Mi Vida en el s.Xv

Capítulo 6

Lo que mi madre ocultó

Mi padre había ordenado que nadie nos molestara. Las cortinas del despacho permanecían corridas a pesar de que todavía había luz y dos velas ardían sobre la mesa. Entre ellas descansaban las cartas recuperadas de las alforjas de Rodrigo. Algunas estaban escritas por mi madre; otras llevaban firmas que no reconocía. Había contratos, relaciones de nombres y pequeños mapas trazados a tinta que representaban parte de las tierras que ella había aportado al matrimonio. Lo extraño era que varios lugares aparecían señalados con cruces, y junto a algunas aldeas había números que no parecían corresponder ni a rentas ni a cosechas.

Habíamos leído la primera carta tres veces.

La cuarta no consiguió hacerla más comprensible.

—Decidme que sabéis qué significa —pedí.

Mi padre permaneció en silencio, con una de las hojas entre las manos. Había envejecido durante aquellos últimos días. No de una manera visible para cualquiera, pero yo empezaba a reconocer las señales: la forma en que se frotaba la frente cuando creía que nadie lo miraba, las largas pausas antes de responder y aquella costumbre reciente de quedarse contemplando la letra de mi madre como si pudiera verla aparecer entre las palabras.

—Sé una parte —respondió al fin—. Y temo la que desconozco.

—Eso no me sirve.

—Tampoco a mí.

Me levanté y comencé a caminar alrededor de la mesa. La carta hablaba de hombres llegados años atrás desde el sur, de dinero entregado sin pasar por las cuentas habituales y de un lugar llamado Santa Lucía que mi madre consideraba suficientemente peligroso como para pedir que determinados documentos fueran trasladados fuera de sus tierras. No mencionaba a Rodrigo directamente, pero sí a su padre y a dos hombres que compartían el apellido Almazán. Aquello significaba que el problema era anterior a nuestra propuesta de matrimonio. Mucho anterior.

—Rodrigo sabía lo que había en estas cartas —dije—. Por eso las buscaba.

—Es posible.

—Padre.

—No voy a afirmar algo que no puedo demostrar.

Me detuve frente a él.

—Lo admiro mucho más cuando esa prudencia no me desespera.

—Entonces hoy tendréis ocasión de admirarme enormemente.

A pesar de todo, sonreí. Duró poco. Volví a tomar una de las cartas y repasé el último párrafo. Mi madre pedía que, si algo le ocurría, se protegiera a una mujer cuyo nombre aparecía únicamente como T.. Aquella inicial llevaba horas atormentándome.

—Teresa.

Mi padre levantó los ojos.

—No lo sabemos.

—Su nombre empieza por T.

—También el de medio centenar de mujeres de Castilla.

—Tenía una llave del archivo. Desapareció la misma mañana en que Rodrigo fue capturado y conocía perfectamente nuestra casa.

—Todo eso es cierto.

—¿Y todavía pensáis que es casualidad?

Mi padre dejó la carta sobre la mesa.

—Pienso que si Teresa nos ha traicionado quiero saber por qué antes de condenarla. Y si no lo ha hecho, no quiero convertirme en el hombre que castigue a una mujer que ha servido a nuestra familia durante años por tener la desgracia de compartir una inicial con alguien mencionado en una carta.

Aquello me hizo bajar la mirada. Había vuelto a hacerlo. Había construido una respuesta antes de poseer todos los hechos. Cuanto más intentaba aprender a desconfiar de mis propias conclusiones, más descubría lo fácil que era convertir el miedo en certeza.

—Tenéis razón.

Mi padre se apoyó en el respaldo.

—No digáis eso demasiado alto. Nuño podría oíros y no volveríamos a tener paz en esta casa.

Me senté de nuevo y acerqué uno de los mapas. Santa Lucía aparecía en la zona correspondiente a las tierras de mi madre, cerca de un arroyo y de lo que parecía una antigua construcción religiosa. No recordaba haber estado allí. De hecho, apenas podía recordar que mi madre hablara de aquella parte de sus dominios.

—¿Qué es Santa Lucía?

Mi padre tardó en contestar.

—Una finca pequeña. O lo era.

—¿Lo era?

—Quedó prácticamente abandonada después de la muerte de vuestra madre.

—¿Por qué?

—Porque ella lo quiso así.

Levanté la cabeza.

—¿Mi madre ordenó abandonar sus propias tierras?

—Pidió que nadie trabajara determinados terrenos durante un tiempo. Nunca me explicó con claridad el motivo. Pensé que tenía que ver con una disputa de lindes.

—Y no preguntasteis.

Su expresión se endureció.

—Pregunté.

Comprendí enseguida que había tocado algo doloroso.

—¿Y?

Mi padre miró las cartas.

—Me pidió que confiara en ella.

Aquellas palabras me hicieron pensar en todas las veces que yo había exigido lo mismo. Confiad en mí. Escuchadme. No me tratéis como una niña.

Quizá mi madre también había tenido que pronunciarlas.

Antes de que pudiera preguntar más, alguien llamó con fuerza a la puerta. Nuño entró sin esperar respuesta, algo que solo hacía cuando la situación no admitía ceremonias. Tenía barro en las botas y sostenía un pequeño trozo de tela en la mano.

—La hemos encontrado.

Me puse en pie tan deprisa que la silla raspó contra el suelo.

—¿A Teresa?

Nuño negó.

—Su rastro.

Aquello fue casi peor.

Habían seguido las huellas de un caballo desde una de las salidas menos utilizadas de la fortaleza. El animal había tomado el camino oriental antes de desviarse hacia un sendero de pastores. A unas dos leguas habían encontrado un pañuelo que una de las criadas reconoció como perteneciente a Teresa. No había sangre. Tampoco señales de lucha. El rastro continuaba hacia el sur, precisamente en dirección a las tierras de mi madre.

—Santa Lucía —dije.

Nuño me miró.

—Eso mismo pensé cuando vuestro padre me mostró el mapa.

Mi padre se levantó.

—¿Cuánto tiempo nos lleva?

—Si ha seguido cabalgando toda la noche, bastante. Pero Teresa no es jinete. Tendrá que descansar y evitar los caminos principales si teme que la sigamos.




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