Mi Vida en el s.Xv

Capítulo 9

Donde las espadas no se ven

A la mañana siguiente, Catalina consiguió escribir la E. O algo que, contemplado con suficiente generosidad, podía considerarse una E.

—Tiene demasiados brazos —dije.

Catalina frunció el ceño y acercó la cara a la tablilla.

—Tiene tres.

—Precisamente.

—Vos dijisteis que tenía tres.

—Tres bien colocados.

Me miró con esa expresión de profunda decepción que solo los niños parecían capaces de dedicar a los adultos.

—Las letras tienen demasiadas reglas.

—Esperad a conocer a los nobles.

Juana, que doblaba ropa junto al arcón, levantó la cabeza.

—Mi señora.

—¿Qué?

—Tiene cinco años.

—Entonces todavía está a tiempo de aprender a desconfiar de ellos.

Catalina rio, aunque era evidente que no había comprendido la mitad de lo que acababa de decir. Yo tampoco estaba segura de comprender del todo lo que nos esperaba.

Sobre la cama descansaban dos vestidos preparados para el viaje. Junto a ellos, Juana había dispuesto un manto grueso, guantes y todo aquello que consideraba imprescindible para que una dama pudiera abandonar su casa sin provocar un escándalo.

Aquella mañana partiríamos hacia la corte. Mi padre había dado las órdenes antes del amanecer.

Nuño se quedaría al mando de la fortaleza. Teresa permanecería allí, vigilada sin estar formalmente prisionera. Rodrigo continuaría encerrado en la torre este.

Y nosotros llevaríamos con nosotros únicamente copias de algunos documentos encontrados en Santa Lucía. Los originales permanecerían ocultos. Ni siquiera yo sabía dónde. Mi padre había decidido que era mejor así. Por una vez, no había discutido.

Catalina volvió a inclinarse sobre la tablilla.

—¿Cuándo volvéis?

La pregunta me sorprendió.

—Pronto.

—¿Cuánto es pronto?

—No lo sé.

—Entonces no es pronto.

Juana sonrió.

—Catalina.

—Es verdad.

Me agaché junto a ella.

—Cuando regrese, aprenderemos la F.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Es difícil?

—Muchísimo.

—Mentís.

—Un poco.

Sonrió. Yo también. Pero cuando me levanté, mi mirada se detuvo un instante sobre aquella E torcida. No quería preguntarme cuánto tardaría en volver. Mucho menos si volvería.

Antes de partir fui a ver a Rodrigo. No se lo había dicho a mi padre. Tampoco era exactamente una desobediencia. Nadie me había prohibido hacerlo. Empezaba a sospechar que había heredado de él cierta habilidad para encontrar refugio en los detalles.

Dos guardias custodiaban la puerta de la estancia. Uno la abrió al reconocerme. Rodrigo estaba sentado junto a la ventana. Había mejorado.

Las heridas ya no lo obligaban a permanecer acostado y el color había regresado parcialmente a su rostro. Aun así, estaba más delgado que cuando había llegado a nuestra casa convencido de que terminaría convirtiéndose en mi esposo.

Resultaba extraño pensar que apenas habían pasado unos días. Al verme, sonrió.

—Mi prometida.

—Nunca lo fui.

—Permitidme conservar algún recuerdo agradable de nuestra relación.

—Podéis conservar las cadenas.

Miró sus muñecas.

—Vuestro sentido del afecto sigue siendo peculiar.

Cerré la puerta. Su sonrisa desapareció poco a poco.

—Os marcháis.

No era una pregunta.

—¿Cómo lo sabéis?

—Hay caballos preparados desde antes del alba. Vuestro padre ha duplicado la guardia de esta torre y Nuño lleva toda la mañana comportándose como si quisiera asesinar a cualquiera que respire demasiado cerca de las murallas.

—Eso último no parece particularmente extraordinario.

Rodrigo soltó una breve risa.

—No.

Me acerqué.

—Vamos a la corte.

Por primera vez desde que había entrado, dejó de sonreír. Aquello era exactamente lo que quería ver.

—Valcárcel os ha invitado —dijo.

—Ya lo sabíais.

—Lo imaginaba.

—No es lo mismo.

Rodrigo apoyó la espalda contra la pared.

—En nuestro mundo suele bastar.

Saqué de mi manga la copia que había hecho del pequeño fragmento encontrado en la mano del muchacho muerto. Una T. La coloqué sobre la mesa. Rodrigo bajó los ojos.

—Ayer dijisteis que no era Teresa.

—Y no lo es.

—Teresa afirma que tampoco es una inicial.

Su mirada se levantó inmediatamente.

—Habéis hablado con ella.

—Eso acostumbro a hacer cuando quiero respuestas.

—Y, sin embargo, seguís viniendo a verme.

—Porque ella me ha dado una y vos todavía me debéis varias.

Rodrigo observó la marca.

—¿Qué os dijo?

—Que mi madre la llamaba una marca.

Silencio.

—¿Mentía?

—No.

—¿Qué significa?

Rodrigo desvió la vista hacia la ventana.

—No lo sé.

Lo estudié.

—Eso sí ha sido mentira.

—Empezáis a conocerme.

—Desgraciadamente.

Recogí el papel.

—Que tengáis una agradable estancia.

Me dirigí hacia la puerta.

—Esperad.

Me detuve. No me volví.

—La he visto antes.

Esperé.

—¿Dónde?

—En cargamentos. Correspondencia. Órdenes.

Me giré.

—¿Qué clase de órdenes?

—Las que no llevaban nombres.

—¿Y la T?

—A veces estaba junto a una cantidad. Otras, junto a un lugar. En alguna ocasión aparecía sola.

—Entonces ¿qué significa?

Rodrigo negó lentamente.

—Nunca necesité saberlo.

—No os creo.

—No os estoy pidiendo que lo hagáis.

—Qué considerado.

—Solo necesitaba reconocerla.

Aquello me hizo callar.

—¿Reconocerla para qué?

—Para saber que una orden debía cumplirse sin hacer preguntas.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién daba esas órdenes?

—Ya os he dicho que nunca traté directamente con quienes estaban arriba.

—Valcárcel.

Rodrigo apretó la mandíbula.

—No lo sé.

—Pero le teméis.

—Temo a muchas personas.




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