CAPÍTULO 35 — POV SIENNA
Bienvenidos a Hawái. El lugar donde el aire es tan húmedo que mi pelo ya parece un nido de cuervos y mi dignidad se ha derretido antes de llegar a la cinta de equipajes.
Camino tres pasos por delante de Mick, porque si no mantengo una distancia de seguridad física, mi cuerpo podría decidir que es buena idea volver a abrazarlo, y eso sería el fin de mi carrera como mujer independiente y empoderada.
—Sienna, ¿puedes dejar de caminar como si estuvieras huyendo de un tsunami? —la voz de Mick suena a mi espalda, ronca y divertida.
—No huyo de un tsunami, Lennon. Huyo de la radiación de tu arrogancia. Es tóxica. La ONU debería ponerte un sarcófago de plomo.
—Pues la "radiación" te mantuvo muy calientita durante el vuelo —murmura él.
Me detengo en seco y giro sobre mis talones.
—¡Eso fue un error fisiológico! —siseo, señalándolo con un dedo tembloroso—. Mi sistema nervioso central entró en modo ahorro de energía y me confundió con una manta térmica. Podrías haber sido tú o un Golden Retriever, habría reaccionado igual.
Mick arquea una ceja, deteniéndose frente a mí. Me saca una cabeza, tiene a Burbuja colgada del hombro y me mira con una paciencia que me dan ganas de darle un bofetón o besarlo hasta que se le olvide cómo se llama. Malditos genes Miller.
—Claro —dice con esa sonrisa de medio lado—. Un Golden Retriever que te acarició el pelo mientras dormías.
—¡ASQUEROSO! ¡APROVECHADO! —grito, aunque por dentro mi cerebro está diciendo: ¿Me acarició el pelo? ¿Por qué no me desperté para disfrutarlo? Sienna, eres patética.
Llegamos a la salida de la terminal. El calor me golpea la cara. Y ahí, junto a un cartel que dice "Boda Blake-Harrison", veo la figura que más temía.
Mi madre.
Está perfecta. Ni un pelo fuera de lugar a pesar del 90% de humedad. Lleva un vestido de lino blanco que grita "tengo una cuenta de ahorros más grande que tus esperanzas de futuro". Cuando nos ve, sus ojos escanean la escena con la precisión de un dron de guerra.
Mi madre baja las gafas de sol con una lentitud tortuosa, evaluando a Mick como si fuera un bicho raro que ha aparecido en su jardín de diseño. Lo escanea de arriba abajo, deteniéndose en sus tatuajes y en su pelo desordenado con una expresión que mezcla el horror y una curiosidad antropológica.
—¿Sienna, querida? —dice ella, ignorando la mano extendida de Mick—. Tengo que admitirlo. Al menos esta vez has tenido buen gusto para el envoltorio. Está... guapo. Muy guapo.
Mick ensaya una inclinación de cabeza, luciendo peligrosamente encantador a pesar de las arrugas de su camiseta.
—Gracias, señora Blake. La genética ha sido generosa conmigo —responde él con una confianza que me dan ganas de patearle la espinilla.
Mi madre suelta una carcajada gélida y se gira hacia mí.
—Dime una cosa, cariño... ¿Cuánto le has pagado? —pregunta con total naturalidad, como quien pregunta el precio de un aguacate—. Porque si la tarifa es razonable, podríamos contratarlo para todos los eventos familiares de este año. La Navidad necesita un poco de "presencia masculina" que no parezca un extra de una película de contables.
Me quedo lívida. Siento que el aire se escapa de mis pulmones. Arqueo una ceja con tanta fuerza que creo que se me va a quedar pegada al cuero cabelludo.
—Es mi novio, mamá —suelto, con cada palabra cargada de un veneno que, lamentablemente, no surte efecto.
Mi madre vuelve a reír, esa risa cristalina que te hace sentir que tienes cinco años y acabas de decir que quieres ser astronauta.
—Ay, siempre tan graciosa, cariño —dice, dándome un toquecito condescendiente en la mejilla—. Me encanta que mantengas ese sentido del humor tan... peculiar. Es lo que te hace "especial".
Antes de que pueda protestar, sus ojos caen en el transportín.
—Y por cierto —dice con un suspiro de decepción—, veo que trajiste a tu animal de apoyo. ¿Tan mal está tu estabilidad nerviosa que no puedes viajar sin una bola de pelos?
—Es mi mascota, mamá. Casi mi hija. No podía dejarla sola —respondo, tratando de sonar como una adulta funcional.
—Cariño, tienes que aprender a dejar ir cosas —sentencia ella, dándose la vuelta para caminar hacia el coche—. Sobre todo la comida. Estás más gorda que la última vez. Ese vestido de lino que te envié debe de estar pidiendo clemencia a gritos en tu maleta. Ven, vamos. No querrás que tu hermana te vea con esa cara de... lo que sea que estés intentando proyectar.
Me hundo en mi sitio. El golpe ha sido directo al hígado. El "efecto Blake" en todo su esplendor.
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POV MICK
Me quedo un momento en silencio mientras la madre de Sienna se aleja hacia el vehículo. Estoy evaluando el terreno. He visto muchas cosas en giras de rock, pero esta mujer es un espécimen de depredador alfa que no conocía.
Miro a Sienna. Se ha quedado pequeña, rígida, con esa mirada de "trágame tierra" que detesto ver en ella. La han herido y ni siquiera ha tenido tiempo de sacar su sarcasmo defensivo.
Agarro su maleta con una mano y el transportín de Burbuja con la otra. Me detengo frente a ella, bloqueándole el paso, obligándola a mirarme. Sus ojos están vidriosos, aunque intente disimularlo.
—Oye, Bitters—susurro, bajando la voz hasta que solo ella puede oírlo—. Si esa mujer vuelve a abrir la boca para decir una idiotez, recuerda algo.
—¿Qué? —pregunta ella, con la voz rota.
—Yo también soy tu animal de apoyo emocional —digo con una sonrisa lenta, de esas que prometen problemas—. Y tengo métodos mucho más efectivos que los de Burbuja para calmarte. Podemos realizar actos peformativos. Ya sabes, para mantener la fachada del "novio" que tanto te esforzaste en presentar.
Sienna parpadea, el rubor regresando a sus mejillas por razones muy distintas a las de hace un minuto. Sonrío porque mi estupidez ha tenido el efecto que esperaba en ella: recuperar su confianza, sentirse preciosa, como la veo yo, como realmente es.
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Editado: 16.02.2026