Nos subimos al autobús y continuamos la charla sobre la canción de mi abuelo durante todo el trayecto. Al llegar al instituto, la directora nos esperaba. Me miró, sorprendida por los moratones que tenía al descubierto, pero al instante lo disimuló.
—Liam Lee, a mi despacho. Ahora mismo —ordenó con seriedad.
Miro a Ulrich; él me da un golpe en el hombro a modo de ánimo. Sigo a la directora en silencio, con la cabeza gacha, intentando que mis compañeros en el pasillo no me vean la cara.
La directora abre la puerta de su despacho. Entro y me siento en una de las sillas. Mi mirada se posa en uno de los cuadros colgados en la pared. Sé que no es mi abuelo quien aparece allí, pero me lo recordó. Me desconecté de lo que decía y me sumergí en su recuerdo.
—¿Me estás escuchando? —me regaña con autoridad.
—Disculpe, no la estaba escuchando —respondo con indiferencia.
—Liam, ¿qué voy a hacer contigo? —suspira, cruzándose de brazos—. Hace dos días tuviste un ataque de pánico y te mandamos al hospital por las heridas que te causaste. Y hoy, misteriosamente, después de recibir el alta médica, apareces lleno de moratones… Necesito una explicación, y una buena, para no tener que llamar a casa y preguntar —dice, entre la preocupación y la firmeza.
No debo decir nada… no todavía —pienso, mientras mi pierna comienza a temblar.
—¿Vas a decirme algo o llamo a casa? —su voz cambia, ahora más fría, casi amenazante.
—Haz lo que quieras, pero no diré nada —gruño, frustrado.
La directora agarra el teléfono. Mi cuerpo se tensa. Un sudor frío sube por mi espalda. Siento su mirada fija en mí, intensa, como si intentara perforarme con los ojos.
Sé por qué me mira así, pero no puedo ceder. No puedo. No cuando me amenazan cada noche con hacerme, y hacerle a Leila, cosas horribles.
Siento su mirada clavándose en mis moratones como si intentara descifrar un código que no quiero que nadie lea.
—Liam, no soy tu enemiga —dice al fin, en un tono más suave—. Pero no puedes esperar que me quede de brazos cruzados mientras te haces daño… o alguien más te lo hace. No es normal que un chico vuelva del hospital con moretones nuevos.
Mi pierna se mueve más rápido. Aprieto la mandíbula. Mis puños se cierran hasta que los nudillos se vuelven blancos.
No puedo más. Me duele todo. Pero, sobre todo, me duele el alma.
—No lo entiendes —susurro.
—Entonces ayúdame a entender. ¿Te lo está haciendo alguien en casa?
Mi estómago se revuelve. Desvío la mirada, buscando escapar. Mi corazón grita ayuda, mientras mi mente suplica silencio.
—¿Es tu padre? ¿Tu madre? ¿Alguien más? ¿Por qué Leila no viene así a clase?
—¡No lo entiendes! ¡Nadie lo entiende! —exploto de golpe, levantándome bruscamente. La silla cae con un golpe seco detrás de mí—. Leila, ella… ella...
La directora se sobresalta, pero no retrocede.
—¡No es tan simple como "alguien me hace daño"! —grito, sintiendo cómo las palabras salen sin filtro.
—Liam, relájate. No te entiendo… Cálmate y déjame escucharte —dice, acercándose, intentando que me siente de nuevo.
—¡A veces soy yo, a veces es todo lo que me rodea, a veces… a veces solo quiero desaparecer y no tener que explicarle nada a nadie! —me quiebro. Ya no puedo contenerlo—. ¡Me van a matar! ¡Me van a matar!
Respiro agitado. Mis ojos arden. Todo el despacho se encoge a mi alrededor, como si el mundo me aplastara.
Ella me mira en silencio. Ya no con autoridad, sino con algo más cercano a una herida que también lleva dentro.
—Liam… —murmura.
Pero yo ya camino hacia la puerta. No quiero escuchar nada más. No quiero ver su cara. No quiero sentir nada.
No necesito compasión, cuando no me pueden ayudar.
Salgo con paso apresurado hacia el patio, cruzando los pasillos sin mirar a nadie. Me dirijo al pequeño bosque que hay detrás del instituto, donde los árboles cubren el cielo y el mundo parece un poco más lejano. Me dejo caer entre las raíces húmedas de un olmo viejo. El corazón me golpea fuerte en el pecho. El aire me cuesta.
No sé cuánto tiempo pasa. Solo sé que el viento me corta las mejillas, y el silencio me abraza como una manta áspera.
Unas horas después…
—¡Liam! Por fin te encuentro.
Escucho la voz de Ulrich. No quiero mirarlo. Pero tampoco tengo fuerzas para huir.
Se acerca lentamente, como si tuviera miedo de romper algo dentro de mí.
—Te he buscado por todas partes… Estás helado, joder —dice, arrodillándose a mi lado.
—¿En serio? ¿Te has ganado una medalla o solo vienes por el premio de “mejor amigo del mes”? —respondo sin mirarlo, con voz ronca y cargada de sarcasmo.
Ulrich frunce el ceño, pero no dice nada. Observa mi cara con curiosidad.
—Estoy preocupado, idiota. ¿Has estado llorando? —dice al fin, con voz seca pero sincera.
Editado: 30.01.2026