Mis primeros recuerdos huelen a tierra seca y a fruta madura. Tendría unos cinco o seis años cuando el mundo se reducía a jugar con mi hermana Eliannis bajo la sombra de una mata de ponsigué. Vivíamos en Sigüa, un pueblito humilde en el estado Falcón, donde el sol no daba tregua y la vida se sentía tan intensa como el calor.
Mi familia era un contraste extraño. Mi padre era músico, un acordeonero que llenaba el aire con notas de vallenato, pero cuya música no lograba suavizar el ambiente de la casa. Mi mamá, en cambio, era una mujer joven y trabajadora que nunca se quedaba quieta: limpiaba casas, dibujaba y cosía sin descanso. "No molesten a su papá", nos repetía siempre, como intentando levantar una barrera invisible para protegernos de su carácter y de sus ausencias, pues él siempre tenía otras mujeres.
Los domingos eran días especiales y agridulces. Mamá pasaba la semana cosiendo ropa y, al llegar el domingo, nos vestía a mis hermanos —Giordano, Totó, Eliannis— y a mí con las mejores piezas que hacía. Salíamos después del mediodía, impecables, a recorrer las calles de casa en casa. Ella cargaba bolsas pesadas llenas de costuras; lo que a la gente le gustaba, se lo quedaba, y ella regresaba al domingo siguiente a cobrar.
Caminábamos leguas, desde la casa hasta Meachiche. Recuerdo el cansancio en mis piernas pequeñas y la sed que nos quemaba la garganta, pero mamá siempre seguía adelante, sonriente ante los extraños, aunque por dentro estuviera estallando. Era una mujer estresada, una hipertensa crónica que lidiaba con la presión alta y con un dolor que nosotros, siendo niños, no podíamos comprender.
En aquel entonces, la veíamos ruda. Nos pegaba con lo primero que encontraba y nosotros, en nuestra inocencia herida, llegamos a pensar que era mala. No entendíamos que sus golpes eran el eco de su propia rabia, una forma desesperada de sacar el dolor que le causaba la vida.
Vi a mi padre golpearla por cualquier motivo. Recuerdo una escena que se quedó grabada a fuego en mi memoria: vivíamos en una pieza pequeña de cuatro por cuatro. Mi mamá estaba embarazada de Totó cuando mi papá llegó borracho. La agarró por el cabello y estrelló su cara contra la cerradura de gancho de la puerta. Al día siguiente, ella tenía el ojo morado y el alma rota, pero se levantaba como si nada, mientras él pedía unas disculpas que nunca cambiaban nada.
Nos mudamos mil veces. Íbamos y veníamos de la casa de mi abuela en Pueblo Nuevo de la Sierra. Mi papá siempre prometía que iba a cambiar, y nosotros siempre volvíamos al mismo ciclo de discusiones y miedo. Una noche, el hambre y la desesperación chocaron: mamá estaba batiendo una avena, lo único que teníamos para cenar, y en medio de una pelea, se la lanzó encima a mi padre mientras él descansaba en la hamaca.
Mi tía Yita, una mujer gorda y de carácter firme, siempre le decía a mi madre: "Si me entero de que ese hombre te volvió a pegar, la que te va a pegar soy yo. ¡Defiéndete, agarra lo que sea!". Pero el miedo de mi mamá era más grande que cualquier consejo. Ella estaba atrapada en un silencio que yo solo empezaría a romper años más tarde, cuando a los trece años, aprovechando mi estatura, decidí empezar a trabajar a escondidas para buscar mi propio destino.
#1741 en Novela romántica
#586 en Chick lit
#325 en Fantasía
#215 en Personajes sobrenaturales
Editado: 08.04.2026