El paso de los Desfiladeros
Teresa llamó a mi puerta antes de que las primeras luces del alba alcanzaran el ventanal.
Me desperté sobresaltada. Durante unos instantes no recordé por qué me había acostado con aquella inquietud oprimiéndome el pecho. Después vi la tablilla de Catalina apoyada junto a la puerta, la A torcida dibujada con carbón, y todo regresó de golpe.
La carta. Los documentos. Rodrigo. Mi padre.
—Mi señora —dijo Teresa desde el otro lado—. Vuestro padre desea veros.
Me incorporé.
—¿Ahora?
—Ahora.
Aquello no podía significar nada bueno.
Me vestí con rapidez y recogí el cabello como pude. Cuando salí al corredor, la fortaleza permanecía en silencio. Apenas algunos criados caminaban apresuradamente hacia las cocinas y, desde el patio, llegaba el sonido distante de unos cascos sobre la piedra.
La puerta del despacho de mi padre estaba abierta. Lo encontré junto al ventanal. No parecía haber dormido.
Sobre la mesa estaban la carta anónima y el documento que yo había sustraído de las pertenencias de Rodrigo. A su lado había otros pergaminos que no reconocí y una pequeña bolsa con varios sellos de cera rotos.
Mi padre no me pidió que me sentara.
—Cerrad la puerta.
Obedecí.
Durante unos segundos permaneció contemplando el patio.
—Anoche mandé a Nuño a la villa.
Aquello me sorprendió.
—¿A estas horas?
—No necesitaba que Rodrigo supiera que estaba haciendo preguntas.
Se volvió hacia mí. Su rostro mostraba cansancio.
—También hice traer algunos documentos de mis archivos. Contratos antiguos. Correspondencia. Cuentas de mercaderes que han tratado con los Almazán.
Miré los pergaminos.
—¿Y?
Mi padre apoyó las manos sobre la mesa.
—Y ahora sé que Rodrigo me ha mentido.
Sentí que algo se aflojaba dentro de mí.
—¿Sobre sus deudas?
—Sobre muchas cosas.
Cogió uno de los documentos.
—No puedo demostrar todavía que pretenda apropiarse de las tierras que pertenecieron a vuestra madre. La carta que recibimos exagera algunas cuestiones y quizá mienta en otras. Pero la deuda es auténtica. Y no es la única.
Me acerqué.
—Entonces está arruinado.
—No necesariamente.
Aquella respuesta me desconcertó. Mi padre dejó el pergamino.
—Un señor puede deber grandes cantidades y continuar siendo poderoso. Las tierras producen rentas. Las alianzas compran tiempo. Las guerras cambian fortunas.
—Y los matrimonios también.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Sí.
La palabra quedó suspendida entre nosotros.
—¿Pensáis obligarme a casarme con él?
Mi padre tardó demasiado en responder. Sentí que se me endurecía la mandíbula.
—Padre.
—No.
Apenas fue un susurro.
—No mientras existan estas dudas.
No era exactamente la respuesta que deseaba. Pero era más de lo que había tenido el día anterior.
—¿Qué haréis?
—Investigar.
Sonreí sin querer. Mi padre alzó una ceja.
—¿Qué os divierte?
—Anoche os pedí exactamente eso.
—No os acostumbréis a tener razón.
—Intentaré que no suceda con demasiada frecuencia.
Vi aparecer en su rostro la sombra de una sonrisa, aunque desapareció enseguida.
—También vais a prometerme algo.
—Depende.
—No depende.
Señaló el documento que yo había robado.
—No volveréis a registrar los aposentos de ningún huésped de esta casa.
Bajé la mirada.
—Lo prometo.
—Ni abriréis mis cartas.
—Eso quizá sea más difícil.
—Hija.
—Lo prometo.
Mi padre suspiró.
—Lo que hicisteis fue imprudente.
Esperé la reprimenda. No llegó.
—Pero también fue valiente.
Lo miré. Aquellas palabras parecieron costarle más que cualquier orden.
—No confundáis ambas cosas —añadió—. Con demasiada frecuencia se parecen.
Asentí. Mi padre recogió la carta anónima y la acercó a una vela.
—Mañana celebraremos vuestro aniversario como estaba previsto.
—¿Con Rodrigo aquí?
—Precisamente porque Rodrigo está aquí.
Comprendí entonces su intención.
—Queréis observarlo.
—Quiero que crea que nada ha cambiado.
—¿Y yo?
—Vos haréis exactamente lo mismo.
—¿Debo sonreírle?
—Si es necesario.
—Eso sí que es un castigo.
Mi padre consiguió contener la sonrisa.
—No le hagáis sospechar.
Me dispuse a marcharme, pero su voz me detuvo.
—Una cosa más.
Me volví.
—Si Rodrigo os pregunta por vuestro futuro matrimonio, no respondáis.
—¿Por qué?
—Porque un hombre que cree estar a punto de conseguir aquello que desea suele hablar más de la cuenta.
Miré a mi padre con atención. Quizá no fuera tan distinto de los libros de estrategia que escondía en mi alcoba.
—Observar —murmuré.
—Exactamente.
Por primera vez comenzaba a comprender de quién había aprendido aquella costumbre.
Después del desayuno decidí acudir a la villa.
No tenía ninguna investigación que realizar. Al menos eso me repetí mientras Teresa me ayudaba a colocarme el manto.
Tenía una promesa que cumplir. Catalina esperaba su mazapán.
Mi padre permitió que saliera con la condición de que dos hombres de armas me acompañaran. No protesté. Después de lo sucedido, incluso yo reconocía que alejarme sola de la fortaleza no habría sido sensato.
La mañana estaba fría, aunque despejada. El aire olía a tierra húmeda y a humo de leña.
A medida que nos acercábamos a la plaza, el bullicio aumentaba. La proximidad de mi aniversario había atraído a mercaderes y artesanos que esperaban aprovechar la presencia de nobles y criados.
Descabalgué cerca del mercado y entregué las riendas a uno de mis escoltas.
El puesto del panadero estaba exactamente donde lo recordaba.
—Buenos días, mi señora.
El hombre inclinó la cabeza con tanta rapidez que casi golpeó las piezas de pan que tenía delante.