El frío se filtraba en cada fibra de mi ser, como si el lago no solo me hubiera tragado, sino que me estuviera reclamando para siempre. Mis pulmones ardían, exigiendo aire que ya no llegaba, y el mundo se desvanecía en un remolino de oscuridad absoluta.
Pensé en Alan, en lo que dijo antes de marcharse, en Egan, con su mirada atormentada que ocultaba tanto dolor.
¿Era este el final que el puente había predicho? ¿O solo el comienzo de algo peor?
De repente, una fuerza invisible me envolvió. No era el agua, ni el hielo, sino algo más... una corriente cálida que luchaba contra el frío. Mis ojos se cerraron por completo, y lo último que sentí fue un tirón, como si manos invisibles y fuertes me arrastraran hacia arriba, lejos del abismo.
Mi cuerpo, sin fuerza, se movía lentamente hacia la luz de la superficie, cada segundo una eternidad de agonía y esperanza mezcladas. El agua se deslizaba por mi piel y el aire, cuando lo sentí por primera vez, me quemó los pulmones como fuego.Y entonces, todo se desvaneció. Mi mente se apagó y me desmayé, sumergida en la oscuridad final.
...
Desperté, el mundo era un borrón de luz y sombras. Mi cuerpo temblaba, envuelto en una manta áspera que olía a tierra húmeda y humo de leña. No estaba en el lago; estaba en una cabaña, o al menos eso parecía por el crujido de la madera bajo mí y el chisporroteo de un fuego cercano. El aire era denso, cargado de un aroma a hierbas amargas y algo metálico, como sangre.
Abrí los ojos con esfuerzo. La habitación era pequeña, iluminada solo por las llamas de una chimenea improvisada. Las paredes estaban cubiertas de estanterías improvisadas, llenas de frascos con líquidos turbios y libros antiguos que parecían susurrar secretos.
Y allí, sentado en una silla desvencijada junto a la ventana, estaba él: Harris.
—¿Harris…?
Los mechones de su cabello empapados caían sobre su rostro como hilos de sombra. Las gotas resbalaban por su piel con la delicadeza.
No respondió.
Su silueta recortada contra la luz de la luna filtrada por las cortinas raídas.
No me miró de inmediato; en cambio, removía una olla sobre el fuego con una calma que me enfureció.
—¿Qué... qué pasó? —murmuré, mi voz ronca y débil, como si el agua aún me ahogara. Intenté incorporarme, pero un dolor agudo en el pecho me obligó a quedarme quieta.
El recuerdo de Zack, de su sonrisa maliciosa y el crujido del hielo, me golpeó como una ola.
Harris finalmente giró la cabeza.
Sus ojos, esos ojos grises que siempre parecían ver a través de mí, estaban serenos, casi indiferentes.
—Estabas muerta —dijo con la misma naturalidad con la que se comenta el clima—. O tan cerca de la muerte como puede estar un alma sin cruzar del todo— hace una pequeña pausa—. Te habrías dejado arrastrar por la corriente Key, sin resistencia, sin lamento.
Pero yo… yo no te permití desaparecer.
Me quedé helada, procesando sus palabras.
¿Él? ¿El mismo que me había observado sin mover un dedo mientras Zack me empujaba? La rabia burbujeó en mi interior, mezclada con una confusión que me hacía doler la cabeza.
—¡Tú... tú solo mirabas! —exclamé, mi voz ganando fuerza a pesar del temblor—. Grité tu nombre, Harris. ¡Te vi allí, en las sombras! ¿Por qué no hiciste nada?
Se levantó lentamente, acercándose con pasos medidos. No había remordimiento en su expresión, solo una resignación profunda, como si hubiera visto esto mil veces antes.
—Si hubiera intervenido antes, Zack te habría matado de inmediato. Él juega con el miedo, Key. Es su poder. Pero yo... yo esperé el momento justo. Te saqué del agua cuando el puente te protegió por un instante.
—¿El puente? —frunzo el ceño confundida—¿De qué hablas?
—Eres la guardiana, después de todo. No mueres tan fácilmente.
Sus palabras me golpearon más fuerte que el frío jodiendome los huesos.
El puente. Ese puente que había intentado ignorar, el que conectaba no solo orillas, sino dos mundos enteros. Recordé las leyendas del pueblo: el puente que custodiaba secretos ancestrales, y la guardiana que debía protegerlo de aquellos que querían destruirlo.
Zack lo sabía.
Y ahora, Harris también lo confirmaba.
—¿Quién eres tú, realmente? —pregunté, sentándome con cuidado, ignorando el vértigo—. ¿Por qué me salvaste?
Harris se arrodilló a mi lado, su rostro ahora a la altura del mío. Por primera vez, vi un atisbo de emoción en sus ojos: no lástima, sino algo más oscuro, como un secreto compartido.
—Soy el que vigila desde las sombras, Key. Zack quiere el puente para sí mismo; cree que al eliminarte, liberará lo que hay debajo. Pero tú... tú eres la clave y supongo que ya lo sabes. Y yo... yo te necesito viva.
El fuego crepitó, proyectando sombras danzantes en las paredes. Afuera, el bosque susurraba de nuevo, pero esta vez no era silencio; era una advertencia. Sabía que no podía huir más. El puente me había reclamado, y con él, todos los secretos que lo rodeaban. Pero ahora, con Harris a mi lado —aliado o no—, tenía que decidir: ¿enfrentar a Zack, o proteger ambos mundos sin morir en el intento.
Me levanté tambaleante, apoyándome en la pared.
Observando cómo la luz del fuego dibujaba sombras en su rostro. Algo en sus palabras anteriores seguía retumbando en mi mente, como un eco que no quería apagarse.
—Dijiste que soy la clave —murmuré—. Pero también dijiste... que soy la destrucción del mundo.
Harris no respondió de inmediato. Se incorporó, caminó hacia la ventana y apartó ligeramente la cortina. Afuera, la noche era espesa, casi líquida, como si el bosque respirara con vida propia.
—Lo eres —dijo al fin, sin girarse—. O puedes serlo.
—¿Qué significa eso? —insistí, la rabia y el miedo entrelazándose en mi voz—. ¿Por qué me miras como si fuera una amenaza? ¿Por qué me salvas si crees que voy a destruirlo todo?
Harris suspiró, largo y hondo, como si llevara siglos cargando con una verdad que por fin debía soltar.