Mi vida es música

CAPÍTULO 9

Suena el despertador a las seis de la mañana y me niego a ir a clase. Me quedo un rato mirando el techo. Unos minutos después, cuando la alarma se rinde, me levanto con torpeza. Cada paso retumba en el suelo, como si los tablones quisieran quejarse de mi presencia.

En el baño, el espejo sigue entero, pero me rehúso a mirarlo. No quiero volver a ver esa sonrisa. Mientras me lavo la cara, me doy cuenta de que algo en mí cambió. Es casi imperceptible. Tal vez la melodía de mi abuelo quedó flotando en algún rincón de mi pecho. Tal vez ese sueño fue más que un mal viaje. Tal vez fue una advertencia. O una señal.

En el desayuno, mamá no está. Mejor así. Papá tampoco. Mejor aún.
Leila está en la cocina. Me mira, pero no se atreve a decir nada.

Me preparo un café. Amargo como mi alma. Como todo lo demás. Lo tomo de pie, en silencio, mirando por la ventana como si esperara que algo —cualquier cosa— viniera a rescatarme.

Observo a Nova, mi ahora vecina, salir con los señores García y Pérez de casa. No sé a dónde irán. Tampoco me importa.
Durante un milisegundo, Nova hace contacto visual conmigo. Me dirige una sonrisa tímida. Retrocedo en la cocina, ocultando mi presencia.

Unas horas después, Ulrich viene a buscarme.
Trata de convencerme, pero en cuanto entra en mi cuarto y ve cómo tengo la cara y el cuerpo, su rostro cambia. Ya no insiste.

—Tengo que ir a clase, Ulrich —digo, entre indiferente y preocupado—. Me dijeron que si faltaba otra vez, llamarían a casa... pero no puedo ir con estas pintas.

—Bueno, pero los profesores no saben lo que pasa en casa... ¿o sí? —responde él, bajando la voz, preocupado.

—Puedo decir que estoy enfermo. Que es verdad —murmuro, encogiéndome de hombros.

—No es por desmentir lo que dices, pero… ¿cuántas veces has usado esa excusa este curso, Liam? Nadie lo va a creer.
Después de esos días que faltas, vuelves con los moretones casi borrados, vas a clase y colapsas. Terminas en el hospital.
Y además, siempre vas tapado con vendas hasta arriba… para ocultar los moratones o las cicatrices que tú mismo te haces…

—…

—No sé… para mí que la directora ya sospecha algo —dice, mientras me obliga a sentarme en la cama.

—Pues si he de ir, ayúdame a cubrir o disimular... esto —le digo, señalándome entero.

—No tienes que disimularlo, Liam. Tienes que pedir ayuda. Mostrar esos moratones... puede que te ayuden —suspira, bajando la mirada.

—Si mi madre o mi padre se enteran de que dije algo, me van a mandar al hospital. O peor aún... Mejor me quedo en casa —empiezo a temblar.

—Calma, no estoy diciendo que tengas que contar nada. Solo... busca una salida —dice con voz suave—. ¿Recuerdas cuando tu abuelo vivía? La profe de música... ella te ayudaba a desahogarte.

—Sí… hoy soñé con mi abuelo. Y con su famosa canción… aquella que compuso para mí —una sonrisa sincera, inesperada, ilumina mi rostro.

—¿En serio? —Ulrich, sorprendido, me agarra por los hombros y me observa con atención, como si tratara de confirmar que esa chispa en mis ojos es real—. Eso sí que no me lo esperaba.

Me encojo de hombros.

—No sé por qué, pero al despertar... sentí algo distinto. Como si esa melodía hubiera quedado flotando dentro. Como si aún pudiera encontrarla.

Me levanto despacio y voy al armario. Muevo un par de cajas hasta dar con una vieja camiseta, está el cuaderno negro de mi abuelo, el de tapas duras. Mi abuelo solía escribir en él melodías, letras sueltas, acordes sin sentido. Donde anotó aquella canción.

—¿Ese es…? —pregunta Ulrich con los ojos clavados en el cuaderno.

Asiento.

Busco la letra, empecé a leerla y mi expresión alegre por el recuerdo de mi abuelo se desvanece, encontré algo que nunca antes había visto. Un mensaje que decía: “Para Liam, cuando no sepa cómo hablar.”

—¿Qué pasa? —pregunta el moreno curioso.

—Creo que mi abuelo me dejó un mensaje en esta canción, pero desde que murió no toque el cuaderno —respondo enseñándole el cuaderno.

—Liam…tu abuelo lo sabía. Tal vez no lo decía en voz alta, pero lo veía.

Miro a mi mejor amigo confundido. No entendía nada.

—Veía —o escuchaba entre líneas— que en tu casa había gritos sin sonido, golpes que no dejaban eco, y miradas que herían.

—Por eso dejó esas frases en la canción. No son solo poesía… son advertencias disfrazadas. —miro sorprendido a mi amigo, cuando empiezo a entender por dónde van los tiros.—“Hay paredes que gritan aunque nadie las toque”… “hay abrazos que duelen más que el frío del mar”…

—Eso no lo escribe alguien que no ha visto el dolor. —recalca Ulrich.

Nos quedamos en silencio procesando toda esa información.

—Te estaba hablando a ti. Sabía que algún día ibas a necesitar volver a esa canción… y entenderla. —rompe el silencio Ulrich.

—Mira lo que dice aquí…—señala mi amigo a una línea de uno de los versos.

—Si el espejo algún día te mira sin boca, háblale tú, sin tener que temblar. —lo miro confundido, no entendia nada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.