Mi Vida en el s.Xv

Capítulo 10

Lo que sabía de mi madre

Durante unos segundos no supe qué responder. No porque me faltaran preguntas. Era precisamente lo contrario. Aquel hombre acababa de hablar de mi madre con una familiaridad que me desagradó de inmediato.

Don Gonzalo de Valcárcel permanecía en el umbral de mis aposentos como si aparecer sin ser anunciado ante una dama a aquellas horas fuese la cosa más natural del mundo.

Miré a los dos hombres que aguardaban detrás de él y después volví a mirarlo.

—Si conocisteis tan bien a mi madre, sabréis que no habría aprobado que un hombre entrara de noche en los aposentos de su hija sin haber sido invitado.

La sonrisa de don Gonzalo se ensanchó apenas.

—Tenéis razón.

Retrocedió un paso. Aquello me sorprendió.

—Mañana, entonces.

Se volvió.

—Esperad.

Se detuvo. Había sido demasiado fácil. Y precisamente por eso no quería dejarlo marchar.

—Ya estáis aquí.

Don Gonzalo volvió a mirarme.

—También vuestra madre tenía la costumbre de cambiar de opinión rápidamente.

—No he cambiado de opinión. Sigo considerando impropia vuestra visita.

—Pero vuestra curiosidad ha vencido.

—No os concedáis tanto mérito.

Algo parecido a diversión cruzó su rostro. Hice una seña hacia la puerta.

—Dejadla abierta.

Don Gonzalo entendió. Ordenó a sus hombres que esperaran fuera y entró sin protestar. No se sentó. Yo tampoco. Durante unos instantes nos observamos en silencio. Había imaginado muchas veces cómo sería aquel encuentro desde que Álvaro había pronunciado su nombre. Esperaba encontrar algo.

Crueldad. Nerviosismo. Tal vez esa arrogancia que Rodrigo nunca había conseguido ocultar por completo.

No encontré nada.

Don Gonzalo parecía exactamente lo que cualquiera esperaría encontrar en un hombre cercano a la corte de los Reyes: educado, tranquilo y perfectamente consciente de su posición.

Eso no me tranquilizó.

—Decís que conocisteis a mi madre.

—Así es.

—¿Cómo?

—Esa es una pregunta bastante amplia.

—Podéis empezar por responderla de manera estrecha.

Sonrió.

—Vuestra madre habría disfrutado hablando con vos.

Aquello me molestó.

—No utilicéis a mi madre para evitar responderme.

La sonrisa desapareció. Por primera vez creí ver al hombre que había debajo de toda aquella cortesía. Solo durante un instante.

—Nos conocimos aquí —respondió.

—¿En la corte?

—En la corte. Aunque no en este lugar concreto. Los Reyes se desplazan y nosotros con ellos. Vuestra madre acompañó a su familia en varias ocasiones antes de casarse con vuestro padre.

Aquello coincidía con lo que él me había contado.

—¿Erais amigos?

Don Gonzalo tardó en responder.

—Durante un tiempo.

—¿Qué significa eso?

—Exactamente lo que he dicho.

—Entonces no significa nada.

Una ceja se alzó ligeramente.

—Sois impaciente.

—Y vos dais respuestas inútiles.

—Eso también lo decía ella.

Sentí una punzada de irritación.

—Dejad de compararme con mi madre.

Esta vez su expresión cambió.

—Perdonadme.

No esperaba la disculpa. Y sospeché que él sabía perfectamente que no la esperaba.

—¿Por qué me habéis hecho venir?

—Yo no os he hecho venir.

—Me enviasteis una carta.

—Una invitación.

—Seguida de otra dirigida a mi padre insinuando que los rumores sobre nuestras tierras podían perjudicar nuestro nombre.

—Los rumores pueden ser extraordinariamente dañinos.

—Sobre todo cuando alguien se ocupa de extenderlos.

Silencio. Don Gonzalo sonrió de nuevo.

—¿Me acusáis de algo?

—¿He dicho vuestro nombre?

—No hacía falta.

—Entonces quizá sois vos quien está sacando conclusiones.

Nos miramos. Por primera vez comprendí algo. Él estaba haciendo exactamente lo mismo que yo. Probando. Una palabra. Una reacción. Otra palabra. Otro silencio.

Rodrigo había tenido razón. No había venido a preguntarme qué sabía. Había venido a descubrirlo. Y yo estaba intentando hacer exactamente lo mismo con él. Aquello podía durar toda la noche.

—Mi madre tenía unas tierras —dije.

Don Gonzalo no reaccionó.

—Tenía muchas.

—Unas que apenas se trabajaban.

Nada.

—Un lugar llamado Santa Lucía.

Nada.

Ni un movimiento. Ni una vacilación. Ni siquiera cambió la forma de respirar. Me habría resultado más tranquilizador verlo palidecer.

—¿Lo conocéis? —pregunté.

—Conozco el nombre.

—¿Habéis estado allí?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

Lo observé. No sabía si mentía. Y aquello me irritó profundamente.

—Curioso.

—¿Por qué?

—Porque vuestro sello sí ha estado allí.

Esta vez ocurrió. No mucho. Sus ojos descendieron un instante. Solo uno. Después regresaron a mí.

—¿Mi sello?

Había ido demasiado lejos. Escuché la voz de Álvaro en mi cabeza.

Primero entendamos el terreno.

Demasiado tarde.

—Eso he dicho.

Don Gonzalo permaneció inmóvil.

—¿Dónde lo habéis encontrado?

Sonreí.

—Ahora sois vos quien hace preguntas.

—Y vos quien evita responderlas.

—Parece que estamos aprendiendo el uno del otro.

No sonrió. Por primera vez desde que había entrado, su amabilidad había desaparecido por completo. Entonces escuchamos pasos en el corredor. Álvaro apareció en la puerta. Se detuvo al verme con don Gonzalo. No dijo nada. Pero la mirada que me dedicó prometía una conversación desagradable.

Don Gonzalo recuperó inmediatamente su sonrisa.

—Don Álvaro.

—Don Gonzalo.

Se saludaron con una cortesía tan perfecta que resultaba casi hostil.

—No sabía que estuvierais aquí —dijo Álvaro.

—Acabo de llegar.

—Eso veo.

Don Gonzalo me miró.

—Continuaremos nuestra conversación mañana, si vuestra señora lo desea.




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