El aire de la tarde era denso, aunque no tan sofocante como lo vivido horas atrás. Luisa caminaba con pasos firmes, pero no dejaba de mirar a los lados como si esperara que en cualquier momento alguien —o algo— saliera de entre las sombras. Ethan, en cambio, parecía más relajado; su mirada también vigilaba, sí, pero tenía esa facilidad irritante de ponerle ligereza al momento.
—¿Sabes? —dijo rompiendo el silencio—. Creo que hoy hemos hecho récord: sobrevivir, correr, esquivar y no morir en el intento. Si hubiera un ranking de apocalipsis, seguro ya estaríamos en el top diez.
Luisa apenas lo miró de reojo.
—No creo que exista un ranking para eso.
—Claro que existe —sonrió él—. Solo que nadie ha vivido lo suficiente para imprimir las medallas.
Ella no respondió, pero sus labios se curvaron apenas, como si estuviera peleando con una sonrisa que no quería regalarle.
Siguieron avanzando entre callejones silenciosos. Se cruzaron con dos infectados a lo lejos; Ethan le hizo un gesto con la mano para desviarse por un costado, y ambos se movieron en silencio. Había coordinación en sus pasos, una complicidad forjada no por amistad, sino por pura necesidad.
—Te voy a ser honesto —murmuró Ethan, cuando estuvieron lejos del peligro—. Estoy intentando que no te duermas de aburrimiento conmigo. Tres días juntos y apenas me dices más de dos palabras seguidas.
Luisa arqueó una ceja.
—Tal vez es porque no me gusta hablar mucho.
—O tal vez —replicó él con un tono burlón— te gusta hacerte la interesante.
Por primera vez desde que se conocían, Luisa soltó una pequeña risa. Fue breve, casi contenida, pero real. Ethan la notó, y aunque no comentó nada, en su interior sintió que había logrado abrir una pequeña rendija en esa coraza que Luisa cargaba consigo.
En el trayecto se toparon con algunos infectados deambulando, pero no hicieron falta peleas. Los dos se movían con sigilo, comunicándose con miradas y gestos, esquivando los peligros sin necesidad de palabras. Con cada paso, sin quererlo, se estaban acostumbrando al ritmo del otro.
Cuando por fin llegaron a su destino, Ethan se detuvo frente a una fachada cubierta de tablones reforzados y mallas metálicas. La señaló con un gesto exagerado.
—Bienvenida a mi humilde palacio. No hay servicio a la habitación ni agua caliente, pero la seguridad es de primera.
Luisa lo miró incrédula.
—¿Palacio? Más parece un bunker improvisado.
—¡Exacto! —replicó con entusiasmo fingido—. No se aceptan devoluciones ni quejas.
Esta vez, Luisa no pudo evitar reír más abiertamente. La risa resonó breve entre las paredes vacías de la calle, y en ese instante la pesadez del día pareció disiparse.
Al entrar, ella se quedó observando en silencio. Las ventanas estaban selladas con planchas de metal, las puertas tenían varias cerraduras y las paredes mostraban reparaciones hechas con paciencia.
—Esto es… impresionante —admitió—. No pensé que alguien pudiera proteger tan bien un lugar así.
Ethan se encogió de hombros.
—Digamos que aprendí a la mala. Estar con gente que no cuida lo que tiene… no termina bien.
No añadió más, y Luisa tampoco preguntó. Pero esas pocas palabras dejaron entrever que detrás de la fachada relajada de Ethan había cicatrices que aún no quería mostrar.
Él decidió romper con la seriedad antes de que el ambiente se volviera pesado.
—Ven, te doy el tour. A la derecha está la cocina, a la izquierda la sala de estar —hizo una pausa teatral, señalando un sillón viejo con orgullo exagerado—. Sofá reclinable de lujo, versión apocalipsis: se reclina solo si una pata se rompe.
Luisa rodó los ojos, pero estaba sonriendo.
—Tienes un don para arruinar cualquier momento serio, ¿lo sabías?
—Es mi especialidad —respondió sin titubear.
Revisaron juntos las habitaciones y las improvisadas zonas de almacenamiento. Cada espacio mostraba algo de la personalidad de Ethan: desde el orden casi meticuloso de las provisiones hasta una caja con objetos aparentemente inútiles —libros, una radio rota, una camiseta que claramente no era de su talla—, cosas que no había tenido el corazón para dejar atrás.
Finalmente, Ethan la condujo hasta la habitación donde descansaba. Allí se alzaba un camarote improvisado con tablones firmes y colchones gastados, pero mucho más cómodos que el suelo.
—Damas primero —dijo con un gesto burlón, señalando la parte superior.
—¿Y si se rompe? —preguntó Luisa con ironía.
—Entonces te prometo que intentaré atraparte… aunque no garantizo éxito —respondió con una sonrisa ladeada.
Ella negó con la cabeza, divertida, y subió. Ethan se acomodó abajo, estirándose con un suspiro exagerado.
—Al fin, lujo de cinco estrellas —comentó él.
—Más bien de media estrella —corrigió Luisa desde arriba, sin contener una ligera risa.
Por fin, ambos se echaron cada uno en su lugar, y durante un instante, el peso del mundo exterior pareció disiparse.
El silencio que siguió no fue incómodo esta vez. Era más bien un descanso, un respiro dentro de la tormenta.
Porque aunque ambos sabían que el mundo allá afuera seguía ardiendo, en ese instante, en esa casa reforzada, podían recordar que aún eran humanos. Y que, tal vez, seguir siéndolo dependía de no enfrentar todo en soledad.