En Bolívar, mi vida era un equilibrio entre el trabajo y el anhelo de ver a Heyssel. Cada centavo que ganaba tenía tres destinos: mi hija, mi sobrina Ariuska y mi madre. Para ellas siempre quería lo mejor, los mejores zapatos, la mejor ropa; quería que tuvieran lo que a mí me faltó.
Un día, mientras cenaba arroz chino con una amiga y compartíamos una botella de Gato Negro, el mesero nos dio una sorpresa: la cuenta ya estaba paga. Al voltear, un guardia uniformado me hizo una seña. Aunque al principio lo ignoré, el destino se encargó de cruzarlo en mi camino nuevamente frente al Centro Comercial Cristal. Allí, entre sonrisas y cortesías, intercambiamos números.
Él parecía el hombre perfecto. Me pidió un favor que, aunque me dio miedo al principio, terminó por unirnos más: que le guardara un dinero porque en su cuartel no podía tener grandes cantidades. Con la picardía de mis años, acepté el dinero y terminé gastándolo en mis cosas, en extensiones y caprichos. Cuando se lo confesé, su respuesta no fue rabia, sino una risa protectora: "Tranquila, todo lo que tú quieras, yo te lo voy a dar".
Me convenció con detalles y promesas, hasta que llegó el día de conocer a su familia en Sucre. Aquel viaje fue el primer vistazo a un mundo extraño. Conocí a su madre y supe la historia de su hermana, una dinámica familiar que me pareció una locura y que debió ser una señal de alerta.
Pero el enamoramiento cegó mi instinto. Lo que empezó como un romance fantástico se transformó rápidamente en una pesadilla de control. Aquel hombre uniformado resultó ser un enfermo, un psicópata que me celaba hasta por respirar. Las amenazas se volvieron parte del día a día y el miedo se instaló en mi pecho, un miedo tan profundo que me paralizaba y me obligaba a aceptar su sombra sobre mi vida.
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Editado: 08.04.2026