Mi Vida En Una Historia

Capitulo 5: El peso del silencio y el vuelo a bolivar

​El regreso a casa después de la paz de la Sierra fue un espejismo. Al principio todo era "de mil amores", pero la realidad no tardó en golpearnos: mi padre tenía una amante, Johana, quien además era hija de sus compadres. La traición era doble. Las peleas volvieron, esta vez con cachetadas en fiestas y enfrentamientos entre familias. En medio de ese caos, yo seguía intentando terminar mis estudios, pero una tarde, el mundo se volvió aún más oscuro.
​Saliendo del liceo, esperando un transporte para volver a casa, subí a un carro. Por ser la última en la ruta, me quedé sola con el chofer. En un puente, la ruta se desvió y la oscuridad me alcanzó. Fui víctima de un abuso que me dejó el alma rota y el cuerpo temblando de miedo. "Si dices algo, sé dónde vives", fue su amenaza. Llegué a casa, me encerré en mi cuarto y me tragué el dolor. No quería darle a mi madre una carga más. Solo mi mejor amigo, Ángel Germán, conoció mi secreto y compartió mi rabia en silencio.
​Poco después, tras una pelea con mi madre donde los golpes con un palo de cepillo fueron el detonante final, decidí irme. Me refugié en casa de Ángel. Durante tres meses compartimos cuarto como los mejores amigos, sin que pasara nada, hasta que una tarde, frente a la heladería Mister Chaplin donde yo trabajaba, me confesó su amor. Le dije que sí de inmediato; buscaba un ancla, alguien en quien confiar.
​A los diecinueve años salí embarazada de mi primera hija. Aunque mi padre ya no golpeaba tanto a mi madre, ella seguía consumiéndose en el trabajo y la hipertensión. Yo sabía que esa vida no era para mí. Cuando mi hija apenas caminaba, la relación con Ángel se rompió por su infidelidad. No me detuve a llorar; agarré mis cosas y me fui al estado Bolívar.
​En Bolívar, la vida finalmente me sonrió. Trabajaba en una peluquería en el Centro Comercial Cristal y estudiaba en el tecnológico. Ganaba muy bien; me daba el lujo de vestir a mi hija y a mi sobrina ariuska como princesas, y aún me sobraba dinero. Vivía con una amiga cuya familia me adoptó como a una hija. Por primera vez en años, no tenía que limpiar ni hacer oficios; me trataban como a una reina. Fueron años de independencia, de sanar lejos del ruido de los gritos y de demostrarme que podía ser el pilar de mi propia familia.




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