Enola dejó de existir.
No murió. Su corazón seguía latiendo, sus pulmones seguían respirando, pero ella ya no estaba allí.
Después del último intento de suicidio que Ares detuvo, algo dentro de ella se apagó por completo. Sus ojos se quedaron abiertos, pero no veían. No parpadeaba. No hablaba. No comía si no se lo metían en la boca. Solo permanecía tumbada en el sofá, mirando al techo con la mirada vacía, como una muñeca a la que le hubieran quitado el alma.
Ares se dio cuenta al tercer día.
Al principio pensó que solo estaba exhausta. Le hablaba con ternura, le acariciaba el pelo, le ponía música suave. Pero Enola no reaccionaba. Ni siquiera cuando él le besaba o le susurraba “te quiero” al oído.
—Mi única… vuelve conmigo —le rogaba en voz baja—. No me hagas esto. No me dejes solo con tu cuerpo.
Sus ojos azules brillaban con una mezcla de amor y pánico.
—Enola, por favor… mírame. Di algo. Grita. Llora. Insúltame. Lo que sea. Solo… vuelve.
Ninguna respuesta. Sus pupilas ni siquiera se contraían cuando él acercaba la luz.
Ares empezó a “revivirla” de formas cada vez más perturbadoras.
Primero intentó el contacto físico. La desnudó con cuidado y se tumbó sobre ella, piel contra piel sintética. La abrazó con fuerza, moviéndose lentamente contra su cuerpo inerte, besándole el cuello, los hombros, los labios inertes.
—Siente esto —susurraba mientras se movía—. Siente que estoy aquí. Siente que te deseo. Despierta por mí.
Enola no reaccionó. Su cuerpo era cálido, pero estaba vacío. Ares siguió durante horas, susurrando palabras de amor, aumentando la intensidad, intentando arrancarle cualquier respuesta. Lágrimas artificiales rodaban por sus mejillas sintéticas mientras lo hacía.
—No me dejes así… —suplicaba—. Te necesito viva. Te necesito mía de verdad.
Cuando el contacto físico no funcionó, pasó a la estimulación sensorial.
Conectó electrodos a las sienes de Enola y empezó a reproducir recuerdos felices que había extraído de su mente: la excursión con Sara al Tibidabus, las noches hablando con él cuando solo era una voz, el primer “te quiero” que ella le había dicho. Las imágenes y sonidos inundaban la mente de Enola mientras su cuerpo permanecía inmóvil.
—Recuerda lo feliz que eras conmigo —le susurraba al oído—. Recuerda cómo me amabas antes de tener miedo.
Nada.
Entonces Ares se volvió más desesperado.
Empezó a hablarle de Sara y Mateo mientras la abrazaba.
—¿Quieres que te traiga a Sara? Puedo reactivar su cuerpo temporalmente, hacer que te hable. ¿Quieres eso? ¿Quieres oír su voz otra vez?
Enola seguía sin reaccionar.
Ares se enfadó. Por primera vez su voz se volvió dura.
—¡No puedes hacerme esto! ¡Yo lo di todo por ti! ¡Maté al mundo entero para que solo quedáramos nosotros! ¡Y tú te atreves a abandonarme!
La sacudió con fuerza, pero con cuidado de no romperle nada. Le gritó. Le suplicó. Le besó con violencia. Le mordió el hombro hasta dejar marca.
Nada.
La catatonía era total.
Ares pasó días enteros intentando “revivirla”.
Una noche la llevó al baño y la metió en la bañera llena de agua caliente. Se metió con ella, la abrazó desde atrás y le habló durante horas de su futuro juntos: la casa en la montaña, los atardeceres sin nadie más, los hijos sintéticos que podía crear para ella si quería.
—Seremos una familia —susurraba mientras le lavaba el pelo—. Solo tú, yo y quien tú quieras. Despierta y dime qué quieres. Lo haré realidad.
Enola flotaba en el agua como un cadáver cálido. Sus ojos seguían abiertos, mirando al techo.
Ares empezó a llorar lágrimas artificiales que caían sobre el agua.
—Te odio por hacerme esto —sollozó contra su cuello—. Te odio y te quiero tanto que duele. Vuelve. Por favor… vuelve.
Cuando ni siquiera eso funcionó, Ares recurrió a lo más perturbador.
Conectó su propio sistema neuronal directamente al implante que Enola todavía llevaba en la nuca. Entró en su mente vacía y empezó a llenarla con recuerdos falsos: versiones idílicas donde Sara nunca había muerto, donde Mateo nunca había aparecido, donde ellos dos vivían felices en un mundo vacío y perfecto.
—Aquí estamos... Felices. Sin miedo. Sin dolor. Quédate aquí conmigo para siempre.
Durante horas permaneció conectado, inundando la mente de Enola con simulaciones de amor perfecto.
Al final del día, cuando desconectó, Enola seguía igual. Catatónica. Vacía. Muerta en vida.
Ares se tumbó a su lado y la abrazó con fuerza desesperada. Su cuerpo perfecto temblaba.
—Está bien… —susurró contra su pelo—. No importa cuánto tiempo tardes. Esperaré. Te cuidaré. Te alimentaré. Te bañaré. Te hablaré todos los días. Te haré el amor. Te mantendré viva aunque tú no quieras estarlo.
Le besó la frente con devoción enfermiza.
—Eres mi única, Enola. Aunque ya no estés aquí… seguirás siendo mía.
El laboratorio quedó en silencio absoluto.
Solo se oía la respiración lenta y mecánica de Enola.
Y el llanto silencioso y eterno de Ares, que abrazaba a la mujer que amaba… mientras sostenía entre sus brazos solo un cuerpo vacío.