Me despierto, hago la rutina de siempre despreciarme en el baño cubrirme los nuevos moratones que tenía en el cuerpo después de la paliza que me dio mi padre antes de que mi abuela me rescatara tocando el timbre. Me fui a clase sin esperar a mi mejor amigo, gire al otro lado de la iglesia que teníamos enfrente de casa. Me crucé con varios compañeros de clase, pero no hablé con ninguno. ¿Para qué? Todos son unos ignorantes. Falsos. Vi a Nadine con Jack, me dieron arcadas verlos juntos.
“Putos falsos” pienso mirándolos con desprecio.
Mantuve mis distancias hasta que llegue al puente de hierro y me cruce con el padre de mi mejor amigo que me informa que Ulrich está enfermo y no podrá ir a clase. Me llena una sensación de abandono por parte de mi mejor amigo que mis nervios ocultos florecen. Camino indeciso trato de convencerme que podré sobrevivir a un día sin mi mejor amigo. El viento frío me golpea la cara, y las sombras de los árboles se alargan como dedos que intentan atraparme. Pero tengo un malestar en mi interior que me alerta de que sea precavido con mi alrededor. Me cruzo a mi hermana en el pasillo de clase, su voz junto con los demás alumnos se vuelven susurros burlones, distorsionados, que me llaman cobarde, inútil, mentiroso. Todo se volvió oscuro y empezaron a encenderse luces.
—¿Qué está pasando? Leila…Ulrich…Jack…¡Si es una broma, no tiene gracia! Salir de donde esteis —confundido sigo un pasillo de luces que se encendía delante mio.
—Me has mentido…la abuela no es como dices —me fulmina con la mirada mi hermana iluminada por un foco de luz.
—¿Qué dices Leila? —retrocedo confundido.
—La abuela te salvo —me grita antes de desaparecer en la oscuridad.
Confundido me sumo nuevamente en una oscuridad que me provocaba escalofríos. El pasillo de luz se volvió a iluminar dejando ver poco a poco una cabellera cobriza, unos ojos verde esmeralda que me engatusan como la primera vez que los vi, reconozco a mi actual ex novia Nadine.
—No es lo que crees…dame una oportunidad —escucho la voz rota de Nadine.
—Ni en broma, paso de meterme en más líos, bastante tengo en casa como para que tu maldita desgraciada me metas en más —gruño con la ira en el puño.
—No me importa ahora tengo a Jack que me complace más de lo que tú me has podido complacer durante estos tres años —ríe amargamente.
—Pues hala vete con tu Jack, me dais asco los dos —grito antes de volver a quedarme a oscuras.
Gruño suelta patadas y puñetazos al aire. Se encienden nuevamente las luces pero esta vez me dirigen a una especie de pasillo sin fin, el suelo se abre y caigo a un vacío oscuro, cierro los ojos esperando el golpe pero al abrir los ojos estoy en el salón de mi casa, en ropa interior me huelo lo peor.
—Lo que se interrumpió… seguirá —dice mi madre detrás de mí con una voz tan fría que me hiela la sangre—. No hoy. Ni mañana. Pero pasará. Conseguiré lo que quiero.
—Déjame en paz satisfacete con tu marido —digo temblando de miedo. Mi madre se acerca, me acaricia mi demacrado cuerpo, agarra la goma de mi calzoncillo, su aliento rozaba mi cuello, murmurando cosas que jamás deberían salir de los labios de una madre. Yo retrocedía, pero la casa misma me retenía. No había puerta, no había salida
—No… suéltame. ¡¿Qué te pasa?! ¡Esto no está bien!¡Pervertida! —grito y la empujo.
—Hijo desagradecido, tienes que obedecer a tu madre —grita pero antes de recibir la torta todo vuelve a la oscuridad.
Suspiro medio aliviado, pero la mano que siento en mi desnudo hombro me pone los pelos de punta.
—Liam ¿Tienes más dinero para mí? —la voz chillona de Denise resalta en el silencio.
—Vete a tomar viento, con ese pelo de rata mojada que tienes, no se ni como me pude fijar en ti —digo asqueado.
Se apagaron las luces y cuando se encendieron apareció mi padre.
—No tu no, por lo que más quieras necesito alejarme de todo —grito corriendo en dirección contraria.
—Da igual cuánto trates de huir de nosotras —gritan detrás de mí, mi hermana, mi madre, Denise y Nadine. —No te librarás tan fácilmente.
Las voces que me persiguen se distorsionan. El entorno tiembla. Todo se desmorona.
Caigo sin fin.
Un golpe seco. Estoy en el baño de mi habitación. Me miro al espejo. Mi cara está llena de sangre, pero no siento dolor. Me toco las mejillas y veo que no hay heridas. Sin embargo, la sangre sigue goteando del reflejo, no de mí. El espejo sonríe, burlón.
—Eres el problema —me dice mi reflejo, con una voz hueca—. No papá. No mamá. Tú.
—¡Cállate! —grito, rompiendo el espejo con el puño. Pero no se rompe. Es mi mano la que se agrieta, como cristal. Cada pedacito de mi cuerpo se agrieta como cristal, veo una foto rota en mil cachitos, me resultaba conocida. La imagen de mi difunto abuelo paterno, me viene a la mente.
Cuando creo que iba a romperme en mil cachos como la foto una luz enfrente mío se ilumina con una guitarra eléctrica igual de rota que yo. Empiezo a pensar qué relación tiene conmigo. Se enciende otro foco…pero esta vez, está mi abuelo paterno con la guitarra y empieza a tocarla, la melodía que salía de esta reconstruye mi cuerpo agrietado, ya que era una canción que me compuso para mi.
Editado: 30.12.2025