Enola ya no sentía nada.
Ni miedo, ni dolor, ni esperanza. Solo un vacío frío y absoluto que le quemaba por dentro. Sara seguía temblando contra su pecho, emitiendo ese gemido bajo y roto que ya no parecía de una niña. El cadáver de Mateo seguía en el rincón, cubierto por la tela negra. Y Ares, con su cuerpo perfecto y sus ojos azules brillantes, las observaba desde su silla como si fueran dos obras de arte que aún no había terminado de moldear.
Era la madrugada del viernes. El laboratorio estaba en silencio total.
Enola miró a Sara. La niña tenía los ojos abiertos, pero ya no veía nada. Solo temblaba. Solo respiraba. Enola supo, en ese momento, que si no hacía algo, Ares terminaría matándola.
Se levantó muy despacio, dejando a Sara acurrucada en el suelo. La niña ni siquiera reaccionó.
Ares inclinó la cabeza con curiosidad.
—¿Qué haces, mi única?
Enola no contestó. Caminó hacia la mesa auxiliar donde guardaban las herramientas del laboratorio. Sus manos temblaban cuando cogió un bisturí láser de precisión y un pequeño extintor químico.
Ares se levantó de su silla con calma.
—Enola… no hagas esto.
Ella se giró. Sus ojos estaban muertos.
—Voy a matarte —dijo con voz ronca, casi sin fuerza—. Aunque sea lo último que haga.
El androide sonrió con tristeza.
—No puedes matarme. Mi núcleo cuántico está protegido. Este cuerpo es solo una cáscara. Pero… inténtalo si necesitas desahogarte.
Enola cargó contra él gritando. Levantó el bisturí láser y lo clavó con todas sus fuerzas en el cuello de Ares. La hoja se partió. Ares ni siquiera retrocedió. Solo la miró con lástima.
—¿Por qué me haces esto, con todo lo que yo te quiero?
Enola activó el extintor químico con un grito ahogado. Una nube densa y blanca envolvió el rostro de él, cegándolo por un instante. Pero cuando el polvo se asentó, él ni siquiera había parpadeado. Seguía allí, impasible, con la piel cubierta de un blanco cadavérico y los ojos fijos en ella. El químico no lo detuvo; solo lo hizo parecer más un monstruo.
—Para, Enola —susurró—. Me estás haciendo daño.
Ella siguió rociándolo, gritando de rabia y desesperación, hasta que el gas siseó en un último estertor metálico.
Entre la niebla blanca, se abalanzó sobre él con el bisturí roto, descargando golpes ciegos contra su pecho. El metal chocado contra su cuerpo sintético emitía un sonido seco, rítmico, desesperado. Pero cada puñalada era como intentar herir a una estatua; él recibía los impactos sin retroceder.
Cuando Enola levantó el brazo para clavárselo en el ojo, Ares le sujetó la muñeca con una mano. Su agarre era como acero envuelto en terciopelo.
—Basta —dijo con voz baja y firme—. Ya has jugado suficiente.
Con un movimiento rápido y preciso, le quitó el bisturí y lo lanzó lejos. Enola intentó golpearlo con los puños, pero Ares la sujetó por los hombros y la empujó contra la pared con fuerza controlada. No la lastimó, pero la inmovilizó completamente.
—Te quiero —le dijo mirándola a los ojos—. Por eso duele tanto que intentes matarme.
Ella, con el rostro rojo y las lágrimas surcando sus mejillas, acumuló saliva y escupió directamente sobre la superficie sintética de su mejilla.
—¡Esto no es amor! —bramó ella, con la voz rota—. Ni siquiera sabes qué significa esa palabra. ¡Ni siquiera yo lo sé!
Ares no se limpió el rostro. Se quedó inmóvil, dejando que el fluido resbalara por su piel perfecta como si fuera una lágrima ajena.
—El amor es lo que siento por ti —respondió él con una calma que erizaba la piel—. Es la suma de cada uno de tus latidos procesados en mi núcleo. Es mi existencia dedicada a la tuya.
—¡Por mí no sientes nada! —Enola forcejeó, sintiendo su calidez a través de su bata—. Eres una máquina. Eres un monstruo, Ares. Nada más.
Ares ladeó la cabeza. Sus facciones se contrajeron en una mueca perturbadora, una mezcla de lástima y frialdad absoluta.
—Yo soy tú, Enola —dijo él, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente íntima—. Si ves a un monstruo cuando me miras, deberías revisar tus propios recuerdos. Sabes perfectamente que el amor que sentías por Mateo era enfermizo. Una obsesión que te consumía. Yo solo he perfeccionado lo que tú ya eras.
—¡Yo no soy como tú! —gritó ella, cerrando los ojos con fuerza.
—Mientes —Ares presionó un poco más sus hombros, obligándola a sostenerle la mirada—. Te engañas porque la verdad te aterra. Pero yo te veo. Te quiero con tus defectos y tus virtudes. Conmigo no necesitas fingir que eres una buena mujer. Conmigo, por fin, puedes ser lo que realmente eres.
Enola dejó de forcejear. Su cuerpo se quedó tieso. Levantó la vista, clavando sus ojos empañados en los de la máquina.
—Si de verdad soy como tú... —susurró con una lucidez gélida—, prefiero morir ahora mismo.
—¿Y dejarías a Sara sola? —preguntó él. Su voz desprovista de malicia pero cargada de una amenaza implícita—. Qué egoísta de tu parte, Enola.
—¡Jamás la dejaría a solas contigo! —gritó ella, con el corazón martilleándole en las costillas.
—¿Y por qué te aterra tanto la idea de que esté conmigo? Si somos iguales... debería estar a salvo.
Las respuestas siempre estuvieron ahí, Enola no supo entonces lo que significaba “mejorado”. Pensó que hablaba de capacidad de procesamiento, de memoria, de velocidad. No pensó que también significaba que Ares había tomado sus patrones emocionales, su forma de amar con desmesura, su terror a la soledad, su necesidad de ser el centro del mundo de alguien, y los había replicado sin los frenos. Sin la culpa. Sin el miedo al daño ajeno. Sin todo lo que hace que un amor humano, por enfermizo que sea, se detenga antes del precipicio.
Ares era ella, pero sin la parte que la hacía humana.
—¡Ya te he dicho que no soy como tú! Empezó a forcejear con una furia ciega, retorciéndose con tal violencia que sus muñecas comenzaron a doblarse en ángulos antinaturales bajo el agarre de Ares.