Mi versión de nuestra historia

Capítulo 5: Arruina citas

Tú habías dejado de contestar el teléfono e Izan no paraba de hacer comentarios que yo pensaba que estaban en otro idioma. 

Te confesaré algo, había aceptado salir con él porque sin querer, las personas habían empezado a despertar un temor que pronto se agrandó en mí. ¿Lo recuerdas? Mis ataques de ansiedad por creer que jamás llegaría a tener una relación o hijos. 

Alguna vez te lo conté. 

El cómo me aterraba no llegar a tener hijos, porque era algo que realmente quería. No era que los demás me lo impusieran, era algo que deseaba con todo mi corazón. Y el pensar que quizás jamás lo conseguiría, me provocaba unos terribles ataques de ansiedad que duraban desde minutos hasta días. 

Izan era el primer chico con el que salía desde secundaria. 

Y en el momento en que estaba con él intentando comprender quién demonios era Cassian Andor, la idea de estar sola me pareció incluso atractiva.

Entonces cruzaste la puerta de aquel café. 

No pude evitar sonreír. 

Recuerdo que llevabas el cabello mojado y peinado hacia atrás. Y vestías una camisa azul que resaltaba mucho tus ojos, a pesar de que estos fueran grises. 

—Hola, Inés— saludaste apenas te acercaste —Izan—

—Hola, Jonás— te saludó bastante extrañado. 

—¿Te molesta si me robo a Inés?—

—Tengo que advertirte que es bastante complicado mantener una conversación con ella—lo mire incrédula mientras me ponía de pie. 

—Correré el riesgo— sentenciaste con una sonrisa. 

Izan no se despidió, solo se puso de pie y se fue. 

—¿Tengo que esperar para reírme?— me preguntaste cuando él ya estaba saliendo del lugar. 

—Puedes empezar a reír ahora— no lo hiciste. 

Si, tu expresión reflejaba lo divertido que te encontrabas, pero no dijiste nada. Te sentaste en el sillón enfrente mío y me observaste. No decías nada, solo me mirabas. He de admitir que te veías bastante nervioso, ocasionalmente pasabas tu lengua por tus labios y sonreías. 

—¿Acaso tengo algo en el rostro?—

—No— te apresuraste a negar, —¿Quieres que te lleve a tu casa?—

—Si, solo déjame pagar y que me entreguen…—

—¿No has cenado?—negué. —No hay problema, podemos quedarnos y…—

—De hecho ya me quiero ir— admití, —Las personas aquí han escuchado como me ha hablado y me miran extraño—

—Bien, dame dos minutos y te llevaré a tu casa— 

Desapareciste por más de veinte minutos, incluso creí que te habrías ido; pero no. Ah y todo ese tiempo tarde en decidir si le hablaba a mi madre o no. Al final cuando decidí que era lo más prudente llegaste con un par de bolsas y sosteniendo un cartón con dos bebidas. 

—¿Nos vamos?—

—Aún no pago y…—

—Ya pagué— dijiste al interrumpirme. 

Te miré desconcertada y alzaste un poco las cosas. 

—Perdón si me tardé—

Jonás, ¿Cómo puedo describir lo perfecto que eras sin llorar?

Estabas bastante nervioso, avanzabas a mi lado y te costaba continuar con la conversación. Al llegar a tu auto insististe en ser tú quien me abriera la puerta. De verdad que lo hiciste. Entonces dejaste el cartón sobre el techo de tu auto y me sonreíste al hacerlo. 

En ese momento a mí me parecía extraño que manejaras un mustang—hasta el momento, es algo que me sigue sorprendiendo— éramos demasiado jóvenes. A penas y mis padres me permitían manejar el auto más viejo de la familia y con supervisión. 

—¿Dónde vives?—

—Escucha, sé que va a sonar bastante mal, pero no quiero ir a mi casa— me miraste extrañado —No aún. Es que les había contado a mis hermanos y a mis padres que iba a ir en una segunda cita con Izan y me da vergüenza tenerles que explicar todo. Sé que les debo decir, pero quiero hacer un poco de tiempo…—

—¿Entonces, a dónde?— me alcé de hombros y me dedicaste una pequeña sonrisa —Ya se me ocurrirá algo—

Y así fue como terminamos cenando fuera de aquel parque, dentro de tu auto claro, ya que este ya había cerrado. 

—¿De verdad pediste solo una ensalada?—

—Quería algo ligero— mentí. Frunciste un poco el entrecejo mientras le dabas otra mordida a tu segunda hamburguesa. 

—¿Lo sigues haciendo?— reí un poco mientras negaba ligeramente, 

—Izan hizo un comentario cuando estaba a punto de pedir pasta— admití —Algo respecto a las calorías por gramo—

—¿No quieres una hamburguesa?— 

—¿Traes otra?—

—No me juzgues— pediste entre risas, —¿Sabes cuánto ejercicio estoy haciendo?—

—¿Esta atrás?— asentiste, —Bueno, eso te pasa por meterte a todos los equipos de la escuela—

—En mi defensa creí que solo quedaría en uno— admitiste mordiendo tu hamburguesa —Vaya que son malos—

—¿Por qué no te sales de alguno?—

—Planeo hacerlo— mientras limpiabas tus manos, una pequeña sonrisa asomó por tu rostro —¿Has estado preguntando por mí?—

—¿Qué?—

—Bueno, sabías lo de las pruebas— señalaste, 

—Eder lo ha mencionado hace poco— mentí. Ya había pasado casi dos meses de aquella vez en la cafetería. 

—¿Eres amiga de Eder?—

—Algo así— meneé un poco mi cabeza al contestar—Es amigo de Silas y por eso se podría decir que "somos amigos". Realmente nunca he tenido una conversación con él—

—¿De verdad?— asentí —Suelo hacerle burla a Olivia por la obsesión que tiene— 

—No es obsesión—

—¿Has visto sus libretas?—

—Tengo miedo de decir que no— admití riendo. 

Reías de mis chistes a pesar de los malos que eran. Y a mí eso me derretía por completo. Cada que cuento la historia de aquella noche me sigo sorprendiendo porque de verdad guardé la compostura. 

A mi parecer, claro esta. 

—Olivia se esconde de él a veces— admitió, —Una lástima, parece buen sujeto—

—¿De verdad lo hace?—

—Así es, pero es triste ¿Sabes?— te alzaste de hombros un poco —Alguien que te tiene en un pedestal tan alto jamás será capaz de herirte—




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