Domingo 11:43
En la habitación de Nicol.
Nicol despertó sobresaltada durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía atrapada entre los restos confusos de un sueño del que no lograba aferrarse a ningún detalle.
La tenue luz de la mañana se filtraba por las cortinas, iluminando su habitación de paredes cubiertas con pósters de series y pequeños adornos que, en otro momento, habrían transmitido cierta calidez.
Pero aquella mañana, el ambiente se sentía pesado al girarse hacia la derecha, se encontró con Gabriel.
Estaba sentado en una silla junto a la cama, observándola con una expresión cargada de furia contenida.
—¿Te creés mejor por hacer esa estupidez en la fiesta? —preguntó con voz seca.
Antes de que Nicol pudiera responder, él se puso de pie de golpe en donde la silla cayó hacia atrás con un estruendo que la hizo estremecerse.
Gabriel caminó hasta el espejo, se acomodó el cabello con aparente calma y luego volvió a girarse hacia ella.
—Ahora vamos a tener una charla.
Se quitó la campera y la arrojó contra la pared.
Nicol se incorporó lentamente sobre la cama, sintiendo cómo el miedo comenzaba a cerrarle la garganta. Gabriel avanzó hasta quedar frente a ella y se inclinó apenas, clavando la mirada en sus ojos.
—¿Te sentiste especial anoche? ¿Te gustó llamar la atención?
Ella no respondió, no podía.
—Te hice una pregunta.
El grito retumbó en toda la habitación.
De un manotazo, tiró al suelo todo lo que había sobre la mesa de luz. El ruido de los objetos al romperse hizo que Nicol diera un respingo.
Gabriel respiró hondo, intentando recuperar una calma que claramente no tenía. Entonces volvió a mirarla y en sus ojos había algo que Nicol no había visto nunca con tanta claridad.
No era enojo, era necesidad de control.
—Vas a aprender a no volver a humillarme.
Nicol retrocedió instintivamente hasta que su espalda chocó contra el respaldo de la cama y, por primera vez, comprendió que Gabriel era mucho más peligroso de lo que había querido admitir.
Lunes 10:16.
Antony estaba en la azotea, recostado cerca de la cornisa mientras dejaba que la música llenara el silencio en donde tenía los auriculares puestos y los ojos fijos en el cielo, hasta que escuchó pasos acercándose por la escalera.
Se giró.
Felipe acababa de aparecer, cargando un tarro de pintura.
—¿Qué hacés acá? —preguntó, sorprendido.
Antony detuvo el casete y se incorporó apenas para mirarlo.
—Qué pregunta… este es el techo de mi casa.
Lo dijo con una media sonrisa, esperando una reacción, pero Felipe no respondió.
Se quedó observándolo con expresión seria durante unos segundos.
—¿Sos mudo o qué?
Antony soltó una breve risa.
—No. Es que este es mi lugar para pensar. Como esta casa está abandonada, vengo seguido.
Felipe dejó el tarro de pintura en el suelo.
—Ah, bueno. Entonces la próxima preguntá antes de subir.
Su tono sonó tan serio que Antony se quedó inmóvil por un instante en donde Felipe ya comenzaba a alejarse cuando él lo llamó.
—Esperá…
El chico rubio se giró.
—Era un chiste —aclaró Antony, rascándose la nuca con cierta torpeza—. Perdón. No soy muy bueno rompiendo el hielo.
Felipe lo observó un momento y después soltó una risa breve en donde volvió a acercarse.
—Se nota.
Se sentó en la cornisa, a una distancia prudente.
El silencio cayó entre ambos de forma inmediata, incómodo al principio, aunque no del todo desagradable.
Antony miró hacia adelante antes de animarse a hablar.
—¿Cómo está Chompy?
Felipe giró apenas la cabeza para verlo.
—Bien. Encerrado en su casa y tomando pastillas para el dolor de cabeza.
Eso consiguió arrancarle una risa a Antony.
—Se lo merece.
Felipe sonrió.
—No sabía que eran amigos.
Antony tardó unos segundos en responder.
—Éramos.
Bajó la mirada.
—O algo parecido. La verdad, ni yo sé cómo definirlo.
Felipe asintió lentamente, como si entendiera más de lo que decía.
—Sí… creo que sé a qué te referís.
La respuesta quedó flotando entre ellos en donde después de unos segundos, Felipe se acomodó mejor y se quitó uno de los auriculares que llevaba colgados del cuello.
—Por cierto, me llamo Felipe.