El sello
Catalina decidió que la D era una letra absurda.
—Tiene una barriga.
—No tiene barriga.
—Sí.
—Es una letra.
—Una letra con barriga.
Me apoyé en el respaldo de la silla y contemplé la tablilla que sostenía entre sus pequeñas manos. La primera línea parecía una D. La segunda podía ser cualquier cosa. La tercera se asemejaba peligrosamente a una pera.
—Volved a intentarlo.
Catalina frunció el ceño.
—Ayer prometisteis enseñármela. No dijisteis que tuviera que hacerla tantas veces.
—Ese fue mi error.
—Entonces podéis corregirlo.
—Eso estoy haciendo.
Me miró con una seriedad impropia de sus cinco años.
—Sois una maestra muy pesada.
—Y vos una alumna insolente.
—¿Qué significa insolente?
—Exactamente lo que acabáis de hacer.
No pareció arrepentida.
Hundió el carboncillo contra la madera y comenzó otro intento mientras yo volvía la vista hacia el ventanal.
La mañana había amanecido gris.
Una fina niebla cubría las partes más bajas de la villa y las torres apenas comenzaban a recibir la luz. Desde el patio llegaba el sonido habitual de los mozos, los carros y los hombres de armas cambiando la guardia.
Todo parecía normal.
Aquello era lo inquietante.
Rodrigo de Almazán continuaba encerrado en la torre oriental.
Teresa dormía, o al menos eso esperaba, en una habitación vigilada después de haber pasado buena parte de la noche respondiendo preguntas.
Y bajo llave, en el despacho de mi padre, descansaban documentos capaces de relacionar a Rodrigo con una red que llevaba años utilizando las tierras de mi madre para mover armas, dinero y correspondencia sin dejar constancia.
Uno de aquellos documentos llevaba un sello que Álvaro reconocía.
Un sello perteneciente a alguien próximo a la corte.
Había dormido poco.
Cada vez que cerraba los ojos veía nuevamente la estancia bajo Santa Lucía.
Los cofres.
Las armas envueltas en tela.
Los pergaminos.
Y aquella frase de mi madre.
Buscar la verdad sin permitir que esta le arrebate la bondad.
Resultaba mucho más sencillo escribir algo así que vivirlo.
—Ya está.
Catalina levantó la tablilla.
Observé la letra.
—Eso parece una B cansada.
La niña abrió la boca, escandalizada.
—¡Es una D!
—Entonces está enferma.
—No quiero aprender más.
Dejó el carboncillo sobre la mesa.
—Perfecto. Mañana empezaremos con la E.
Me miró horrorizada.
Sonreí.
—Cogedlo.
—Sois mala.
—Eso ya me lo habéis dicho.
Catalina tomó nuevamente el carbón.
La puerta se abrió.
Juana apareció en el umbral.
Esta vez no parecía preocupada por encontrar a su hija aprendiendo letras.
Parecía preocupada por algo mucho más serio.
—Mi señora.
Me incorporé.
—¿Qué ocurre?
Juana miró a Catalina.
—Vuestra madre os busca en las cocinas.
La niña protestó.
—Pero la D…
—Mañana —dije.
—Siempre decís mañana.
—Y hasta ahora siempre ha llegado.
Catalina recogió su tablilla y salió detrás de su madre. Juana esperó a que estuviese suficientemente lejos antes de cerrar la puerta.
Aquello bastó para borrar mi sonrisa.
—¿Qué pasa?
—Don Álvaro pregunta por vos.
—¿Dónde está?
—En el despacho de vuestro padre.
Me puse en pie.
—Entonces ¿por qué no ha enviado a un paje?
Juana vaciló.
—Porque ha pedido que nadie sepa que está allí.
Encontré a Álvaro solo.
Mi padre todavía no había llegado.
Las cortinas permanecían parcialmente cerradas y sobre la mesa había varios de los documentos de Santa Lucía, aunque no los originales. Mi padre había ordenado realizar copias durante la noche y esconder los verdaderos en un lugar que ni siquiera yo conocía.
Había protestado.
Él había respondido que aquella era precisamente la razón por la que no pensaba decírmelo.
Empezaba a sospechar que mi padre disfrutaba demasiado de algunas victorias pequeñas.
Álvaro estaba inclinado sobre uno de los pergaminos.
—Buenos días —dije.
Se volvió.
Tenía el cabello todavía húmedo y no llevaba jubón de montar ni espada al cinto, algo extraño en él.
Parecía haber dormido aún menos que yo.
—Depende de lo que entendáis por buenos.
—Eso no suena prometedor.
—No lo es.
Me acerqué.
Sobre la mesa estaba dibujado el sello que habíamos encontrado en Santa Lucía.
Un escudo dividido en dos campos y, sobre él, una figura que yo no conseguía identificar con claridad.
—Anoche dijisteis que lo conocíais.
—Lo conozco.
—También dijisteis que queríais estar seguro.
—Ahora lo estoy.
Esperé.
Álvaro no habló.
—¿Pensáis obligarme a arrancaros cada palabra una por una?
—Estaba considerando la posibilidad.
—No os conviene.
Eso consiguió una ligera sonrisa.
Desapareció casi inmediatamente.
—La casa de Valcárcel.
El nombre no significó nada para mí.
—No la conozco.
—No tendríais por qué. Sus principales tierras están lejos de aquí. Pero en la corte el apellido pesa más que muchos títulos.
Toqué el dibujo con un dedo.
—¿Y este sello pertenece al señor de esa casa?
—No.
Aquello me hizo levantar la vista.
—Entonces ¿a quién?
—A su hermano menor. Don Gonzalo de Valcárcel.
—¿Y quién es?
Álvaro tardó unos segundos.
—Un hombre que lleva años cerca de la corte de los Reyes. No ocupa el puesto más importante ni es el nombre que escucharéis primero en un salón.
—Pero.
—Pero los hombres que no llaman la atención suelen oír más cosas que quienes se sientan en el centro de la sala.
Me apoyé en la mesa.
—¿Lo conocéis?
—Lo he visto.
—Eso no es lo que he preguntado.