El precio de ser escuchada
Desperté el día de mi aniversario con las manos doloridas.
Durante unos segundos permanecí tumbada, contemplando las vigas del techo y preguntándome por qué me dolía hasta respirar. Después moví un brazo y el tirón de los músculos me devolvió de golpe a la tarde anterior.
La ventana.La carrera hasta los Desfiladeros.Las flechas.El hombre que había caído entre las piedras.Cerré los ojos.No quería pensar en él.
Aquella mañana debía haber despertado preocupada por un vestido carmesí y por un posible prometido.
En cambio, lo primero que recordé fue el sonido de una flecha pasando junto a mi cabeza.La puerta se abrió con cuidado.
—¿Estáis despierta?
Catalina asomó primero la cabeza y después entró cargando una pequeña bandeja.
—Depende.
La niña se quedó quieta.
—¿De qué?
—De si traéis algo que merezca la pena despertar para verlo.
Catalina miró la bandeja.
—Pan.
—Podría volver a dormirme.
—Y miel.
Abrí un ojo.
—Eso mejora bastante la situación.
La niña sonrió y se acercó.
Juana había debido de ayudarla, porque junto al pan había un cuenco pequeño de miel, algunas frutas y una jarra de agua. Catalina dejó todo sobre la mesa y corrió hacia la cama. Entonces vio mis manos. La sonrisa desapareció. Tenía pequeños cortes en las palmas y varios dedos cubiertos con tiras de lino.
—¿Os duele?
—Un poco.
Catalina se sentó en el borde del lecho.
—Dicen que ayer hubo una batalla.
—No exactamente.
—Martín dice que matasteis a veinte hombres.
La miré.
—Martín miente.
—Dice que derribasteis una montaña.
Suspiré. Las historias viajaban más deprisa que cualquier caballo.
—Tampoco.
—Entonces ¿qué hicisteis?
Me incorporé.
—Vi algo que otros no habían visto y conseguí avisarlos a tiempo. Catalina pareció decepcionada.
—Eso no suena como una batalla.
—Porque no lo fue.
Tomé un trozo de pan.
—Y espero que siga sin serlo.
La niña jugueteó con el borde de la manta.
—¿Matasteis a alguien?
La pregunta me sorprendió. Dejé el pan.
—No.
—¿Pero los hombres de vuestro padre sí?
Miré hacia el ventanal.
—Sí.
Catalina guardó silencio. No sabía cómo explicarle algo que yo misma no entendía todavía. En los libros, las victorias eran simples. Una casa vencía. Otra perdía. Un rey conquistaba una ciudad. Un ejército abandonaba un campo. Nunca hablaban del sonido que hacía un hombre al caer.
—¿Eran malos? —preguntó.
La miré. Quise responder que sí. Habría sido más sencillo.
—No lo sé.
Catalina frunció el ceño.
—Pero querían haceros daño.
—Sí.
—Entonces eran malos.
—Quizá.
Me acaricié una de las vendas.
—O quizá obedecían a alguien.
La niña meditó durante unos segundos y después pareció decidir que aquel problema era demasiado complicado.
—Hoy es vuestro aniversario.
—Eso dicen.
—Os traje una cosa.
Metió la mano en el bolsillo y sacó una tablilla pequeña. Había dos letras dibujadas con carbón. Una A. Y junto a ella una forma extraña que parecía una serpiente atrapada entre dos palos.
—¿Eso es una B?
Catalina se ofendió.
—Sí.
—Ah.
—Dijisteis que se parecía un poco.
—Un poco.
—Ahora se parece mucho.
Sonreí.
—Muchísimo.
Llamaron a la puerta. Un paje apareció. Su expresión era demasiado seria para aquella hora.
—Mi señora, vuestro padre os espera en el salón del consejo.
Dejé de sonreír.
—¿Ahora?
—Los capitanes han llegado. También algunos señores de las tierras vecinas.
Catalina me miró con ojos enormes.
—¿Os van a castigar?
—Espero que no.
El paje vaciló.
—También ha llegado un clérigo enviado por el arcipreste.
Eso no mejoraba las cosas.
Elegí un vestido de lana azul oscuro. No el carmesí. Aquel aguardaría hasta el banquete. Teresa intentó cubrir con polvo las pequeñas marcas que tenía en el rostro, pero terminé apartándole la mano.
—Dejadlas.
—Mi señora...
—Si van a hablar de lo que hice ayer, no tiene sentido fingir que no ocurrió.
Teresa no discutió. Mientras descendía hacia el salón del consejo, empecé a escuchar voces. No eran voces satisfechas. La puerta estaba abierta.
Mi padre ocupaba su asiento habitual en la cabecera de la mesa. Nuño permanecía a su derecha. Había seis hombres más: dos capitanes, varios propietarios de tierras que debían servicio militar a nuestra casa y un clérigo de edad avanzada cuyo rostro parecía haber aprendido a desaprobar el mundo mucho antes de que yo naciera.
Al entrar, algunas conversaciones se detuvieron. Otras no.
—Aquí está —dijo alguien.
Mi padre levantó la mirada.
—Acercaos.
Lo hice. Uno de los señores presentes fue el primero en hablar.
—¿Es cierto?
Me volví hacia él.
—Depende de qué hayáis oído.
—Que vuestra hija abandonó la fortaleza vestida con calzas.
La pregunta iba dirigida a mi padre, no a mí. Él no respondió.
—Y que cabalgó sola hacia los Desfiladeros —añadió otro.
—No llegué sola al enfrentamiento —dije.
El clérigo frunció el ceño.
—Pero salisteis sola.
—Sí.
—Vestida como un hombre.
Miré mi vestido.
—Como veis, no se me ha olvidado utilizar una falda.
Nuño tosió. Sospeché que intentaba esconder una risa. Mi padre no parecía igualmente divertido.
—Hija.
—Perdonad.
El clérigo me observó.
—No es cuestión de burla, mi señora.
—No me burlo.
—Una mujer de vuestro nacimiento está obligada a guardar cierto decoro. No solo por sí misma. También por su casa.
—Lo sé.
—Ayer muchos hombres os vieron.
—También vieron la emboscada.
Se produjo un silencio. El clérigo juntó las manos.