La armadura de seda
10 de octubre de 1485
Las campanas de prima aún no habían terminado de doblar cuando abrí los ojos. Durante unos instantes permanecí inmóvil bajo las mantas, escuchando cómo sus tañidos atravesaban los muros de piedra de la casona. Afuera comenzaba a clarear y una luz pálida se filtraba por el ventanal, apenas suficiente para iluminar los muebles de mi alcoba.
Faltaban dos días.
Dos días para mi aniversario. Dos días para que mi padre comenzara a buscarme esposo.
Aparté las mantas y posé los pies sobre el suelo frío. El contacto de la piedra me hizo estremecer.
—Dos días —murmuré.
Pronunciarlo en voz alta lo hacía más real.
Me acerqué al ventanal. El otoño había comenzado a desnudar los árboles del patio y una alfombra de hojas ocres cubría parte del empedrado. Siempre me había gustado aquella estación. De niña esperaba con impaciencia los primeros fríos porque mi madre mandaba encender el hogar y me permitía pasar las tardes junto a ella leyendo. Ahora, en cambio, las hojas cayendo solo conseguían recordarme que algo terminaba. Mi infancia, quizá. O mi libertad.
La puerta se abrió tras de mí.
—¿Ya estáis despierta, mi señora?
Reconocí la voz de mi doncella y me volví.
—Hace rato.
—Entonces habéis vuelto a dormir mal.
—No he dicho tal cosa.
La mujer sonrió discretamente mientras dejaba sobre el arcón las prendas que había preparado para mí.
—No hacía falta.
No respondí. Mientras me ayudaba a vestirme, mi mirada se desvió hacia uno de los tapices de la pared. Detrás de él había un pequeño hueco en la piedra que nadie de la casa, salvo yo, conocía.
Allí no guardaba joyas, sino libros.
Algunos habían pertenecido a mi madre. Otros los había tomado prestados de la biblioteca de mi padre y devuelto antes de que pudiera advertir su ausencia. Crónicas de reinados pasados, relatos de guerras, mapas de nuestras tierras e incluso un viejo manuscrito que describía las campañas de uno de mis antepasados. Lo había leído tantas veces que podía reconstruir de memoria buena parte de los caminos, ríos y pasos de montaña de nuestros dominios.
Mi padre creía que prefería los romances.
Nunca me había molestado en sacarlo de su error.
—Vuestro padre partirá esta mañana —dijo mi doncella mientras terminaba de ceñirme la saya—. Ha ordenado que acudáis con él a la villa antes de atender sus asuntos.
Suspiré.
—El vestido.
—El vestido —confirmó.
Aquel vestido.
Mi padre llevaba semanas hablando de él como si se tratase de una reliquia llegada de Tierra Santa. Yo habría preferido celebrar mi aniversario cenando con las pocas personas a las que verdaderamente quería. Sin embargo, él había dispuesto un gran convite al que acudirían familias nobles de toda la comarca.
No necesitaba preguntarle por qué.
Mi cumpleaños era la excusa.
Yo era el verdadero espectáculo.
La doncella terminó de arreglarme el cabello y abandonó la estancia para comprobar si mi montura estaba preparada. Esperé hasta escuchar sus pasos desaparecer por el corredor y levanté el tapiz.
Saqué uno de los pequeños libros escondidos y acaricié su cubierta de cuero. Había pertenecido a mi madre. Recordaba perfectamente sus dedos recorriendo aquellas mismas páginas mientras me enseñaba a distinguir las letras.
El conocimiento es una luz, hija mía. Y una luz no pierde su fuerza porque con ella prendas otra. Habían pasado años desde su muerte y, sin embargo, todavía podía escuchar su voz. Un pequeño crujido junto a la puerta me hizo esconder rápidamente el libro.
—¿Quién anda ahí?
Una cabecita castaña apareció por el hueco. Sonreí.
—Catalina.
La niña entró de puntillas y cerró cuidadosamente tras ella. Tenía cinco años y la capacidad extraordinaria de convertir cualquier prohibición en una invitación. Mantenía las manos escondidas a la espalda.
—¿Qué ocultáis?
Catalina negó con la cabeza.
—Nada.
—Entonces mostradme ese nada.
La niña hizo una mueca y, finalmente, extendió una mano. Sujetaba un pequeño trozo de carbón. Sus dedos estaban completamente negros.
—He practicado.
—Eso veo.
—Pero no os riáis.
—No prometo nada.
Catalina me lanzó una mirada indignada y corrió hasta una pequeña tablilla de madera que yo guardaba cerca del hogar. Se arrodilló y, sacando ligeramente la lengua por la concentración, comenzó a dibujar. Primero una línea. Después otra. Finalmente una tercera.
Cuando terminó se apartó orgullosa. La letra era torcida y desproporcionada. Pero era una A.
—¿Y bien? —preguntó.
Me arrodillé junto a ella.
—Terrible.
Su sonrisa desapareció.
Esperé un instante.
—Terriblemente mejor que la de ayer.
Catalina abrió mucho los ojos y me dio un pequeño golpe en el brazo.
—¡Os habéis burlado de mí!
No pude evitar reír.
—Una maestra tiene derecho a divertirse de vez en cuando.
—Pues cuando yo sea maestra también me burlaré de mis alumnos.
Aquella frase hizo desaparecer mi sonrisa durante un instante. Cuando yo sea maestra. Para Catalina aquellas palabras eran sencillas. Para el mundo en el que había nacido, no.
—Entonces tendré que enseñaros bien —respondí.
Tomé su mano y guié el carboncillo.
—Mirad. Este trazo debe subir un poco más. No tengáis prisa.
—Vos siempre decís que no tenga prisa.
—Porque siempre la tenéis.
—Madre dice lo mismo.
—Vuestra madre es una mujer sabia.
—Pero no sabe leer.
Me quedé callada.
Catalina me observó con la absoluta inocencia de sus cinco años.
—¿Le enseñaréis también?
La pregunta me atravesó.
—Si algún día ella quiere aprender, lo intentaré.
—¿Y a Martín, el hijo del herrero?
—Catalina...
—¿Y a Inés? ¿Y a Pedro? ¿Y a...?
Le tapé suavemente la boca con la mano.