Una letra no es una prueba
No dormí.
Al menos, no lo suficiente como para poder llamarlo sueño.
Cada vez que cerraba los ojos veía el pequeño trozo de pergamino que el muchacho había apretado en la mano antes de morir.
Una sola letra.
T.
Hacía apenas unos días habría necesitado menos que aquello para construir una acusación completa. Ya lo había hecho una vez. Había visto una inicial en las cartas de mi madre y había pensado inmediatamente en Teresa.
Esta vez no cometería el mismo error. O eso intentaba repetirme. Cuando entré en el despacho de mi padre a primera hora de la mañana, Nuño ya estaba allí.
También Álvaro.
Mi padre permanecía detrás de la mesa, todavía vestido con la misma ropa de la noche anterior. Frente a él descansaban tres cosas: la carta de don Gonzalo de Valcárcel, una copia de uno de los documentos encontrados en Santa Lucía y el pedazo de pergamino con la T.
Tres objetos. Y demasiadas preguntas. Nuño fue el primero en hablar.
—Debemos detener a Teresa.
Cerré la puerta.
—Buenos días a vos también.
—No veo nada bueno en ellos.
—Eso no significa que debamos encerrar a la primera persona cuyo nombre coincida con una letra.
Nuño apoyó las manos sobre la mesa.
—Robó las cartas de vuestra madre.
—Para cumplir una promesa.
—Ayudó a entrar a su hermano en nuestros archivos.
—Por la misma razón.
—Huyó de la fortaleza.
—A Santa Lucía.
—Precisamente.
Lo miré.
—¿Precisamente qué?
—Que cada vez que ocurre algo relacionado con este asunto, Teresa ya sabía algo antes que nosotros.
Aquello me hizo callar. Porque tenía razón. No significaba que Teresa fuera culpable. Pero sí que continuaba ocultándonos cosas. Mi padre tomó el fragmento de pergamino.
—Ya estuvimos a punto de condenarla una vez por una inicial.
Nuño se volvió hacia él.
—Mi señor...
—Y nos equivocamos.
—No sabemos si nos equivocamos.
Mi padre endureció la expresión.
—Sí lo sabemos. Creímos que había robado las cartas para entregárselas a Rodrigo. No fue así.
—Pero mintió.
—Eso sí.
Álvaro, que hasta entonces había permanecido junto a la ventana, habló:
—Estamos haciendo la pregunta equivocada.
Nuño soltó un suspiro.
—Iluminadnos.
Álvaro ignoró el tono.
—Seguimos preguntándonos si la T significa Teresa.
Se acercó a la mesa.
—Deberíamos preguntarnos por qué un muchacho moribundo apretaba ese pergamino.
Miré la letra.
—Quizá intentaba decirnos quién lo mató.
—Quizá —respondió Álvaro.
—O quién debía recibir el mensaje —dijo mi padre.
—O de quién procedía —añadí.
Nuño negó.
—O significa Teresa.
Lo miramos. Se encogió de hombros.
—Alguien tenía que decirlo.
Mi padre se sentó.
—Tenemos tres problemas.
Señaló el primer documento.
—Rodrigo.
Después la T.
—Teresa.
Y finalmente la carta.
—Valcárcel.
—No —dije.
Mi padre levantó la mirada.
—¿No?
Me acerqué.
—Ese es precisamente el error.
Coloqué los tres documentos más cerca unos de otros.
—Estamos tratándolos como tres problemas distintos.
Nadie respondió.
—Rodrigo quería entrar en las tierras de mi madre. Teresa conocía el secreto de Santa Lucía. En Santa Lucía encontramos el sello de Valcárcel. Rodrigo intenta enviar un mensaje y el muchacho que podría haberlo llevado aparece muerto. Al mismo tiempo, Valcárcel me escribe desde la corte.
Miré a mi padre.
—No pueden ser tres historias diferentes.
Álvaro inclinó ligeramente la cabeza.
—Puede que no.
—O estáis intentando unir cosas porque necesitáis que encajen —dijo mi padre.
Respiré.
Aquello habría conseguido irritarme unos días atrás.
Ahora no.
—También.
Mi padre pareció satisfecho con la respuesta.
Nuño no.
—Entonces ¿qué hacemos?
Miré hacia la torre oriental a través de la ventana.
—Hablamos con Rodrigo.
Rodrigo sonrió cuando entré.
Aquello consiguió que durante un instante lamentara mi decisión de no golpearlo.
Seguía herido, aunque el color había regresado a su rostro. Estaba sentado junto a la pequeña mesa de la habitación, con una pierna extendida y una copa de agua frente a él.
Mi padre entró detrás de mí. Nuño permaneció junto a la puerta. Álvaro fue el último. Rodrigo lo observó.
—Qué reunión tan distinguida. Si hubiera sabido que recibiría tantas visitas, habría pedido mejor vino.
Nadie respondió. Su sonrisa perdió algo de fuerza. Me acerqué.
—Ayer pedisteis un sacerdote.
—Hasta yo poseo un alma, mi señora.
—Eso está todavía por demostrar.
Álvaro disimuló una sonrisa. Rodrigo no.
—¿Habéis venido a discutir teología?
—No.
Saqué el pequeño pergamino. Lo dejé sobre la mesa. Rodrigo lo miró. Durante menos de un segundo. Fue suficiente. La sonrisa desapareció. No del todo. Pero desapareció.
—¿Dónde habéis encontrado eso?
Aquella fue su primera equivocación. No preguntó qué era. Preguntó dónde. Mi padre también lo advirtió.
—Así que lo reconocéis —dije.
Rodrigo volvió a apoyarse en el respaldo.
—Reconozco una letra.
—¿Cuál?
—La misma que cualquier niño aprende después de la S.
—No juguéis conmigo.
—Creía que era vuestra actividad favorita.
Me incliné ligeramente sobre la mesa.
—Lo encontramos en la mano del muchacho con el que habló el sacerdote después de salir de aquí.
Silencio.
Esta vez Rodrigo no sonrió.
—¿Está muerto?
No respondí. No era necesario. Vi cómo apretaba la mandíbula. Álvaro dio un paso.
—¿Qué mensaje intentasteis enviar?
Rodrigo levantó los ojos.
—Ninguno.
Nuño soltó una carcajada seca.
—Claro.