A plena vista
Los días siguientes descubrí que la corte tenía una forma particular de ocultar a las personas: bastaba con permitirles estar en todas partes. Don Hernando de Cárdenas no parecía pertenecer a ningún lugar concreto y, sin embargo, resultaba difícil pasar una jornada sin encontrar algún rastro suyo. Su nombre aparecía en solicitudes, cuentas y permisos; unas veces llevaba documentos de una estancia a otra, otras acompañaba a hombres de mayor rango y en más de una ocasión lo vimos detenerse a hablar con criados o escribanos a quienes nadie habría prestado atención. No vestía como un gran señor ni necesitaba hacerlo. Su importancia, si realmente la tenía, parecía residir precisamente en moverse entre quienes daban las órdenes y quienes las cumplían.
Durante la primera mañana me limité a observarlo desde lejos. Álvaro había conseguido averiguar que Hernando colaboraba con distintos oficiales encargados de asuntos administrativos y que no dependía directamente de una sola casa. Aquello complicaba mucho más las cosas. Su padre había trabajado para los Valcárcel, sí, pero también para otras familias, y Hernando parecía haber heredado la misma facilidad para servir a unos sin dejar de ser útil a los demás.
—Esperaba algo más sencillo —admití mientras caminábamos por una de las galerías superiores.
—¿Un hombre vestido de negro reuniéndose a escondidas con Valcárcel?
—No habría estado mal.
Álvaro reprimió una sonrisa.
—La mayoría de los hombres peligrosos tienen la desagradable costumbre de parecer hombres normales.
—Rodrigo nunca tuvo ese problema.
—Rodrigo siempre disfrutó demasiado siendo observado.
No pude discutir aquello. Rodrigo había querido dominar cada estancia en la que entraba. Hernando hacía exactamente lo contrario. Podía cruzar un patio lleno de personas sin provocar que nadie se volviera a mirarlo y, cuanto más lo observaba, más comprendía lo útil que podía resultar alguien así.
Aquella misma mañana lo vimos entregar un documento a un hombre que reconocí como miembro de la casa de Valcárcel. No conocía su nombre, pero lo había visto dos veces junto a don Gonzalo. Hernando habló con él durante unos instantes y después continuó su camino sin que ninguno pareciera conceder importancia al encuentro.
—Ahí lo tenéis —murmuré.
Álvaro no apartó la vista del patio.
—¿Qué tengo?
—Un hombre cuyo padre trabajó para Valcárcel entregando documentos a uno de sus servidores.
—También lo he visto.
—No parecéis demasiado sorprendido.
—Porque no sabemos qué documento era.
—¿Necesitáis que lleve escrito «conspiración» en la cubierta?
—Ayudaría.
Lo miré de lado.
—Trabajó para esa casa.
—Su padre trabajó para esa casa.
—Y ahora él entrega documentos a sus hombres.
Álvaro esperó hasta que Hernando desapareció bajo uno de los arcos.
—También hemos averiguado que Cárdenas interviene en asuntos de varias casas. Que entregue un documento a un hombre de Valcárcel demuestra que le ha entregado un documento a un hombre de Valcárcel. Nada más.
—Últimamente disfrutáis demasiado diciéndome lo que no demuestra nada.
—Porque últimamente encontráis demasiadas cosas que queréis convertir en pruebas.
Estuve a punto de responder, pero no lo hice. Hacía unas semanas habría tomado aquella entrega como confirmación de que Hernando seguía trabajando para Gonzalo. Ahora, por mucho que me irritara admitirlo, sabía que Álvaro tenía razón. Precisamente aquella clase de razonamiento nos había llevado a creer que una T debía significar Teresa.
—Entonces continuaremos observándolo.
—Eso esperaba.
—No pongáis esa cara.
—¿Qué cara?
—La de estar satisfecho conmigo.
—No estaba satisfecho.
—Mentís fatal.
—Es reconfortante saber que todavía os equivocáis en algunas cosas.
Seguí andando antes de darle la satisfacción de verme sonreír.
No tardamos en descubrir que seguir a Hernando no iba a proporcionarnos respuestas rápidas. Aquel día habló con siete personas que pudimos identificar y probablemente con otras tantas que no. Ninguna reunión duró demasiado. No se ocultó, no entregó paquetes misteriosos ni abandonó la corte bajo una capa en mitad de la noche. Trabajó. Y precisamente por eso empecé a comprender algo que hasta entonces no había considerado.
Si la red que mi madre había descubierto funcionaba mediante hombres como Hernando, no necesitaba esconderse.
Una orden podía viajar dentro de una carta legítima. Un cargamento podía acompañar a otro perfectamente registrado. Un mensajero podía trabajar para tres casas y recibir instrucciones de una cuarta. Las mismas personas que trasladaban documentos oficiales podían transportar otros que jamás aparecerían en ningún libro. Nadie necesitaba reunirse en sótanos ni jurar lealtad alrededor de una mesa. Bastaba con aprovechar caminos que ya existían.
La idea permaneció conmigo hasta que regresamos a nuestros aposentos.
Allí nos esperaba otra respuesta.
Mi padre estaba sentado junto a la mesa cuando entramos. Frente a él había dos pequeñas impresiones de cera y varios papeles que reconocí inmediatamente como las copias que habíamos llevado desde Santa Lucía.
—Por vuestra expresión —dije—, supongo que habéis encontrado algo.
—Álvaro lo encontró.
Me volví hacia él.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—Habéis pasado toda la mañana conmigo.
—Antes de encontraros.
—¿Y no pensabais contármelo?
—Pensaba hacerlo cuando pudiera enseñaros esto.
Se acercó a la mesa y colocó una de las impresiones junto a la copia del sello encontrado en Santa Lucía. Durante nuestra conversación con Valcárcel, Gonzalo había afirmado que el sello que utilizaba cuando conoció a mi madre no era el mismo que aparecía en los documentos ocultos bajo aquella finca. Según él, su casa había empezado a emplear aquella versión después de la muerte de mi madre.