—Cuando te toque despertar y ser la guardiana del puente entre ambos mundos... ¿También vas a huir?
—¿Huir...? —dije en un susurro, con el alma rota.
El eco de mi propia voz se perdió en el aire, como si el bosque se negara a devolverme respuesta. El lago frente a mí permanecía inmóvil, reflejando un cielo gris que parecía juzgarme en silencio. Sentí que cada palabra de Alan seguía resonando en mi pecho, como campanadas que no podía acallar.
El peso de su verdad me aplastaba: huir siempre había sido mi refugio, mi manera de sobrevivir. Pero ahora, esa huida se transformaba en una condena.
¿Qué pasaría cuando el puente se abriera y los dos mundos reclamaran a su guardiana? ¿Podría sostenerlos, o me quebraría antes de intentarlo?
El pensamiento me quemaba por dentro mientras mis pasos recorrían el lago congelado, simplemente caminé bordeando el lago, siguiendo el sendero que lo rodeaba. Cada paso era pesado, como si el suelo mismo quisiera retenerme, obligarme a enfrentar lo que estaba evitando.
El silencio del bosque me envolvía, y en ese silencio empecé a entender.
No podía huir siempre. Alan tenía razón. Egan había estado ahí cuando todo se derrumbó, y yo… yo había buscado escapar. El lago, con su calma engañosa, no era refugio, sino espejo.
Al llegar al otro lado, me detuve. El aire era más frío, más denso, como si ese lugar guardara la verdad que me negaba. Cerré los ojos y respiré hondo. Por primera vez, acepté que tarde o temprano tendría que despertar, que el puente me reclamaría, y que no habría forma de escapar.
—Debo estar con él… —dije sintiendo una necesidad extraña que no lograba entender—. No debí… alejarme.
Di un paso hacia atrás y entonces lo noté: las aves callaron, y el bosque entero quedó suspendido en un silencio antinatural. El aire se volvió pesado, como si el mundo contuviera la respiración.
Una sensación de incertidumbre me atravesó, helándome la piel.
—Vaya, vaya… —la voz surgió detrás de mí, grave y burlona, rompiendo el silencio como un cuchillo—. Con que estás aquí, Key.
Me giré lentamente, el corazón golpeando contra mi pecho. La figura que emergía de las sombras no era Alan ni Egan, ni nadie que esperara ver. Sus ojos brillaban con un fulgor extraño, como si supieran más de mí que yo misma.
—¿Qué… haces tú aquí? —pregunté con la voz temblando. No me di cuenta cuándo llegó, ni se escucharon sus pasos.
—¿Así decides saludar a un viejo amigo? —respondió con una risita que destilaba peligro, aunque fingía amabilidad al abrir los brazos—. ¿Cómo va todo… guardiana del puente?
La pausa que siguió fue corta, pero suficiente para que la incomodidad me atravesara como un filo. Sentí que el aire se volvía más denso, que el silencio del bosque me empujaba hacia atrás.
—No… no me llames así —murmuré, intentando que mi voz no se quebrara.
Él inclinó la cabeza, como un depredador que juega con su presa. Sus ojos brillaban con un fulgor extraño, y cada palabra parecía arrastrar un eco que no pertenecía a este mundo.
—¿Por qué no? —dijo con suavidad venenosa—. Ese título es tuyo, aunque quieras huir de él. Y tarde o temprano, Key, el puente se abrirá… y entonces no habrá lugar donde esconderse.
Decía Zack mientras se acercaba a pasos lentos hacia mí, obligándome a retroceder hasta quedar en la punta del lago, donde la capa de hielo crujía bajo mis pies.
—Por favor… déjame —supliqué, con la voz quebrada.
—¿Déjarte? —sonrió con mala intención, inclinando la cabeza—. No estoy haciendo nada.
Sus ojos verdes oscuros me atravesaban como cuchillas, disfrutando del miedo que me envolvía. Cada paso suyo hacía que el hielo gimiera bajo mi peso, y la incertidumbre me helaba más que el frío mismo.
El silencio del bosque era absoluto, como si todo estuviera expectante. Sentí que el aire se volvía más pesado, que cada respiración era un esfuerzo. Zack se divertía con mi desesperación, como si el peligro fuera un juego solo para él.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté, apenas audible, mientras el hielo bajo mis pies comenzaba a resquebrajarse.
Zack dio un paso más, el hielo bajo mis pies crujió con un gemido que me heló la sangre. Su sonrisa se ensanchó, cargada de malicia.
—¿Qué quiero? —repitió, bajando la voz hasta convertirla en un susurro venenoso—. Que te mueras, Key. Que el puente nunca tenga guardiana… y que todo se hunda contigo.
Sus palabras me atravesaron como cuchillas, y el aire alrededor se volvió más pesado, casi irrespirable. El silencio del bosque era absoluto, pero sentí que no estaba sola.
Al fondo, entre las sombras, distinguí una silueta inmóvil.
Harris. Sus ojos me observaban desde la penumbra, sin intervenir, sin moverse. Su presencia era un recordatorio cruel: alguien veía, alguien sabía… y aun así no hacía nada.
El miedo me paralizaba, pero la mirada de Zack, oscura y divertida, me empujaba hacia el abismo.
—¡Harris! ¡Ayúdame! —grité con todas mis fuerzas, la voz quebrándose en el aire helado.
Las sombras se abrieron apenas, y allí estaba él: Harris, inmóvil, observando. Sus ojos me atravesaban desde la penumbra, pero su cuerpo no se movía, no daba un solo paso hacia mí.
—Lo que haces es en vano —dijo Zack con una sonrisa oscura, sosteniendo entre sus dedos mi mentón con sus palabras cargadas de desprecio—. Nadie absolutamente nadie te va a escuchar por más que grites.
Se acercó aún más, y el hielo bajo mis pies gimió como si estuviera vivo.
—Te veré muy pronto, Key —susurró, acercándose a mi oído.
Entonces chasqueó los dedos, y el estruendo fue inmediato.
Las grietas se abrieron como relámpagos bajo mis pies, expandiéndose en todas direcciones. El suelo desapareció y el agua helada me atrapó de golpe.
Caí. El frío me cortó la respiración, el lago me envolvió en su oscuridad y mis gritos se apagaron en segundos. Antes de perderme en la profundidad, alcancé a ver la silueta de Zack erguido, satisfecho… y la mirada distante de Harris, testigo inmóvil de mi caída.