La mesa de Valcárcel
La fecha continuaba sobre la mesa.
Habíamos apartado el resto de los documentos, pero aquel pergamino permanecía frente a mí como si al separarlo de los demás hubiéramos conseguido hacerlo más peligroso. La T aparecía junto a una anotación que hasta aquella mañana me habría parecido insignificante. Ahora solo podía mirar el día, el mes y el año.
La semana en que murió mi madre.
Álvaro estaba al otro lado de la mesa. Había leído el documento varias veces sin encontrar nada que yo no hubiera visto ya. Mi padre permanecía junto al ventanal, en silencio. Desde que le había dicho la fecha apenas había hablado.
—Tenemos que preguntárselo —dije.
Álvaro levantó los ojos.
—¿A Valcárcel?
—Sí.
—No.
Lo miré.
—Me alegra comprobar que nuestra alianza continúa basándose en el respeto mutuo.
—Os respeto lo suficiente como para deciros cuando creo que estáis a punto de cometer una estupidez.
—Qué considerado.
Mi padre se volvió desde la ventana.
—Tiene razón.
Aquello era peor.
—¿También vos?
—Sobre todo yo.
Se acercó a la mesa y miró el pergamino.
—No sabemos qué significa esa marca. Ni siquiera sabemos si la fecha tiene relación con la muerte de vuestra madre.
—Pero coincide.
—Sí.
—¿Y no os parece suficiente para preguntarle?
—Preguntarle, sí. Contarle todo lo que sabemos antes de que él nos diga nada, no.
No respondí. Porque sabía perfectamente a qué se refería. Santa Lucía. El sello. Había utilizado ambas cosas frente a Valcárcel demasiado pronto y todavía no sabía si había conseguido información o simplemente le había enseñado nuestras cartas.
Álvaro debió de comprender lo que estaba pensando.
—Esta vez dejad que sea él quien se equivoque primero.
—¿Y cómo proponéis hacerlo?
—No intentéis descubrir si miente.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces para qué vamos?
—Para descubrir qué necesita ocultar.
—No veo la diferencia.
Álvaro apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Un hombre puede mentir sobre cien cosas. Puede mentir sobre dónde estuvo, a quién conoció o qué pensaba de vuestra madre. Pero solo protegerá aquello que tema perder. No observéis cada palabra. Observad qué pregunta evita.
Miré nuevamente el documento. Mi primer impulso seguía siendo ponerlo delante de Valcárcel y exigirle una explicación. No lo haría. Doblé el pergamino.
—No mencionaremos la T.
Mi padre asintió.
—Ni la fecha.
—Ni la cruz —añadió Álvaro.
Lo miré.
—Eso ya lo sabía.
—Me tranquiliza.
Guardé el documento.
—¿Algo más?
—Sí.
—¿Qué?
—Intentad no acusarlo de haber asesinado a vuestra madre antes de los postres.
Mi padre soltó una breve risa. Yo no.
—No pensaba hacerlo.
Álvaro me miró.
—Entonces retiro la recomendación.
Don Gonzalo de Valcárcel nos recibió aquella tarde en unos aposentos considerablemente más grandes que los nuestros.
No eran ostentosos.
Eso me llamó la atención.
Había riqueza, desde luego. La madera de los muebles era buena, los tapices estaban bien conservados y sobre una mesa lateral descansaban varias piezas de plata que habrían alimentado durante meses a más de una familia. Pero nada parecía colocado allí para demostrarlo.
Quizá porque los hombres verdaderamente poderosos no necesitaban recordar a los demás que lo eran.
Valcárcel nos recibió de pie.
Vestía de oscuro y llevaba el mismo emblema que había visto la noche anterior. Sus cabellos grises estaban perfectamente peinados y su expresión tenía aquella tranquilidad que empezaba a resultarme irritante.
—Mi señor.
Inclinó la cabeza ante mi padre. Después me miró.
—Mi señora.
Finalmente se volvió hacia Álvaro.
—Don Álvaro. Me alegra que hayáis aceptado acompañarlos.
—Yo también siento curiosidad por averiguar por qué me habéis invitado.
Valcárcel sonrió.
—La curiosidad parece abundar estos días.
—Debe de ser contagiosa —respondí.
Su mirada regresó a mí.
—Eso parece.
Nos indicó la mesa.
No estábamos solos. Dos hombres a los que apenas conocía ocupaban el extremo opuesto y una dama de edad avanzada conversaba con ellos. Los criados entraban y salían con platos, jarras y bandejas. Durante los primeros minutos nadie mencionó a mi madre.
Ni Santa Lucía.
Ni los documentos.
Ni la T.
Hablamos del viaje.
De nuestras tierras.
De la corte.
De la guerra en Granada.
Valcárcel preguntó por la fortaleza y mi padre respondió con la misma cortesía con la que habría hablado del tiempo. Yo apenas participaba.
Esperaba. Y odiaba esperar.
—También me han llegado noticias más agradables —dijo Valcárcel en algún momento.
Su mirada pasó de Álvaro a mí. No me gustó.
—¿Qué noticias?
—Un posible compromiso.
Cerré los ojos durante un instante. Álvaro cogió su copa.
—La corte parece extraordinariamente interesada en mi futuro.
—En el vuestro no —dije—. En el mío.
Valcárcel sonrió.
—Entonces ¿los rumores son ciertos?
—La corte parece extraordinariamente bien informada sobre acontecimientos que todavía no han sucedido.
Álvaro bebió tranquilamente.
—Es una de sus mayores virtudes.
Lo miré.
—¿Difundir rumores?
—Convertirlos en certezas antes que sus protagonistas.
La dama del otro extremo de la mesa ocultó una sonrisa. Valcárcel no.
—Comprendo que no existe todavía acuerdo.
—Comprendéis correctamente.
—Una lástima.
—¿Por qué?
—Porque don Álvaro pertenece a una buena casa.
Álvaro dejó la copa.
—Agradezco descubrir que mi principal virtud continúa siendo haber nacido de los padres adecuados.
—No he dicho que sea la única.
—Eso mejora considerablemente mi tarde.