Mi Vida en el s.Xv

Capítulo 11

Antes de ser mi madre

Doña Elvira no apartó los ojos del pequeño fragmento de pergamino.

—Cerrad la puerta.

Mi padre permaneció inmóvil junto a la mesa. Álvaro fue el primero en reaccionar. Se acercó a la entrada y miró al corredor antes de empujar lentamente la hoja de madera. El sonido de la cerradura al encajar me produjo una sensación incómoda. Apenas había amanecido y ya estábamos encerrándonos en una habitación para hablar de mi madre como si su nombre pudiera ser escuchado a través de las paredes.

Doña Elvira avanzó hasta la mesa. Extendí el pergamino frente a ella. La frase seguía allí, escrita con aquella letra apresurada.

Ella nunca estuvo sola.

En el reverso, la marca que ya conocíamos. La T. Y, debajo de ella, aquella pequeña cruz que ninguno de nosotros había sabido reconocer.

—Habéis dicho que sabéis qué significa —dije.

Elvira levantó la mirada.

—He dicho que la reconozco.

—No juguéis con las palabras.

—En esta corte, señora, las palabras son precisamente aquello con lo que más cuidado conviene jugar.

No me gustó la respuesta. Estaba cansada de personas que parecían disponer de una verdad que yo solo podía recibir en pequeñas porciones, como si todavía fuera una niña a la que se protegía ocultándole las cosas desagradables. Mi padre debió de notar mi irritación, porque apoyó una mano sobre la mesa.

—Doña Elvira, si sabéis algo sobre mi esposa, este es el momento de decirlo.

Ella lo miró durante unos segundos. Su expresión cambió de una forma que no supe interpretar. Hasta entonces había hablado de mi madre conmigo, pero aquella era la primera vez que la veía frente al hombre que había compartido con ella una vida.

—No delante de él —dijo finalmente.

Miré hacia Álvaro.

—¿Qué?

Elvira no se volvió.

—Lo que voy a contar pertenece a una época anterior a vuestra relación con esta casa.

Álvaro arqueó una ceja.

—Eso parece una manera extraordinariamente cortés de echarme de una habitación.

—Pretendía serlo.

—Entonces agradezco el esfuerzo.

Se volvió hacia mí. No parecía ofendido, pero tampoco complacido.

—Esperaré fuera.

—No.

La palabra salió antes de que pudiera pensarlo.

Los tres me miraron.

—Quiero que se quede.

Elvira entrecerró los ojos.

—No sabéis lo que voy a contar.

—Precisamente por eso.

Mi padre no intervino.

Continué.

—Durante días he exigido que nadie me oculte nada. No tendría mucho sentido comenzar ahora a escoger qué verdades pueden escuchar los demás solo porque me resulten incómodas.

Álvaro me observó, esta vez sin aquella media sonrisa que solía aparecer cuando encontraba algo con lo que provocarme.

Elvira suspiró.

—Vuestra madre habría discutido exactamente igual.

Apreté la mandíbula.

—No hagáis eso.

—¿Qué?

—Compararme con ella cada vez que os convenga evitar una respuesta.

Por primera vez pareció sorprendida.

—También hacía eso.

La miré.

Elvira sonrió apenas.

—Perdonad. Esa sí ha sido culpa mía.

Mi padre apartó una silla.

—Sentémonos.

Lo hicimos.

Elvira permaneció de pie.

Durante unos instantes observó el fragmento de pergamino como si no estuviera decidiendo qué contar, sino cuánto daño estaba dispuesta a causar con ello.

—Conocí a vuestra madre antes de que se casara —comenzó—. Mucho antes de que llegara a vuestra casa y mucho antes de que vos nacierais. Durante aquellos años pasábamos largas temporadas siguiendo a la corte. No siempre en el mismo lugar, por supuesto. Ya sabéis cómo se mueve una casa real: servidores, consejeros, criados, mercaderes, hombres que buscan favores y otros que pretenden que nadie sepa que los están buscando.

—Decís que la conocisteis en la corte —dije.

—Sí.

—Don Gonzalo también afirma lo mismo.

Elvira levantó ligeramente una ceja.

—Me sorprende que os lo haya dicho tan pronto.

—No dijo cuánto la conocía.

—Eso me sorprende menos.

Mi padre se removió en su asiento.

—¿Qué relación tenía mi esposa con Valcárcel?

Elvira lo miró.

—La misma que tenía conmigo al principio. Ninguna especialmente importante. Coincidíamos. Hablábamos. Vuestra esposa tenía una costumbre peligrosa.

—¿Cuál?

—Escuchar.

No pude evitar fruncir el ceño.

Elvira lo vio.

—No me refiero a oír conversaciones detrás de las puertas. Aunque tampoco habría jurado que jamás lo hiciera. Escuchaba de verdad. Recordaba nombres, cantidades, lugares. Si un hombre decía una cosa en Burgos y seis meses después afirmaba lo contrario en otra ciudad, ella lo recordaba. Y, lo que era peor para quienes mentían, preguntaba.

Miré a mi padre.

Él no parecía sorprendido.

—Eso sí lo reconozco.

—También se metía donde no la llamaban —continuó Elvira.

—Eso también —murmuró mi padre.

Lo dijo con tanta naturalidad que por un instante casi pude imaginarlos juntos muchos años atrás. Mi madre hablando demasiado, mi padre fingiendo enfado y ella ignorándolo.

Aquella imagen dolió más de lo esperado.

—¿Qué descubrió? —pregunté.

Elvira dejó de sonreír.

—Al principio, nada importante. Una cuenta.

—¿Una cuenta?

—Caballos.

Álvaro, apoyado contra la pared, levantó la mirada. Elvira continuó.

—Un número reducido. Ni siquiera recuerdo cuántos. Figuraban como pagados por una casa noble para determinados desplazamientos. Meses después vuestra madre encontró otra relación en la que aparecían los mismos animales, las mismas cantidades y otro destinatario.

—¿Un error de escribano? —preguntó mi padre.

—Eso creyó. Hasta que apareció una tercera cuenta.

Me incliné ligeramente hacia delante.

—¿Y después?

—Empezó a buscar.

—Naturalmente —murmuró Álvaro.

Lo miré.

—No digáis nada.




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