Con el corazón acelerado y la desconfianza corriéndome por las venas, no permití que convirtieran a mis hermanas en un experimento. "¿Cómo que para experimento?", reclamé con rabia. Si tenían cuerpos allí de gente que nadie reclamaba, ¿por qué ensañarse con unas bebés? Sin mi primo cerca para ayudarme, tomé la iniciativa. Busqué un taxi, fui hasta La Vela de Coro y conseguí las urnas. Tenía un solo objetivo: sacarlas de ese hospital.
Nos las entregaron: dos seres pequeñitos, peluditos, idénticos y hermosos. Las llevamos al cementerio, pero mi sospecha era tan grande que tomé una decisión en silencio con un amigo de mi papá que nos ayudaba en su Camaro amarillo. Las enterramos en un lugar, pero fingimos que estaban en otro. Mi instinto no falló. Al día siguiente, el panteonero me contó que una camioneta negra con gente elegante fue a buscarlas. Querían llevárselas, pero gracias a mi engaño, nunca las encontraron. Aquellas bebés eran el segundo caso de gemelos monocoriales en Venezuela y para la ciencia eran "objetos de estudio", pero para mí, eran mis hermanas.
Pensé que esa tragedia ablandaría el corazón de mi padre, pero el monstruo de la violencia solo creció. La situación se volvió insoportable hasta que un día confronté a mi madre: "O te vas tú, o nos vamos todos, o me voy yo y no vuelves a saber de mí".
Mi mamá, cansada de ser la víctima, se armó de un valor que no le conocíamos. Durante una pelea, se defendió con una botella llena de arena que usábamos para sus masajes, golpeándolo en el pecho. En otro arranque de libertad, le desbarató el acordeón. Ver a ese hombre llorar como un niño por su instrumento, mientras ignoraba el llanto de su propia familia, fue una revelación. Ese día, ella dijo: "Nos vamos".
Regresamos a la Sierra, a la casa de mi abuela Carmen, un ser maravilloso que vivió hasta los 105 años. Allí, en medio de la humildad y a veces del hambre, conocimos la paz. Yo era la rebelde, la que "no le paraba a nada", mientras mi hermana Eliannis buscaba ser sofisticada y hasta me negaba por mis fachas. No me importaba. Ver a mamá trabajando en su costura sin el miedo constante a un golpe valía cualquier sacrificio.
Estudiamos y nos graduamos. Mi papá apareció en mi graduación, pero el lazo ya estaba roto. Sin embargo, la sombra del pasado es larga. Un día, en un momento que no alcancé a comprender, mamá decidió volver con él. Y fue ahí cuando supe que mi camino tenía que tomar otro rumbo. "Yo me voy", me dije, "porque no voy a ser testigo de cómo la destruyen otra vez".
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Editado: 08.04.2026