HARRIS
Cuando salí de esa cabaña, el bosque estaba tan oscuro que parecía un abismo sin fondo. La luna, esa luna llena que siempre parece mirarme con ojos fríos, iluminaba todo como si quisiera exponer mis secretos.
Avancé con cuidado, mis botas pisando el musgo húmedo.
Las sombras de los árboles me envolvieron como si quisieran tragarme. Desaparecí en ellas, y al instante, el mundo cambió: el suelo se volvió blando, el aire se llenó de ese olor a agua fría, y allí estaba el lago, negro como el vacío, reflejando la luna con una claridad que dolía en los ojos.
Pero espera, no era tan oscuro como parecía.
Bajo la superficie, el lago se iluminaba con un brillo sutil, como si la vida marina hubiera despertado. Pequeños peces plateados nadaban en manadas, sus escamas capturando la luz lunar y proyectando destellos que bailaban en las profundidades, como estrellas caídas en el agua. Algún cangrejo o camarón se arrastraba por el fondo arenoso, iluminando con su bioluminiscencia el lecho del lago, y las algas flotantes brillaban con un verde etéreo, creando un mosaico de luces que hacía que el agua pareciera un río de estrellas.
Y allí, en el centro, se veía el hueco de hielo donde Key había caído, al rededor del hueco, rodeado de fragmentos de hielo que flotaban como restos de un sueño roto, recordándome el frío que aún me helaba la sangre.
Me paré en la orilla, el teléfono en la mano sudorosa, y lo saqué. La pantalla brillaba como un faro en la oscuridad, y dudé.
Egan... ¿por qué? Éramos como perros y gatos, con rencores que no se apagaban. Pero la necesidad me empujó. Presioné el botón, y el teléfono repicó.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cada repique se sentía como un latido en el silencio del lago, rompiendo el velo de la noche. Y en el quinto, la línea se abrió, y su voz salió áspera, como si estuviera a punto de colgarme en la cara:
—...¿Qué demonios quieres, Harris? —escupió Egan al contestar. Su voz era un filo, seco, sin espacio para cortesías.
Tragué saliva. No sabía cómo empezar. No después de todo lo que había pasado. Pero no tenía opción.
—Sé que no quieres hablar conmigo. Y créeme, no te culpo. Pero... necesito decirte algo. Es sobre Key.
Hubo un silencio breve al otro lado. Luego, su voz volvió, más baja, más alerta.
—¿...De qué me estás hablando?
Escuché cómo se alejaba del ruido, tal vez buscando un rincón donde nadie más pudiera oírlo. El eco de sus pasos me dio unos segundos más para ordenar mis pensamientos, pero no ayudó.
—Deja los estúpidos juegos —dijo, con un temblor que no supe si era rabia o miedo—. Key está...
—¿Está qué? —lo interrumpí.
—Joder... —murmuró.
—No me digas que no te habías dado cuenta de que no estaba contigo —le solté. No con rabia, sino con esa mezcla amarga de incredulidad y cansancio que se instala cuando ya no queda espacio para la negación.
Hubo un silencio breve. Luego, su voz, más apagada que antes:
—La abuela murió, Harris. Tengo tantas cosas en la cabeza que... que no estoy pendiente de nada a mi alrededor.
Me pasé una mano por la cara, conteniendo el impulso de gritarle. No era el momento. No servía de nada.
—Egan... —dije, bajando la voz, como si al hacerlo pudiera amortiguar el golpe—. Zack intentó matar a Key.
Y ahí se hizo el silencio.
—¿Qué? —la voz de Egan suena como un disparo al otro lado de la línea.
Trago saliva. No hay forma fácil de decir esto. Ninguna que no me convierta en el villano que ya soy en su cabeza.
—No sé cómo explicarte esto sin que suene a locura... y mucho menos cómo hacer para que me creas. Pero necesito que me escuches. Y que no vengas a matarme después.
—Habla ya, Harris —escupe. Está al borde. Lo sé. Lo estoy empujando ahí.
—Yo... estuve ahí —digo al fin, cada palabra pesando como plomo—. Estuve ahí cuando Zack hizo que el hielo bajo sus pies desapareciera. Cuando Key cayó. Lo vi todo.
Silencio.
—Y no hice nada —añado, la confesión saliendo como un corte limpio—. Me quedé quieto. Lo admito. No moví un solo maldito músculo.
El silencio que sigue no es vacío. Es un abismo. Sé que al otro lado, Egan está procesando, luchando contra cada imagen.
—¿Estás diciendo que la viste caer? ¿Que viste cómo Zack...?
—Sí —respondo, antes de que termine.
—¿A qué mierda estás jugando, Harris? —escupe Egan, su voz cargada de furia contenida, como si cada palabra fuera un golpe que se está obligando a no lanzar.
Cierro los ojos un segundo. No por miedo. Por vergüenza.
—No estoy jugando —digo, con la voz más baja, más firme—. Ojalá lo estuviera. Ojalá todo esto fuera una maldita pesadilla. Pero no lo es.
—Entonces habla. Ya.
—Estuve ahí, cuando Zack la empujó. Y no hice nada...no al principio—admiti— Me quedé ahí, congelado, mientras ella caía.
—Hijo de puta...
—Lo sé. Créeme, lo sé. Pero cuando Zack se fue, cuando creyó que ya estaba hecho... algo cambió. El lago no la tragó como debería. No del todo. Porque el puente... reaccionó.
—¿Qué estás diciendo?
—Que el puente la protegió. No sé cómo explicarlo. No con palabras normales.
—Harris... —la voz de Egan se endurece, incrédula—. Ella es la Guardiana del puente. ¿Cómo puede el puente salvarla? ¿No se supone que ella es quien lo protege?
Cierro los ojos. Lo he pensado mil veces. Y aún no tengo una respuesta que no suene a locura.
—Eso es lo que creíamos —respondo, con un hilo de voz—. Que la Guardiana era la que cuidaba el puente. Que su deber era mantenerlo sellado, intacto. Pero... ¿y si no es solo eso? ¿Y si el puente también la protege a ella?
—¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que el vínculo va en ambos sentidos, Egan. Que el puente no es solo una estructura. Es una entidad. Un umbral vivo. Y Key... no es solo su guardiana. Es su ancla. Su corazón. Si ella muere, el puente se rompe. Y si el puente cae... lo que duerme debajo despierta.