Mi Vida en el s.Xv

Capítulo 4

La falsa batalla

Todo ocurrió al mismo tiempo.

Los hombres abandonaron las riendas y levantaron los escudos. Los caballos se revolvieron. Alguien gritó una orden que no logré entender y mi yegua tiró de mí con tanta fuerza que estuve a punto de perder el equilibrio.

Otra saeta cruzó la niebla. Esta vez escuché un gemido. Uno de nuestros hombres cayó de rodillas.

—¡Martín!

Un compañero lo agarró por el hombro y lo arrastró detrás de un árbol. Yo continuaba inmóvil. No porque hubiese decidido permanecer allí. Porque mi cuerpo no respondía.

La niebla ocultaba al enemigo. No veía rostros. No veía hombres.

Solo escuchaba el sonido de las ballestas al disparar y después aquel breve silbido que podía significar absolutamente nada o mi muerte.

Una mano me agarró por el brazo.

—¡Moveos!

Era don Álvaro.

Tiró de mí hasta colocarme detrás del tronco de un sauce. Una saeta golpeó la corteza justo cuando nos cubríamos.

Me encogí instintivamente.

—¿Estáis herida?

Negué con la cabeza.

—No.

—¿Segura?

—Sí.

Miré hacia los demás.

—El hombre que ha caído…

—Después.

—Pero…

—Ahora no podéis ayudarlo.

Su tono me enfureció. Quizá porque sabía que tenía razón. Nuño apareció agachado junto a nosotros.

—Disparan desde la orilla oriental.

—¿Cuántos? —preguntó Álvaro.

—No puedo verlo.

—¿Podemos retroceder?

Nuño negó.

—No por la senda. Nos tienen enfilados.

Otra descarga golpeó los escudos. Uno de los caballos relinchó de dolor. Apreté los ojos. No. No podía hacer aquello. No quería estar allí.

La tarde anterior había creído conocer el miedo cuando una flecha pasó junto a mi cabeza. Pero aquello había sucedido deprisa. Había corrido. Había escapado.

Ahora estaba atrapada.

Me obligué a mirar.

Los hombres de Nuño formaban una defensa irregular entre árboles y pequeños desniveles del terreno. La niebla nos protegía, pero también impedía saber de dónde procedería el siguiente disparo.

—¿Podemos cruzar el agua? —pregunté.

Nuño me miró.

—¿Qué?

—Hasta la otra orilla.

—Nos hundiríamos.

—La senda gira.

Señalé hacia delante.

—El mapa mostraba una curva aquí.

Nuño negó.

—Eso era en un pergamino de hace décadas.

—Lo sé.

—El agua puede haber cambiado.

—También lo sé.

Otra saeta pasó por encima de nosotros.

—Entonces ¿qué proponéis? —preguntó Álvaro.

No respondí. No tenía una respuesta. Y aquella certeza me resultó casi insoportable.

Durante los últimos días todos parecían esperar que yo viera algo que los demás no podían ver. Pero allí solo veía niebla.

—No lo sé.

Álvaro me sostuvo la mirada. Esperaba burla. No llegó.

—Bien.

Fruncí el ceño.

—¿Bien?

—Sí.

Sacó la espada.

—Porque admitirlo antes de matar a todos los que os siguen es bastante más útil que fingir lo contrario.

Nuño dejó escapar una respiración que podría haber sido una risa.

Yo no estaba de humor.

—Gracias por vuestro apoyo.

—Cuando salgamos de aquí podréis odiarme cuanto queráis.

Nuño levantó la cabeza unos centímetros para observar la bruma.

Una saeta pasó sobre él. Se agachó inmediatamente.

—Son pocos.

—¿Cómo lo sabéis? —pregunté.

—Por las descargas.

Escuchamos. Silencio. Después tres disparos casi consecutivos.

Nuño contó en voz baja.

—Tres.

Esperamos. Otros dos.

—Cinco, quizá seis ballestas.

Álvaro miró hacia la izquierda.

—Suficientes para mantenernos aquí.

—Pero no para rodearnos —dije.

Ambos me miraron. Volví a observar la niebla. Mi miedo seguía allí. Solo que ahora empezaba a dejar espacio a otra cosa.

—Si tuvieran hombres a nuestra espalda ya habrían cerrado la retirada.

Nuño asintió lentamente.

—Probablemente.

—Entonces quieren que permanezcamos quietos.

—O que avancemos —dijo Álvaro.

Miré hacia los estandartes ensangrentados. El cebo. Eso era. No pretendían necesariamente matarnos desde los árboles. Querían obligarnos a elegir una dirección.

—No avancemos —dije.

Nuño soltó una breve carcajada.

—Por fin una orden que me gusta.

—No es una orden.

—Mejor todavía.

Una nueva descarga cayó sobre nosotros. Esta vez uno de los hombres respondió con su ballesta.

—¡No! —exclamó Nuño—. ¡Guardad los virotes!

El soldado bajó el arma.

—No podemos disparar a lo que no vemos.

Álvaro observó las ramas.

—Pero ellos sí saben dónde estamos.

—Porque nos han visto entrar —respondí.

La idea apareció poco a poco. Miré el agua. Después los árboles. Después el estandarte abandonado.

—La patrulla de la barca.

Álvaro frunció el ceño.

—¿Qué ocurre con ella?

—No nos descubrió.

—Eso creemos.

—Nosotros creímos que no.

Recordé la embarcación desapareciendo entre la niebla.

—¿Y si nos vio y fingió no hacerlo?

Nuño maldijo en voz baja.

—Nos condujo hasta aquí.

—Exactamente.

Álvaro miró hacia los árboles.

—Entonces esto estaba preparado antes de que llegáramos.

Sentí un frío que no procedía del agua.

—Alguien sabía que buscaríamos la senda.

Nadie respondió. Aquello significaba una de dos cosas.

O Rodrigo conocía nuestro terreno mucho mejor de lo que habíamos supuesto… O conocía nuestros planes.

El hombre herido se llamaba Hernán. La saeta le había atravesado la parte alta del brazo. No parecía mortal. Eso fue lo que dijo Nuño. Yo no conseguía dejar de mirar la sangre. Era mucho más oscura de lo que había imaginado.

Hernán apretaba los dientes mientras uno de sus compañeros cortaba la manga alrededor de la herida.

—No la saquéis —ordenó Nuño—. Todavía no.

El hombre asintió.

—Estoy bien, mi señor.




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