Llegué a casa cuando el cielo comenzaba a clarear, pero ni siquiera me detuve a mirar el amanecer. Lo que una vez fue un hogar cálido ahora era solo una estructura que debía fortificarse. Cada rincón me recordaba a mis padres y a mi hermano, pero no podía permitirme el lujo de caer en el sentimentalismo. Ese Ethan que actuaba con el corazón había muerto junto con ellos.
Tomé lo que quedaba de herramientas y materiales y me dediqué a convertir la casa en un refugio digno de resistir los ataques de los infectados. Bloqueé ventanas con placas de metal y refuerzos de madera, aseguré puertas con cerraduras dobles y trampas improvisadas, y dispuse zonas de escape por si las cosas se salían de control. Incluso armé un sistema rudimentario de alerta con latas y cuerdas para detectar cualquier intruso.
Las noches eran las peores. Cada sonido en la distancia podía ser una amenaza, y muchas veces dormía con un ojo abierto. Pronto entendí que este refugio no solo debía protegerme físicamente, sino también mentalmente. Una vez que el refugio estuvo relativamente seguro, comencé a ordenar lo poco que quedaba. Fotos, libros, algunos recuerdos familiares... todo lo guardé en una caja que coloqué en el sótano. Sabía que verlos constantemente podría debilitarme.
El siguiente paso fue investigar. En una de mis salidas, encontré una tienda de cómics medio destruida. Entre los escombros hallé un par de revistas sobre apocalipsis y guías de supervivencia que se centraban en escenarios de zombis. Al principio, me pareció irónico. ¿Quién habría pensado que leer "ficción" podría salvar vidas? Pero lo cierto es que esas publicaciones, aunque exageradas, contenían ideas útiles. Tomé lo que pude cargar y regresé al refugio, decidido a aprender todo lo posible. Analicé los patrones de los infectados, anoté sus comportamientos y traté de identificar cualquier pista sobre qué los hacía tan diferentes a los humanos. Pronto, estas notas se convirtieron en mi principal herramienta de supervivencia.
Han pasado cinco años desde aquella noche. Ahora tengo 30 años, y el mundo ya no es el que solía ser. Cada salida para buscar provisiones es un riesgo calculado, pero también es una oportunidad para aprender más sobre los infectados. Durante este tiempo, he identificado a algunos que son diferentes, más peligrosos. Los he categorizado en lo que llamo "Infectados Especiales":
Acechador: Se mueve en silencio, atacando por la espalda. Difícil de detectar, pero vulnerable en combate directo.
Chillador: Su grito atrae a otros infectados. Lo mejor es eliminarlo rápido.
Acorazado: Su piel es gruesa como el acero; solo las balas de alto calibre o los golpes en puntos específicos lo afectan.
Saltador: Puede cubrir largas distancias de un salto, lo que lo hace impredecible.
Explotador: Al morir, libera un gas tóxico que paraliza por unos segundos.
Rastreador: Tiene un olfato hiperdesarrollado y detecta a los vivos a grandes distancias.
Doble: Imitan comportamientos humanos, lo que los hace difíciles de identificar hasta que es demasiado tarde.
Reforzador: Su presencia aumenta la agresividad de otros infectados cercanos.
Águila: Infectados con capacidad para trepar y acechar desde alturas.
Coloso: Masivo y destructivo, capaz de derribar estructuras menores.
Cada uno de ellos representa un reto único, pero también he aprendido sus debilidades. Esta lista ha sido mi guía, mi salvavidas.
El tiempo no solo ha cambiado mi perspectiva, sino también mi cuerpo. Cicatrices recorren mis brazos y piernas, y mis manos están endurecidas por el trabajo constante. Mis reflejos se han agudizado, y mi mente, aunque marcada por el dolor, se ha adaptado a pensar siempre en posibles escenarios y soluciones. He dejado de contar los días que paso sin hablar con alguien. La soledad es mi única compañera.
En el refugio, he intentado mantener cierta rutina. Cada mañana reviso las trampas y fortificaciones, afilo mis armas y me aseguro de que las zonas de escape estén despejadas. También dedico tiempo a entrenar. Levantar pesas improvisadas, practicar con el cuchillo y correr dentro del espacio limitado de mi hogar se han vuelto hábitos esenciales. No puedo permitirme estar fuera de forma.
Hoy, me preparo para salir una vez más. Mis provisiones se han agotado, y no tengo más opción que aventurarme al exterior. Con el tiempo, he aprendido a llevar solo lo necesario: un cuchillo, un arma con munición limitada, una linterna y un pequeño botiquín. Mientras coloco mi mochila al hombro y me aseguro de que las trampas estén en su lugar, miro la casa una última vez.
Antes de salir, reviso mi lista de infectados especiales. Me la sé de memoria, pero repasarla me da seguridad. Cada vez que enfrento uno nuevo, es un recordatorio de que no puedo permitirme errores. "Es solo otro día en el infierno", murmuro para mí mismo antes de abrir la puerta y enfrentar el mundo que me espera.