Mi versión de nuestra historia

Capítulo 10: Primera caída

Realmente las personas nunca dejan de hablar a tus espaldas. 
Y vaya que me costó aprender esto. 

Jonás, aquel rumor jamás se fue. Permaneció a voces e incluso en el día de nuestra graduación escuché que alguien lo mencionó. 

Pero lo dejé pasar. Y no por qué creyera que era lo más maduro que podía hacer. No. Fue por qué sabía que no tendría las agallas para hacerle frente a quienes no paraban de expandir aquel rumor. 

Y esto no hizo más que provocar que mis inseguridades en aquel momento aumentaran. 

Creía que todos me miraban y estaban atentos a mis movimientos, que no podía respirar o tomar agua dentro de la escuela sin ser observada o juzgada. Sentí que todo esto empeoro cuando incluso en mi habitación cuando me encontraba sola, aquella sensación reaparecía. 

—Deberías hablarlo con un profesional— me había recomendado Fede, 

—Lo hablo contigo—

—Inés, mi madre cree que estoy poseída por algún demonio y no la he contradicho— mencionó —Mi padre no me habla desde que mi madre le contó mi "pecado sin perdón" y ni hablar de…—

—Deberías de hablarlo con un profesional— espeté.

—Inés, recuerda mi mantra—

—Quién obra mal, se…—

—¡No ese!— me interrumpió, —Sin amor propio no hay amor para otros—

—Calla, aún es un tema complicado—

—Me enteré de los besos— soltó mientras dirigía su mirada al pizarrón y empezaba a anotar en su libreta. 

—Estaba ebria— me defendí. 

—Un profesional, Inés—

—Me morderá—

—No seas ridícula— 

—No estoy segura de querer hablar con un desconocido—

—Está la psicóloga de la escuela— mencionó. —Es buena, he estado yendo con ella—

Hice una mueca. 

No lo admití en voz alta, pero en ese momento creí que Fede tenía razón.

Las personas siempre te dicen que debes de ir y hablar con alguien. Lo poco sano que es que te guardes tus sentimientos y de lo mucho que esto podrá afectarte en cualquier momento. 

Lo que no te dicen es que necesitas encontrar a la persona indicada y que como todo lo que vale la pena en esta vida, tomará tiempo. 

Que quizás a la primera persona a la que acudas, no será la adecuada para ti; puede que para alguien más lo haya sido, pero esto no te da garantía de que lo será para ti. 

Creí que podría ahorrarme tiempo. Había visto las suficientes películas como para saber que tarde o temprano el paciente se abre por completo con el psicólogo y confiesa todo lo que le atormenta. 

Iba con toda la disposición del mundo, consideraba que lo más inteligente que podía hacer era confesar todas aquellas inseguridades que se mantenían como susurros en mi cabeza y que pensaba que no me permitían avanzar. 

Por mi mente nunca pasó la idea de que aquello sería una relación, en la cual debía trabajar duro y en caso de no sentirme cómoda, debería de alejarme. 

No; creí que después de aquel día, yo sería una persona nueva y reinventada. 

Sí, esta por de más decir que aquello resulto completamente distinto a lo que esperaba. 

Llegué unos diez minutos antes a la cita con la psicóloga escolar; estaba nerviosa y para mí era la excusa perfecta para salir temprano de clases. Por si no lo recuerdas, ese día tú estabas en algún torneo deportivo. 

Mis manos temblaban al igual que mis piernas mientras trataba de permanecer sentada fuera de aquella oficina. Escuchaba como reía con quién parecía ser Olivia y es que reconocería aquella risa tan sonora en donde fuese. 

Por lo que cuando finalmente salió, no me sorprendí en absoluto. 

Le sonreí un poco, lo mejor que mis nervios me lo permitieron. Pero ella no me devolvió aquel gesto, optó por una expresión más seria antes de irse. 

—¿Inés?— asentí apenas mi nombre salió de su boca, —Puedes pasar—

Apenas y logré susurrar un "gracias" y con mis manos aferrándose a aquel cono de papel que ya estaba bastante remojado, entre a su oficina. 

Jonás, ¿Has tenido esa sensación de no estar en un lugar seguro? 

Que tus pies mueren por salir de ahí, pero decides quedarte porque crees que es lo mejor que puedes hacer. 

—¿Estás cómoda, Inés?— me preguntó ella y asentí. 

Me resultó extrañamente agradable, ya fuera por su voz o su manera tan despreocupada de moverse. 

—Dime, Inés— me pidió sentándose frente a mí, —¿Qué te trajo aquí?—

Tomé aire y apreté mis labios. Intentaba recordar cada una de mis palabras que ya había ensayado y que creía que me ayudarían a desahogarme de la mejor manera. 

—No soy feliz— dije. Me sorprendí a mí misma al hacerlo, ya que no era lo que tenía planeado decir, —Me sigo comparando con todas las chicas del instituto. Hay un rumor corriendo a voces y siento que me está consumiendo. Últimamente he estado bastante preocupada por mi aspecto físico, mis rodillas bastante delgadas y lo respingada que es mi nariz. Creo que las personas creen que soy hueca por ser rubia y me esfuerzo por demostrar lo contrario. Y hay un chico que es demasiado bueno para ser verdad, ¿Sabe? Considero que alguien así de perfecto jamás podría fijarse en mí…—

Dejé de hablar cuando noté que estaba escribiendo algo en su libreta. Fue extraño, mi garganta y mis labios de pronto estaban demasiado secos a pesar de todos esos conos llenos de agua que había bebido. 

Guardé silencio. Un incómodo y largo silencio, hasta que ella dejó de escribir. 

No, no había terminado de contarle mis inseguridades. 

Asentía ligeramente mientras me observaba y aquello no ayudaba a mi ansiedad de aquel momento. 

Fue su primer strike.

—Tú, Inés, no puedes ser feliz si te ves de esa forma—

Me quedé helada. 

Aquel fue el segundo.

Mis manos de pronto estaban demasiado frías y mi boca temblaba demasiado mientras intentaba fingir una sonrisa. 

—¿Perdón?—

Jonás, ¿Recuerdas aquellas pulseras que tanto me encantaban? Esas de bolitas de colores que usaba como seis al mismo tiempo y que de vez en cuando jugaba con ellas entre clases, pero que de pronto dejé de utilizar. Aquí viene el porqué. 




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