Mi venganza contra el amor

Cuenta regresiva 2

Aurora era una mujer tradicional, educada y decorosa. Era alta, rubia y hermosa, con unos ojos verdes brillantes. Se había comprometido con Hans porque así lo habían decidido sus familias; su matrimonio era meramente por intereses financieros y sociales. Aun así, Aurora estaba profundamente enamorada de Hans.

Al principio, cuando sus padres le hablaron de un posible compromiso, ella no estuvo de acuerdo porque no conocía a Hans físicamente. Tenía miedo de casarse con un desconocido, pero era tan sumisa que no decía nada; todos sus temores se los guardaba.

Una vez que lo vio en un evento social, quedó completamente impactada por su apariencia. Pensó que era el hombre más atractivo que había visto en su vida y, desde ese momento, se aferró a él.

Miranda Walker quería que sus hijos se casaran con mujeres bien posicionadas y decorosas, provenientes de buenas familias, mujeres devotas y fieles a sus hijos, que pudieran darles nietos y expandir el linaje Walker.

Miranda tenía dos hijos: el mayor, Carter, y el menor, Hans. El primero en la lista para casarse debía ser Carter, un hombre de treinta años, apuesto y de carácter soberbio y duro. Su prometida había sido asesinada de manera misteriosa hacía seis meses. Una noche desafortunada la encontraron en su casa con un disparo en la cabeza. Nunca se supo la causa real de su muerte y se llegó a la fría conclusión de que había sido un suicidio. Todo se ocultó para evitar un escándalo familiar, pero Carter quedó lleno de odio y amargura, pues no sabía quién había sido el culpable de la muerte de su prometida, Luisa.

En su mente tenía a los miembros de su propia familia, pero especialmente a su madre Miranda y a su esposo Héctor, un antiguo guardaespaldas que terminó seduciéndola y convirtiéndose en una pieza clave en las decisiones de las empresas.

Carter quería vengarse. Quería desquitarse de alguna forma. Su madre nunca quiso a Luisa: ella era modelo, con una mentalidad moderna, independiente y autosuficiente, con una vida caótica llena de escándalos, romances intensos, drogas y anorexia, lo que la convertía en alguien inaceptable para la señora Walker. Por otro lado estaba Héctor, un hombre de no más de cuarenta años, al que se le notaban entre ceja y ceja las ganas de quedarse con toda la fortuna de Miranda. Carter estaba seguro de que uno de los dos era el culpable, pero no tenía pruebas, así que vivía ideando un plan para destruir a su madre poco a poco.

Mientras tanto, Hans se había resignado a pasar toda su vida al lado de una mujer que no amaba, todo por un bien mayor. Había llegado a España días antes porque Aurora se lo había pedido, pero debido a complicaciones en el trabajo, ella había llegado después y ahora estaba en Madrid exigiendo su atención y afecto.

Hans la trataba con frialdad, distante y poco afectivo. Aun así, ella creía firmemente que podía ganarse su corazón. Recién había dejado su trabajo como escritora y había tenido una gran carga preparando a su reemplazo. Estaba decidida a que ese matrimonio funcionara, consciente de que Hans no la amaba. Estaban a un mes de casarse y Hans no podía sentirse más decepcionado. Y ahora, después de haber conocido a Alice, se sentía aún más abatido.

Alice y Hans habían estado navegando en el yate, bebiendo, relajándose, riendo y disfrutándose mutuamente. Él no podía dejar de pensar que pronto tendría que abandonarla, y eso le dolía. Le dolía verla sonreír sabiendo que nunca sería realmente suya. No podía romper su compromiso con Aurora, no ahora que faltaba tan poco para la boda, no sin conocer las consecuencias para su familia. Antes de Alice nunca había pensado en renunciar a su compromiso, pero aquella mujer de ojos hermosos se había metido en su alma sin avisar. Después de aquella conversación en la fuente de los deseos, ambos habían quedado unidos por el destino.

La noche había llegado y el viaje en el yate había terminado. Hans le extendió la mano a Alice para ayudarla a bajar. El hotel que había reservado era hermoso; la habitación era de recién casados, con pétalos de rosas en la cama y velas aromáticas.

—Hans… ¿cuándo tuviste tiempo de hacer todo esto? —preguntó Alice, conmovida.

—Soy un hombre hábil. Puedo hacer varias cosas a la vez —respondió con una sonrisa satisfecha al ver la felicidad de ella.

—Eso me queda claro —dijo Alice llena de alegría.

—Aún tengo una sorpresa más para ti, pero primero te he comprado este detalle.

—¿A dónde vas? —preguntó Alice al verlo dirigirse a la puerta.

—Te veré a las ocho en punto en el lugar de nuestra cita. Un mesero te llevará —le dijo Hans guiñándole un ojo.

—¿Pero tú a dónde vas? ¿Dónde te vas a cambiar?

—No te preocupes por mí. Solo encárgate de arrancarme el corazón y los ojos con tu belleza.

—Ah… ok. Te veo pronto.

Alice estaba realmente emocionada con todos los detalles de Hans. Le parecía un chico muy romántico y decidió bañarse y arreglarse como nunca, solo para sorprenderlo. Él le había regalado un vestido rojo ceñido al cuerpo, con escote profundo en la espalda y una abertura en la pierna, además de tacones dorados y joyería de lujo.

—No puede ser… debió gastar mucho dinero. Es muy generoso, no escatima en nada.

Hans se había cambiado en otra habitación, buscando privacidad para llamar a su madre. Miranda tenía un carácter terrible: mandona, soberbia y sin disposición a escuchar razones. Creía saber siempre lo que era mejor para sus hijos, incluso si eso los hacía infelices.

Después de un rato, Miranda contestó.

—Hans, no había podido responderte. ¿A qué se debe tanta insistencia? ¿Cómo es posible que tengas tiempo para llamarme a mí y no a tu prometida? La pobre está herida pensando que la odias.

—No quiero casarme con ella. Voy a pedir que rompamos el compromiso —dijo Hans con seriedad.

—¿Qué? ¿Es una broma? ¿Estás borracho? ¿Qué estupideces estás diciendo? —respondió furiosa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.