Mi venganza contra el amor

En las manos del verdugo

Una adrenalina acompañada de miedo e incertidumbre recorría los cuerpos de Thomas y Borg. Era una sensación desesperante. Estaban sudando frío. Tenían dos armas para defenderse, pero no tenían escapatoria. La puerta de su habitación estaba siendo golpeada con violencia.

—¡Al suelo!

Thomas y Borg se echaron al piso cuando los hombres de la mafia comenzaron a despedazar la puerta con varias detonaciones. Literalmente, la puerta quedó hecha pedazos.

—Estamos acabados… —exclamó Thomas, desesperanzado. Presentía su muerte, una corazonada que le ahogaba el corazón.

—No sabemos todavía si es a nosotros a quienes buscan. Pase lo que pase, tenemos que sobrevivir. No podemos terminar así —susurró Borg, con las manos y la voz temblorosas.

Por fin, los hombres de Carlo entraron al lugar. Escombros, residuos de pólvora y un humo mezclado con polvo convertían la atmósfera en algo similar a un atentado, como si Thomas y Borg hubieran estado en medio de una guerrilla.

—¿Aún están vivos, mariposas? Espero no haberles perforado la carne antes de tiempo, jajaja… aún nos espera mucha diversión —exclamó Francesco.

—Vamos a buscarlos. Deben estar escondidos en algún lugar. Terminemos rápido, me estoy muriendo de hambre —dijo Lorenzo, de mal humor.

—¡Aquí están las princesas mágicas, jajaja! —gritó Alessandro mientras él y Edoardo los sacaban de debajo de la cama como si fueran alimañas.

—¿Por qué se ven tan angustiados? Ni que fuéramos monstruos, jajaja.

Alessandro estaba cubierto de sangre de pies a cabeza. Ninguno de ellos sentía remordimiento por lo que hacía; estaban acostumbrados a la violencia, la muerte y la crueldad que exigía su trabajo.

Ellos formaban parte de una mafia italiana llamada “Occhio per occhio” (ojo por ojo), liderada por Carlo Rizzo Di Marco.

Una organización temida y poderosa, conocida por su forma salvaje de operar. Eran hombres sin escrúpulos que no respetaban casi nada en el mundo. Su lema era claro: ojo por ojo y diente por diente. Si te metías con ellos, te harían pagar con sufrimiento, no solo a ti, sino también a tus seres queridos.

La policía, a menudo, los dejaba libres debido a la corrupción o al miedo de sus amenazas. También era bien sabido el “buen trabajo” que hacían cuando eran contratados.

Al ver sus tatuajes, Borg comprendió quiénes eran y se puso pálido. Thomas entendió que estaban en manos del diablo y que probablemente no saldrían con vida de allí.

—¿Acaso las señoritas se quedaron sin palabras? Jajaja…

—¿El gato les comió la lengua? Están muy pálidos… y ni siquiera hemos empezado con ustedes —dijo Edoardo en tono de burla.

—¿Quién los contrató para hacer esto? —preguntó Borg con la voz temblorosa.

—¿Eres tartamudo o qué? Habla bien, muñeca, o te haré hablar como un hombre —le dijo Francesco, agarrándolo de la ropa y mirándolo fijamente.

—¿Muñeca? Más bien parece un gorila, jajaja. Es un orangután afeminado —exclamó Lorenzo, riéndose mientras imitaba su forma de caminar.

Thomas los miraba de reojo. Tenía la boca seca. Jamás se había sentido tan vulnerable ni tan aterrado.

—¿Qué estás mirando, niño bonito? ¿No te gusta mi ropa? —le preguntó Francesco con tono amenazante.

—¿Por qué nos increpan de esta forma? ¿Qué quieren de nosotros? No tenemos nada que ver con la mafia italiana. No conocemos a su jefe ni tenemos asuntos con ustedes. Déjennos ir, por favor —manifestó Thomas, con la mirada en el suelo.

—¿Ni siquiera quieres mirarme a los ojos, perra? ¿Te crees mejor que yo? —Francesco le dio una bofetada y luego otra—. Mírame, rata inmunda. No vuelvas a faltarme el respeto o te arrancaré cada dedo, cada uña y cada parte de tus extremidades.

—¡Basta! Sea quien sea el que los contrató, podemos pagarles el doble… no, el triple. Solo déjennos en paz. Lo único que queremos es vivir tranquilos. No hablaremos de esto. Será como si nunca nos hubiéramos encontrado —imploró Borg, tembloroso.

—¿Cómo te atreves a ofrecernos dinero? Están en la ruina. La persona que nos contrató se encargó de dejarlos en la quiebra. Todo su dinero es el pago por nuestro trabajo —dijo Lorenzo con una sonrisa—. Tenían buenos ahorros, para ser honesto. Eso pagará las vacaciones de mi hija, que se gradúa de la universidad, jajaja.

—¿Qué…? No puede ser…

—Aunque salieran de esta, no tendrían más recursos que un indigente. Se han quedado en la miseria. Ahora solo les queda aceptar su destino —añadió Lorenzo—. Por cierto, esto va por parte del señor Carter Walker. Él nos encargó organizarles esta fiesta. El resto será por nuestra cuenta.

Al instante comenzaron a golpear a Thomas y a Borg. La golpiza fue brutal. La sangre de ellos se quedaba en los nudillos de los hombres de Carlo.

No importó cuánto suplicaran. Fueron humillados, golpeados hasta quedar inconscientes.

Una vez inmóviles, los llevaron de regreso a Nueva York. Su pesadilla aún no terminaba: todavía faltaba ser entregados a la verdadera víctima.

—¿Señor Walker? —dijo Carlo por teléfono—. Le informo que las ratas ya cayeron en la trampa. Están siendo transportadas al país. Mañana mismo tendrá el paquete donde lo pidió.

—Le agradezco. Sabía que podía confiar en su trabajo. Mañana mismo completaré la venganza de mi esposa —respondió Carter.

—Hasta mañana, señor Walker —terminó la llamada.

Carter colgó.

—Por fin te entregaré a tus enemigos… después de esto, nadie volverá a ponerte la mano encima.




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