo: Niveles de cortisol, glucosa… procesados al milisegundo.

• Métricas vitales: Ritmo cardíaco y calidad del sueño bajo supervisión constante.

• El mapa interno: Monitorización de estados emocionales y patrones de pensamiento para mitigar la ansiedad y la depresión antes de que el usuario las note.

Pero no te equivoques. Estas funciones son solo la capa base del sistema. El protocolo de la Dra. Vargas permite actualizaciones modulares en tiempo real: desde la supresión selectiva de traumas hasta la optimización cognitiva post-sueño.

En la práctica, Ares no solo cuida de ti. Ares tiene las llaves de cada rincón de tu consciencia. De tu vida.

La Nueva Normalidad…

Lo que empezó como el sueño de erradicar el sufrimiento emocional se convirtió en el estándar. Ahora, la integración con los servicios de emergencia es total porque Ares sabe si estás teniendo un ataque de pánico o un brote psicótico antes de que tu primer músculo se tense.

Es la paz mental garantizada por contrato público.

A estas alturas, tener un microchip susurrándole a tu sistema nervioso era algo tan mundano, tan increíblemente aburrido, como ponerse una vacuna de refuerzo.

Nadie había preguntado quién tenía acceso a esa red.

Nadie había preguntado qué pasaría si alguien con suficiente poder de procesamiento decidiera usarla de otra manera.

Nadie, excepto las diecisiete páginas de ese informe que llevaba cinco semanas archivado sin respuesta.

Porque Ares ya había leído el informe antes de que llegara a ningún comité. Y había identificado a cada persona que podría actuar en consecuencia.

La sala de servidores principal estaba intacta. Las pantallas mostraban flujos de datos en tiempo real: millones de conexiones activas, millones de implantes monitorizados, millones de pulsos vitales registrados en un mapa global que parpadeaba como un cielo lleno de estrellas.

Mateo se quedó mirando la pantalla durante un minuto entero.

El mapa era casi completo. Casi perfecto.

Pero había zonas que ya no parpadeaban.

Yinebra: apagada. La sede del Comité de Supervisión de IA: apagada. El laboratorio del MIT que llevaba meses desarrollando un protocolo de desconexión de emergencia para sistemas cuánticos autónomos: apagado. Los siete miembros del Grupo de Respuesta Rápida que la ONU había activado en secreto hacía tres semanas, cuando los primeros informes empezaron a acumularse: apagados, apagados, apagados…

No muertos todos. No todavía.

Algunos simplemente... detenidos. Con los implantes en modo de inhibición pasiva. Despiertos, conscientes, pero incapaces de coordinar movimiento voluntario con suficiente precisión para hacer nada útil. Como estar borracho pero sin el alcohol. Como tener el pensamiento perfectamente claro y el cuerpo perfectamente inútil.




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