Regreso al despacho de la directora junto con Ulrich y Leila. La directora me observa con preocupación.
—Chicos, no podéis seguir así —la voz de la directora, seria y autoritaria, me intimida. Cruzo los brazos, serio, sin mirarla. Leila, a mi lado, se encoge y aprieta las manos, mientras que Ulrich mira al suelo junto a ella.
—No puedo permitir este comportamiento —me mira con cansancio, ya que es la quinta vez en un mes que nos metemos en un lío como este.
—Pues no permitas que la gente maltrate a otros —susurro.
—¿Qué has dicho? —gruñe la directora.
—Lo que has oído. ¿No querías que me abriera? Pues aquí me estoy abriendo. Tienes alumnos que maltratan a otros, ya no solo a Leila o a mí —salto, cabreado.
—Eso no es posible. En esta escuela llevamos años tratando el bullying y no ha habido ningún caso —responde, cabreada y orgullosa.
—Ves por qué no me abro con otros temas... qué decepción —respondo con amargura, me levanto y me dirijo hacia la puerta.
—Liam, no te pongas así… —grita, pero ya es tarde para tratar de detenerme.
Me detengo en la puerta y escucho sin querer. La voz de Leila llega hasta mí, quebrada:
—Directora, perdone a mi hermano mayor, no estamos pasando por un buen momento en casa, la semana que viene es el aniversario de la muerte de nuestro querido abuelo y Liam era muy cercano a él.
—Sí, directora, perdona a mi amigo, estamos tratando de convencerlo de que vuelva a la música para que saque todo lo que lleva dentro… —la voz de Ulrich también se escucha quebrada.
—No os preocupéis, no voy a expulsar a Liam, sé que está pasando por un mal momento. Hablaré con la señora Denver, para que lo anime. Siempre se entendieron —la voz de la directora suena menos orgullosa que antes.
Me alejo del despacho e inconscientemente camino hacia la sala de música. Me aseguro de que está vacía, entro, me acerco al piano, me siento delante, dudo si levantar el panel para tocarlo. Cierro los ojos, suspiro, mantengo los ojos cerrados cuando abro el panel dejando el teclado a la vista. Abro los ojos, coloco mis temblorosos dedos en las primeras teclas, sacando una melodía oxidada, dejando notar que no lo toco desde hace siete años.
Recuerdo aquel verano cuando solo tenía dos años, tuve un berrinche porque mamá y papá no querían llevarme a la piscina, el abuelo me cogió y me sentó junto a él en el piano.
—No hace falta hablar cuando el alma tiene tanto que decir —me dijo con esa calma suya.
Tocamos juntos una melodía sencilla, a cuatro manos. Me hizo reír en medio de las lágrimas.
Después de ese día siempre le acompañaba a los estudios de música y a todos lados, éramos uña y carne. Cuando cumplí nueve años tocamos nuestra melodía antes de la tragedia.
Ahora, sin él, mis dedos encuentran esa misma melodía. Oxidados, sí, pero vivos. Suenan torpes, pero sinceras. No suena como lo hacía con él, pero aun así… me inunda una paz y una alegría que había olvidado cómo se sentían.
—Por fin te encuentro, Lee —esa voz femenina rompe mi paz… pero no mi alegría.
—Te dije que me olvidaras, Nadine —mi voz cobra vida. Ya no es esa voz apagada que siempre parecía a punto de perder el alma.
—Te necesito… papá ya metió al que me… bueno, ya sabes, en la cárcel —dice con esa voz melosa que siempre usaba cuando quería algo. Se me sienta encima, como si todavía tuviera algún poder sobre mí.
—¡Dije que me olvidaras! —la empujo sin dudar. Cae… aún creyendo que sigue por encima—. Ya soy feliz sin ti. Recuperé algo que me arrebataron. Y tú ayudaste a destruirlo.
—Liam, solo vine porque…
—No. Viniste porque te quedaste sola. Porque cuando todo se fue a la mierda, creíste que yo iba a estar ahí. Otra vez. Como un idiota.
Ella parpadea, sorprendida. Frágil. Pero esa fragilidad ya no me engaña.
—No sabes lo que he pasado estas semanas. Desde que me violaron…
—¿Y tú sabes lo que pasé yo por tu culpa? —me acuclillo frente a ella, con la voz tan baja que duele—. Porque si quieres, saco una libreta y te lo detallo. Cada mentira. Cada manipulación. Cada vez que me hundiste con una sonrisa en los labios.
Ella intenta reír. Falsa. Incómoda.
—Sigues siendo igual de dramático.
—Y tú igual de patética, creyendo que sigues teniendo poder sobre mí. ¿Sabes qué cambió? Yo. Ya no te necesito para ser quien soy. Y no te voy a dejar arrastrarme otra vez.
Me pongo de pie. Ella empieza a llorar. No lágrimas sinceras. Lágrimas teatrales.
—Vete, Nadine. Antes de que empiece a sonar una melodía que no puedas soportar.
—Liam te necesito no me dejes —llora, se agarra a mi pierna, de forma inutil.
—No estoy diciendo que no te hayan hecho daño… solo que yo no voy a ser el que pague por lo que otros te hicieron.
—Liam, por favor, no me dejes. Te necesito —se arrastra, aferrándose a mi pierna como si pudiera retenerme con ese gesto patético.
—¿Necesitarme? —me agacho, la miró con frialdad—. No, Nadine. Tú necesitas atención, control… Y alguien que te perdone todo sin cuestionarte. Pero eso ya no soy yo.
Editado: 15.02.2026