Luis yacía en el suelo, su cuerpo sacudido por espasmos que parecían romperle los huesos desde dentro. La espuma en sus labios se mezclaba con un gruñido gutural que no parecía del todo humano. Su piel se tornaba grisácea, con venas oscuras que se marcaban como raíces en su cuello y brazos; sus dedos se encorvaban, las uñas quebrándose mientras la carne parecía resistirse a lo inevitable.
—¡Papá! ¡Papá, resiste! —Hikari sollozaba desesperada, estirando las manos hacia él, pero Luisa la retenía con fuerza.
—No mires, Hikari… no lo mires —murmuró Luisa con la voz quebrada, aunque sus propios ojos se llenaban de lágrimas.
Ethan dio un paso atrás, incrédulo. Sentía que el aire le faltaba.
—E-esto… esto no puede ser… —murmuró, paralizado—. No… no era así… ¡Solo era por mordidas! ¡Se suponía que solo era por mordidas!
Luisa volteó hacia él, con la desesperación pintada en el rostro.
—¡Entonces explícame qué es lo que está pasando ahora! ¡Explícame por qué él… él se está transformando delante de nosotros!
—No… no puede ser —susurró Ethan, apretando los puños, su mirada clavada en el retorcido cuerpo de Luis—. Esto… esto cambia todo…
Hikari, entre sollozos, alzó la voz mirando a ambos.
—¿Qué le pasa a papá? ¿Por qué se mueve así? ¿Por qué gruñe? ¿Se está enojando con ustedes?
Luisa, tragando el nudo en su garganta, trató de responder con ternura forzada.
—Mi amor… tu papá… está enfermo. Pero tú no tienes la culpa de nada, ¿sí?
El cuerpo de Luis se detuvo. La noche caía y el silencio se volvió tan pesado que todos contuvieron la respiración. Ethan pensó que era una falsa alarma, que quizá su resistencia lo había salvado en el último segundo. Pero entonces, los ojos de Luis se abrieron… negros, sin brillo humano. Con un rugido animal, se lanzó contra Ethan.
El joven apenas logró esquivarlo, el corazón latiéndole con violencia. “¡Mierda! ¡No es Luis, ya no lo es!” pensó, con las manos temblando, incapaz de decidir si debía contraatacar.
Luis cargó contra él tres veces más, y Ethan solo esquivaba, cada vez más torpe, cada vez más desesperado.
—No… no puedo… —dijo entre jadeos, con los ojos anegados en lágrimas mientras esquivaba otro ataque—. Es Luis. No puedo matarlo. Él no es un monstruo. Es… era un padre.
De pronto, Luis giró hacia Luisa y se lanzó contra ella a toda marcha. Luisa cubrió a Hikari con todo su cuerpo, dispuesta a resistir. Ethan dio un paso al frente, listo para actuar, cuando…
—¡Papi! —Hikari se liberó del abrazo de su madre, corriendo hacia Luis—. ¡Papi, no te enojes con él! ¡Perdónalo, papi, seguro Ethan no quiso hacerlo!
El llanto desesperado de la niña resonó en la oscuridad. Luis, que iba como una bestia desatada, se detuvo de golpe. Sus gruñidos se apagaron. Sus pasos se hicieron torpes, más lentos… como si la voz de su hija perforara esa monstruosa niebla en la que se hallaba atrapado.
Confundido, Ethan dio un paso atrás. Luisa, aún conteniendo a Hikari, no sabía qué pensar.
Luis extendió los brazos, se arrodilló con torpeza, intentando abrazar a su hija. Pero Luisa no la dejó. La sujetaba con todas sus fuerzas.
Luis miró sus propias manos deformadas, y un grito desgarrador estalló de su garganta. Era un sonido imposible, mezcla de dolor humano y rugido de infectado. Sus ojos lloraron pequeñas lágrimas, brillando como si aún quedara algo dentro de él.
—¿L… Luis? —susurró Luisa con la voz quebrada.
De pronto, como si su humanidad resurgiera por un instante, Luis murmuró con dificultad, su voz destrozada por las cuerdas vocales de un monstruo. Primero como un susurro, luego más fuerte:
—… Cui… den… la…
Luisa rompió en llanto, cubriéndose la boca.
—¡Ethan! ¡Él… él nos pidió que la cuidemos!
Ethan sintió que el mundo se le derrumbaba. Ver a Luis mirarlo, con un brillo distinto en los ojos, fue como recibir un golpe en el alma. Quiso derrumbarse en ese mismo instante, pero no había tiempo.
Luis rugió de nuevo, levantándose con furia. Esta vez atacó a Ethan, que esquivó por instinto.
—¡Luisa, cúbrele los ojos! —gritó con la voz rota.
Cuando Luis arremetió de nuevo, Ethan no dudó. Con lágrimas en los ojos y el alma hecha pedazos, respondió. Un golpe certero. Un final inevitable.
El cuerpo de Luis cayó al suelo, inmóvil, sin vida. Ethan, temblando, se arrodilló junto a él.
—Te lo juro… Luis. Te lo juro que cuidaré de tu hija, aunque me cueste la vida…
Hikari, liberándose de las manos de su madre, corrió hacia el cuerpo inerte.
—¿Por qué otra vez está en el piso? —preguntó con inocencia, mirándolo a los ojos.
Ethan, con la voz quebrada, mintió:
—Está… descansando, Hikari. Eso es todo.
La niña abrazó su pierna y rompió en llanto, pegándose a él con desesperación. Ethan no se movió, no la apartó; dejó que se deshiciera en lágrimas contra él.
El regreso a casa fue un camino silencioso y amargo. Hikari, agotada, se durmió sobre la espalda de Ethan. Luisa caminaba al lado, sin palabras, con los ojos rojos de tanto llorar.
Al llegar, Ethan la acostó en su cama. Pero aun dormida, la niña no quería soltar su mano. Así que se sentó en el suelo, a su lado, en silencio.
Entonces, Hikari murmuró medio dormida:
Papá… no te duermas mucho, mañana quiero jugar…”…
Ethan se quedó helado. Sus ojos se llenaron de lágrimas hasta que no pudo más. Se llevó las manos al rostro y, con un grito que desgarró la casa entera, dejó escapar toda la rabia, todo el dolor, toda la impotencia acumulada:
—¡Mierda… no! ¡No, no, no! —gritó, golpeando el suelo con el puño hasta lastimarse los nudillos—. ¡Esto no puede estar pasando! ¡Maldito seas, Luis! ¡Maldito seas, cabrón! —su voz se quebró en un sollozo ahogado—. ¡¿Por qué tenía que ser así, por qué?! ¡Jodida vida de mierda, jodido destino de mierda! ¡Que se joda este mundo podrido, que se joda todo!,¡Nos arrebatan todo! ¡Nos lo arrancan de las manos como si fuéramos basura! ¡Carajo, ya no puedo más!.