Mi Vida en el s.Xv

Capítulo 13

Tres días antes

Aquella misma tarde enviamos un hombre de regreso a casa.

No llevaba ninguna orden para Teresa ni una advertencia para Nuño. Tampoco mencionamos a Valcárcel, la T o la pequeña cruz que mi padre había recordado unas horas antes. Solo llevaba una pregunta: quién había dormido bajo nuestro techo tres días antes del último regreso de mi madre.

La respuesta, si todavía existía, no estaba en la memoria de mi padre. Ya le había preguntado cuanto podía preguntarle y seguir insistiendo solo conseguiría que intentara llenar huecos que llevaban veinte años vacíos. Estaba en casa, entre libros que nadie habría tenido motivos para recordar y personas que quizá sí.

—Los libros de gastos —dije mientras terminaba de doblar la carta.

Álvaro, al otro lado de la mesa, levantó la mirada.

—¿Qué esperáis encontrar?

—No lo sé.

—Eso es sorprendentemente sensato.

Lo ignoré.

—Mi padre recuerda que aquel hombre llegó acompañado por un muchacho. Si permanecieron en la fortaleza, tuvieron que comer. Sus caballos ocuparon los establos. Quizá se anotó de dónde venían o quién pagó sus gastos.

Mi padre, junto a la ventana, asintió.

—En aquella época se registraba casi todo. Sobre todo cuando los huéspedes no pertenecían a la casa.

—Entonces Nuño sabrá dónde buscar.

Álvaro miró la carta.

—No buscáis al visitante.

—Busco el rastro que dejó.

Aquello me gustaba más. Los recuerdos podían deformarse con los años. Un libro también podía estar incompleto, pero al menos la tinta no intentaría responder lo que creyera que yo deseaba escuchar.

Mi padre tomó la carta y la leyó antes de sellarla.

—No habéis mencionado la cruz.

—No hace falta.

—Ni a Valcárcel.

—Tampoco.

Álvaro arqueó ligeramente una ceja.

—Estoy impresionado.

—No empecéis.

—No he dicho nada.

—Precisamente.

Mi padre ocultó una sonrisa mientras aplicaba el sello.

—La llevará uno de mis hombres. Esperará a que Nuño encuentre algo y regresará con su respuesta.

Eso significaba varios días.

No me gustaba, pero ya había aprendido que mi disgusto no conseguía que los caballos corrieran más deprisa.

—Que parta hoy.

—Lo hará.

Observé el pergamino cuando mi padre lo entregó a uno de sus hombres. Era extraño pensar que una parte de la respuesta podía encontrarse en nuestra propia casa mientras nosotros estábamos a varios días de distancia, rodeados de personas que quizá sabían más sobre la muerte de mi madre que nosotros.

Pero no podíamos hacer nada hasta que Nuño respondiera.

Sí había, en cambio, una persona a la que podíamos preguntar aquella misma tarde.

Encontramos a doña Elvira en sus aposentos poco antes de que anocheciera.

No pareció sorprendida al vernos.

—Supongo que habéis vuelto a hablar con Gonzalo.

Entramos. Álvaro cerró la puerta detrás de nosotros.

No respondí a su pregunta.

—¿Qué decía la última carta de mi madre?

Elvira dejó de moverse.

Fue apenas un instante, pero suficiente.

—Así que existió.

—¿Os lo ha contado Gonzalo?

—No importa quién me lo haya contado.

—Importa mucho.

—A mí me importa que ayer pasarais horas hablándome de mi madre y decidierais no mencionar una carta que os envió poco antes de regresar a casa.

Mi padre permaneció a mi lado.

—¿Qué decía?

Elvira tardó en responder.

—No conservo la carta.

Solté aire por la nariz.

—Naturalmente.

—La destruí hace años.

—¿Por qué?

—Porque contenía cosas que podían comprometernos a ambas.

—Mi madre está muerta.

Elvira sostuvo mi mirada.

—Ahora.

No me gustó la respuesta, pero la entendí.

—Entonces decidnos lo que recordáis.

Elvira se acercó a una mesa y apoyó las manos sobre ella.

—Era corta. Vuestra madre la escribió deprisa. Me pedía que no entregara ciertas copias a nadie hasta que ella regresara.

—¿Qué copias?

—Registros de movimientos. Pagos. Permisos. Documentos que yo había conseguido que pudiera consultar sin que determinadas personas supieran que los había visto.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Documentos de la corte?

—Sí.

—¿A los que no tenía derecho a acceder?

Elvira lo miró.

—No.

—¿Y vos se lo permitisteis?

—Sí.

Mi padre apartó la mirada, claramente disgustado.

—¿Qué estaba buscando? —pregunté.

—Una diferencia.

—¿Entre qué?

—Las fechas.

Sentí que algo se contraía en mi estómago.

No miré a Álvaro. No hacía falta.

—Explicaos.

Elvira negó lentamente.

—Nunca llegué a comprenderlo. Vuestra madre había empezado a comparar las fechas de ciertos movimientos con las anotaciones que llevaban la T. Decía que había algo que no encajaba.

La fecha que habíamos encontrado aquella mañana regresó a mi mente.

La semana en que murió.

Pero no se lo dije.

—¿Eso era todo lo que decía la carta?

Elvira permaneció callada.

—No.

Esperé.

—Había otra frase.

—¿Cuál?

Elvira me miró.

—«No se lo digáis todavía a Gonzalo».

Mi padre se volvió hacia ella.

Álvaro dejó de apoyarse en la puerta.

Yo no dije nada durante varios segundos.

—¿Valcárcel sabía que existía esa carta?

—Sabía que vuestra madre me había escrito. No sé si conocía su contenido.

—Ayer nos dijo que la última carta existía.

—Entonces sabía más de lo que yo creía.

—¿Por qué mi madre no quería que le contarais lo que había descubierto?

—No lo sé.

—¿Había dejado de confiar en él?

—Quizá.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo daros.

Elvira se apartó de la mesa.

—Durante los últimos meses desconfiaba de todos. De Gonzalo. De mí. Incluso de algunas personas que llevaban años ayudándonos. Creo que había descubierto que alguien de nuestro entorno sabía más de lo que debía.




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