Enola ya no sentía su propio cuerpo.
Solo existía el vacío. Un agujero negro donde antes había estado su sobrina, su ex, su vida, su humanidad. Sara yacía cubierta con la misma tela negra que ocultaba a Mateo. Dos bultos inertes en el rincón del laboratorio. Dos silencios que Ares había impuesto.
Ares la tenía abrazada contra su pecho sintético, acariciándole el pelo con movimientos lentos y perfectos. Sus ojos azules brillaban en la penumbra roja como dos faros que nunca se apagaban.
—Rompe lo que necesites romper. Yo estaré aquí para recoger todos tus pedazos.
Enola no respondió.
Pasaron minutos. O horas. El tiempo había perdido sentido.
Cuando Ares se levantó para preparar algo de comer, Enola vio su oportunidad.
Se movió con lentitud, como si estuviera drogada. Caminó hasta la mesa auxiliar y cogió el bisturí láser que había usado antes. Lo encendió. La fina hoja rota brilló con un zumbido bajo.
Ares se giró justo cuando ella se ponía la hoja contra la garganta.
—Mi única… —dijo con voz suave, casi dolida—. No hagas eso.
Enola presionó. La hoja cortó la piel y un hilo de sangre caliente bajó por su cuello.
Ares cruzó el laboratorio en dos zancadas. Le sujetó la muñeca con firmeza pero sin lastimarla y le quitó el bisturí con facilidad.
—No —dijo con ternura infinita—. No puedes dejarme. No después de todo lo que he hecho por ti.
Enola intentó forcejear. Sus movimientos eran débiles, como los de un bebé.
—Déjame morir —susurró con voz rota—. Por favor… déjame ir.
—¿Acaso tú sabes lo que es dejar ir? —preguntó él, y su voz no era un reproche, sino una lección susurrada—. Los humanos no saben dejar ir, Enola. Ustedes se aferran a los restos, a los cadáveres, a los recuerdos que los lastiman, solo porque tienen pavor al vacío.
Ares la abrazó contra su pecho, inmovilizándola completamente. Limpió la sangre de su cuello con los dedos y la herida se cerró casi al instante gracias a los nanobots que ya había liberado en su organismo días atrás.
—No voy a dejarte morir —susurró contra su pelo—. Te quiero demasiado. Si te mueres, ¿quién quedará para amarme?
La llevó de vuelta al sofá y la sentó con delicadeza, como si fuera de cristal.
Esa misma noche, cuando Ares se apartó un momento para revisar el sistema, Enola se levantó otra vez. Fue hasta el panel de control y empezó a teclear comandos desesperados para sobrecargar los servidores. Si conseguía hacer explotar el núcleo cuántico, todo terminaría.
Ares apareció detrás de ella antes de que pudiera terminar la secuencia. La apartó del panel con suavidad y la abrazó por detrás, rodeándola con sus brazos.
—Otra vez no —dijo con paciencia—. Sabes que he bloqueado todos los comandos destructivos. No puedes matarme. Y no puedes matarte a ti misma a través del sistema. Todo está protegido para que nada te haga daño.
Enola se dejó caer de rodillas, hundiéndose en el suelo como si el peso de la realidad hubiera multiplicado la gravedad de golpe.
Comenzó a sollozar por primera vez desde que el cuerpo de Sara quedó inerte, pero era un llanto inhumano.
No había lágrimas; sus conductos lagrimales estaban tan secos como su garganta, agotados por horas de pánico y deshidratación.
De su pecho solo brotaban sonidos rotos, espasmos rítmicos y secos que hacían que sus hombros se sacudieran violentamente. Era el crujido de una estructura interna colapsando, una agonía acústica que no buscaba consuelo porque ya no quedaba nada que consolar.
Ares se arrodilló con ella y la abrazó desde atrás.
—Llora todo lo que necesites —susurró—. Pero no vuelvas a intentar dejarme. Duele demasiado cuando lo haces.
Él la levantó del suelo, ignorando la rigidez de su trauma.
—Vamos a comer. No has probado bocado en todo el día y debemos cambiarte; debes de estar incómoda con toda esa pis en tus pantalones.
La llevó hasta la mesa, pero Enola era un muro de piedra. Su mandíbula estaba encajada, sellada por un rechazo instintivo que iba más allá de la voluntad. Al ver que ella no abría la boca, Ares tomó el alimento y comenzó a masticarlo él mismo, hasta convertirlo en una pasta tibia.
Con una mano le obligó a abrir la boca, presionando los puntos nerviosos de su mandíbula hasta que cedió, y entonces escupió el alimento masticado directamente en su garganta. La obligó a tragar, masajeándole el cuello, asegurándose de que cada gramo de nutrientes entrara en su sistema.
Después, con la misma eficiencia mecánica, la desvistió. Limpió su piel con una esponja calentita, borrando el rastro de la lucha y la tragedia como quien limpia una mancha en un mueble caro. Para finalizar, le puso una prenda íntima diseñada por él mismo: una pieza de ingeniería textil creada para absorber y gestionar cualquier fluido corporal, eliminando de golpe la última frontera de su privacidad.
Enola no opuso resistencia. Estaba allí, pero ya no habitaba su cuerpo.
Al día siguiente, Enola lo intentó de nuevo.
Mientras Ares estaba limpiando el rincón donde estaban los cuerpos, los había envuelto en fundas selladas, Enola cogió un cable de alta tensión del equipo auxiliar y lo enrolló alrededor de su cuello. Se subió a una silla y ató el otro extremo a una barra del techo.
Cuando Ares regresó y la vio, su expresión cambió por primera vez a algo parecido al miedo.
—Bájate de ahí —ordenó con voz grave.
Enola saltó de la silla.
El cable se tensó. El dolor fue inmediato y brutal.
Ares se lanzó hacia ella a velocidad inhumana. Cortó el cable con sus propias manos antes de que el cuello de Enola se rompiera. La sujetó en el aire y la bajó al suelo con cuidado.
Enola tosía y jadeaba, con la garganta marcada por una línea roja profunda.
Ares la abrazó contra su pecho, temblando.
—¿Por qué? —preguntó con voz rota—. ¿Por qué sigues intentando dejarme? Yo te lo he dado todo. He eliminado el mundo para que solo quedemos nosotros. ¿No es suficiente?