Mi Vida en el s.Xv

Capítulo 5

La madriguera del lobo

La noticia llegó poco antes del amanecer.

Yo no había dormido. Después de que encontráramos el archivo saqueado, había pasado buena parte de la noche sentada junto al escritorio de mi alcoba, tratando de reconstruir una historia cuyos fragmentos parecían negarse a encajar. Sobre la mesa tenía una copia de la relación de pagos encontrada entre los documentos que el intruso había dejado caer. El original permanecía bajo llave en el despacho de mi padre, custodiado por dos hombres. Aun así, había copiado los nombres, las fechas y las cantidades hasta aprenderlos casi de memoria.

Uno de aquellos nombres pertenecía al capitán que había dirigido a los hombres de los Desfiladeros. Otro aparecía varias veces junto a pagos relacionados con caballos y provisiones. Nada demostraba todavía que Rodrigo hubiera ordenado personalmente los ataques, pero ya no hablábamos de simples deudas ni de sospechas nacidas de una carta anónima. Había un vínculo. Débil quizá, pero real.

Lo que continuaba sin explicación era el robo de los documentos de mi madre.

No podía apartar ese pensamiento de mi cabeza.

Alguien había provocado un incendio para vaciar los corredores. Alguien conocía nuestros archivos, sabía qué puerta abrir y qué carpeta llevarse. Y, mientras todos corríamos detrás de Rodrigo, ese alguien había logrado entrar y salir de nuestra casa.

Llamaron a la puerta.

Teresa entró antes de que yo respondiera.

Al verla sentí una incomodidad inmediata que me avergonzó.

La había conocido prácticamente toda mi vida. Había sido ella quien me había arreglado el cabello, quien había soportado mis protestas por vestidos y ceremonias, quien me había cubierto con mantas cuando enfermaba durante los inviernos. Y, sin embargo, desde que mi padre mencionó que poseía una llave del archivo, una parte de mí no podía evitar observarla de otra forma.

—Mi señora, vuestro padre os reclama en el salón pequeño.

—¿Ha ocurrido algo?

—Ha regresado uno de los exploradores.

Me levanté enseguida. Teresa se acercó para ayudarme con el manto, pero dudé antes de permitírselo. Fue apenas un instante. Lo suficiente para que lo notara.

—¿Ocurre algo?

La miré.

—No.

Mentí. Teresa colocó el manto sobre mis hombros y retrocedió.

—Vuestro padre dijo que era urgente.

Salí sin añadir nada más. Aquello me dejó un sabor amargo. No tenía pruebas contra ella. Ni siquiera tenía una verdadera sospecha. Solo una llave.

Y si algo había aprendido durante aquellos días era que una sospecha no debía transformarse en una condena únicamente porque resultara conveniente.

Mi padre estaba inclinado sobre un mapa cuando llegué. Nuño permanecía junto a él y don Álvaro ocupaba el lado opuesto de la mesa. Ninguno tenía aspecto de haber descansado mucho.

El explorador se encontraba todavía allí. Tenía barro seco hasta las rodillas y respiraba con dificultad.

—Repetidlo —ordenó mi padre.

El hombre señaló una elevación en el mapa.

—Vimos movimiento cerca de los viejos hornos de cal. No mucha gente. Una docena de hombres, quizá alguno más. Llegaron durante la noche y ocultaron los caballos detrás de la ladera.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Colores?

—Ninguno visible.

—¿Reconocisteis a alguien?

El explorador negó con la cabeza.

—Estaban demasiado lejos.

Miré el mapa.

Los hornos estaban situados más al este de la Loma del Cuervo. Los conocía de nombre, aunque no había estado allí desde niña. Eran construcciones antiguas, algunas todavía utilizadas ocasionalmente, otras abandonadas. Bajo la ladera había galerías excavadas para extraer piedra y transportar materiales.

Mi atención se detuvo en una línea apenas dibujada.

—¿Hay una salida por detrás?

Nuño me miró.

—Varias.

—Eso recuerdo.

Mi padre señaló la zona.

—Los hombres de Rodrigo podrían haberse refugiado allí después de retirarse de la loma.

—O podrían querer que pensemos eso —dijo Álvaro.

Lo miré.

—¿Después de lo del pantano ya desconfiáis hasta de vuestra propia sombra?

—Especialmente de ella.

Nuño hizo una mueca.

—En eso estoy de acuerdo con él.

El explorador añadió:

—También encontramos un caballo muerto cerca del camino. Llevaba una manta con los colores de Almazán, aunque habían intentado arrancarla.

Mi padre se quedó en silencio. Yo tampoco dije nada. Era otra pista. No una prueba. Sin embargo, algo me inquietaba.

—Si Rodrigo está allí, ¿por qué no ha seguido huyendo?

Álvaro apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Quizá no pueda.

—¿Herido?

—O esperando algo.

Aquello hizo que recordara inmediatamente los documentos robados.

—Las cartas de mi madre.

Mi padre levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Si el hombre que entró en nuestros archivos trabajaba para Rodrigo, quizá debía llevarle lo que robó.

Nuño asintió despacio.

—Y los hornos serían un buen lugar para reunirse.

Mi padre miró nuevamente el mapa.

—O para tendernos otra emboscada.

—Entonces no entremos como hicimos en el pantano —dije.

Los tres hombres me miraron.

Señalé los caminos.

—No persigamos a nadie dentro de las galerías. Rodead primero la ladera. Vigilad todas las salidas que conozcamos y enviad hombres a buscar las que no aparezcan en este mapa. Si Rodrigo está dentro, tendrá que elegir entre permanecer atrapado o salir.

Mi padre meditó la propuesta.

—Eso llevará tiempo.

—Menos que perder hombres persiguiéndolo a ciegas bajo tierra.

Nuño asintió.

—Tiene sentido.

Álvaro sonrió ligeramente.

—Vuestra hija empieza a desarrollar una saludable aversión a las emboscadas.

—Culpad a quienes insisten en preparármelas —respondí.

Mi padre enderezó la espalda.

—Nuño, reunid treinta hombres. Don Álvaro, si vuestra gente está dispuesta...




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