Mi Vida En Una Historia

Capitulo 8: La jaula de oro y el guardian de la plaza

Bajo el brillo de la vida que aparentaba tener con Franklin, se escondía una oscuridad absoluta. Para mi familia en Falcón, todo era perfecto; no quería preocupar a mi madre, quien finalmente había encontrado la paz al lado de un buen hombre y se había divorciado de mi padre. Con el dinero que manejábamos en las zonas mineras de El Manteco, logré lo que siempre soñé: le construí su casa propia a mamá, la amoblé por completo y me aseguré de que no le faltara nada. "Mi mamá no va a sufrir más", me repetía, mientras yo misma me hundía en un infierno.
​Franklin era un psicópata. Me tenía encerrada por meses, rodeada de lujos, comida en abundancia y los mejores productos, pero con el cuerpo marcado por sus golpes. Me utilizaba para trasladar y contar maletas llenas de dinero en efectivo, moviéndome entre hoteles espectaculares y viajes relámpago a Sucre. Tenía todo lo material: monté mi propia peluquería, cambiaba de carro constantemente y viajaba para traer mercancía de Brasil, pero mi libertad no valía ni un centavo para él.
​Incluso en ese encierro, había pequeñas grietas de realidad. Tenía a mis mototaxis de confianza para moverme. Primero fue "Sardina", a quien descarté por una deuda de unos zapatos, y luego llegó Antonio. Antonio era la puntualidad personificada y el único en quien Franklin confiaba para que me trasladara. "Señora, no se deje pegar tanto, usted es muy bonita", me decía Antonio con una lástima que me quemaba, pero yo seguía ahí, aguantando el abuso y los celos enfermizos.
​Cada salida familiar terminaba en tragedia, en peleas a puño limpio y gritos. Me revisaba el teléfono, me obligaba a estar con él y me trataba como una propiedad más de su inventario. Cuando finalmente saqué fuerzas de donde no tenía y le pedí el divorcio, su respuesta fue una amenaza que me heló la sangre: "Te voy a picar y te voy a meter en una maleta".
​Viví con ese pánico hasta que un día, algo dentro de mí se rompió y se volvió a armar con una fuerza distinta. Me planté firme. Al verme así, él intentó negociar su última forma de control: "Acepto que estemos separados, pero que nadie lo sepa. Viviremos juntos, te sigo ayudando, pero no puedes estar con nadie más". Era su manera de mantener la fachada, de seguir siendo el dueño de la jaula aunque la puerta ya no tuviera candado.




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