En Bolívar yo estaba construyendo un futuro, pero en Falcón se tejía una trampa. Ángel pasaba los fines de semana con Heyssel, hasta que un día las llamadas de mi madre encendieron las alarmas: "Hija, han pasado quince días y Ángel no ha traído a la niña". Cuando lo enfrenté por teléfono, su respuesta fue una declaración de guerra: "Tú estás loca, ¿qué haces por allá? Vente para acá o te la voy a quitar".
Él no era un mal padre, ni una mala persona en el sentido estricto; era un hombre obsesionado que no aceptaba que yo ya no le pertenecía. En su mente, quitarme a mi hija era la única forma de obligarme a volver.
Aprovechando mis vacaciones, regresé para arreglar la situación, pero me encontré con una emboscada legal. Había una denuncia en fiscalía por "abandono de hogar". Me hicieron leer un papel donde se detallaban mis derechos de visita y convivencia, pero en el momento de la firma, mediante un engaño que todavía me quema el pecho, el documento que terminó en el expediente decía algo muy distinto: yo estaba entregando la custodia total.
"Te vas a arrepentir de lo que hiciste", me advirtió él, mientras yo veía cómo mi mundo se desmoronaba entre sellos y firmas falsas.
No me quedé de brazos cruzados. Contraté a un abogado, Alvin Lunar, y desde Bolívar trabajaba sin descanso para costear los honorarios, las movilizaciones y cada trámite de una batalla legal que parecía no tener fin. Cada bolívar que ganaba se iba en juicios. Era una carrera de resistencia donde los gastos crecían más rápido que las soluciones, pero mi meta era clara: no iba a permitir que me arrebataran mi derecho de ser madre por un engaño.
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Editado: 08.04.2026