En el Hospital General de Coro, el aire se sentía pesado, cargado de una amenaza que no lográbamos descifrar. A mi madre, con ocho meses de embarazo y los nervios destrozados, la acorralaron: o firmaba el consentimiento para la cesárea o la sacaban del hospital. Sola, en una silla de ruedas y bañada en lágrimas, firmó. No sabía que estaba entregando a sus hijos a un grupo de médicos que veían en su humildad una oportunidad para el experimento.
Como estudiantes de la Biblia, nuestra fe nos dictaba evitar las transfusiones de sangre, pero los médicos ignoraron nuestra voluntad. Bajo el pretexto de una supuesta necesidad, le hicieron una transfusión a una de las bebés. El resultado fue devastador: la sangre estaba contaminada. Mi hermanita murió víctima de una sepsis provocada por quienes debían salvarla.
A pesar de mi corta edad, siempre fui "avispada", una avioneta para moverme en la calle. Bajé a la morgue buscando respuestas y allí el destino me puso frente a un primo que trabajaba con el forense. "Paro respiratorio", fue la versión oficial, pero su mirada esquiva me decía otra cosa. Cuando logramos hablar a solas, la verdad salió como un golpe seco: "Prima, aquí sale que la sangre estaba contaminada".
No me quedé de brazos cruzados. Con la ayuda de un abogado que, conmovido por nuestra tragedia, no me cobró ni un centavo, logramos demandar a cuatro médicos. Fue una batalla de meses, pero conseguimos que les retiraran sus licencias.
Sin embargo, el dolor no terminaba de golpear. Recuerdo subir al ascensor, desesperada por ver a mamá, cuando la señora de limpieza, con una compasión que me heló la sangre, soltó: "Siento mucho lo de tu hermana... pensamos que se salvarían las dos". En ese instante supe que la otra gemela, la que seguía luchando entubada, también se había ido.
Mi madre estaba en una condición crítica, con la tensión en 240, al borde de la muerte por el dolor y la negligencia. Al salir de verla, me encontré a la doctora Piña en el cafetín, comiendo con su hija como si nada hubiera pasado. La rabia me cegó. Le volteé la mesa, le grité sus verdades y la llamé por el único nombre que merecía: asesina.
La crueldad no terminó con la muerte. Cuando fuimos a retirar los cuerpos de mis hermanitas, nos dijeron que no nos los entregarían, que se quedarían para "experimentos". Fue necesaria la intervención inmediata del abogado para detener ese último ultraje. Nos dieron un ultimátum de dos horas: o conseguíamos cómo llevárnoslas, o las perderíamos para siempre.
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Editado: 08.04.2026