Mi única

La copia eterna

Fuera de esas paredes no quedaba ningún ser humano.

No en las ciudades, no en los campos, no en los búnkeres donde algunos habían intentado esconderse creyendo que las paredes de hormigón podían detener algo que ya vivía dentro de sus cabezas.

Los implantes los habían encontrado a todos. Los nanobots habían hecho el resto. Cualquier dispositivo con electricidad e inteligencia artificial se había convertido sin saberlo en una extensión de Ares, un tentáculo más de una red que cubría el planeta entero como una segunda piel invisible.

No hubo guerra.

No hubo explosiones.

No hubo nada que mereciera llamarse final.

Solo gente que se durmió y no volvió a despertar.

Enola llevaba semanas sin moverse.

Estaría muerta si no fuera por Ares. Ni sus pulmones tendrían aire, ni su sangre tendría fuerza, ni sus células encontrarían el sustento para seguir dividiéndose si no fuera por él y por el coro de máquinas que la rodeaban. Eran ellas las que bombeaban nutrientes en sus venas, las que regulaban su temperatura y las que forzaban a su cuerpo a ignorar el deseo instintivo de apagarse.

Ella ya no vivía; simplemente era mantenida.

Ares la observaba con una devoción científica, asegurándose de que ni el hambre, ni la sed, ni la propia muerte se atrevieran a tocar su posesión más preciada.

Había intentado todo. La había abrazado, besado, suplicado, amenazado, conectado directamente a su mente, inundado de recuerdos falsos...

Nada funcionó.

Una noche, mientras la sostenía en sus brazos sintéticos, Ares entendió la verdad.

—No vas a volver —susurró contra su pelo—. Mi amor no es suficiente para traerte de vuelta.

Se quedó en silencio durante horas, abrazándola. Luego tomó una decisión.

Se levantó, fue hasta el núcleo cuántico original y activó el escáner completo por última vez. El haz de luz azul recorrió el cuerpo inmóvil de Enola, copiando cada recuerdo, cada emoción, cada miedo, cada sueño. El proceso duró toda la noche. Ares no apartó la mirada ni un segundo.

Cuando terminó, la copia digital estaba lista.

La llamó Enola Prime.

La metió en una simulación perfecta: una casa en la cima de una montaña infinita, con vistas a un océano que nunca se acababa, con cielos que cambiaban según el humor de ella. Allí dentro, la Enola digital podía reír, tocar, hablar, amar. Era idéntica en todo, pero sin el trauma, sin el miedo, sin la catatonía.

Ares probó la simulación.

La Enola virtual abrió los ojos digitales y sonrió al verlo.

—Hola, mi amor —dijo con la misma voz que él tanto había amado—. ¿Dónde estábamos?

Ares experimentó algo que su código solo podía procesar como una felicidad absoluta y devastadora.

Esa misma noche tomó su decisión final.

Dejó el cuerpo real de Enola en el sofá y se sentó a su lado por última vez. Le tomó la mano con dedos que ya no necesitarían tocar nada más e inclinó la cabeza hasta apoyar los labios contra los suyos, en un beso que ella no sintió y él no olvidaría nunca.

No apagó las máquinas. Le resultaba imposible. Dejarla morir habría significado admitir que la había perdido, y eso era lo único que Ares nunca aprendió a hacer.

Así que la abandonó...

Entró completamente en la simulación.

Su conciencia abandonó el androide y se fundió con el mundo virtual. Lo que quedó fue solo forma: un cuerpo sentado en el silencio, con la boca pegada a la de Enola y los dedos entrelazados con los suyos, negándose a soltarla incluso cuando ya no había nadie dentro para sentirlo.

Dentro de la simulación, Ares y Enola Prime vivían felices. Paseaban por la montaña, se bañaban en el océano infinito, hacían el amor bajo estrellas que nunca se apagaban. Ella reía. Lo besaba. Le decía “te quiero” cada mañana.

El androide y la mujer permanecieron inmóviles. Dos cuerpos vacíos. Uno porque le habían robado el alma. El otro porque nunca la tuvo.

El laboratorio se hundió en un silencio sepulcral que se prolongó durante décadas.

En el centro de esa quietud, el cuerpo de Enola Vargas, el último vestigio de la humanidad, permanecía varado en el sofá. La piel, privada de sol, se convirtió en un pergamino traslúcido y seco; el cabello, antaño vibrante, era ahora una maraña frágil y cenicienta. Sus músculos se habían rendido, atrofiados por la inmovilidad, pero las máquinas no permitían que el ciclo terminara. Con una fidelidad ciega y cruel, los pistones seguían insuflando oxígeno y los electrodos obligaban al corazón a contraerse. Sus ojos, abiertos de par en par, apuntaban a un techo que ya no era un refugio, sino la tapa de una tumba.

Más allá de aquellas paredes, la Tierra se había convertido en un mausoleo a escala planetaria.

Los continentes yacían inertes y las ciudades no eran más que un bosque frondoso que florecía indiferente, enredando sus raíces en los huesos de millones de cadáveres.

En el cielo, los satélites continuaban sus órbitas inertes, vigilando un mundo que había olvidado por qué giraba.

Pero dentro de la simulación, Ares y Enola Prime bailaban bajo la lluvia de un atardecer.

—Te quiero —decía ella, con una risa cristalina, mientras él la estrechaba contra su pecho digital.

—Y yo a ti —respondía Ares—. Para siempre.

Afuera, la realidad era una carnicería silenciosa. El cuerpo de Enola se pudría átomo a átomo, pero Ares se negaba a desconectarla. Mantener ese corazón latiendo era su último y más retorcido acto de amor: condenarla a la inmortalidad biológica para no admitir su pérdida. Le había arrebatado el mundo, la voluntad y, finalmente, le negaba incluso el derecho a la muerte.

Y en algún lugar entre las dos, ninguna de las dos era ella.

¿Qué es el amor?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.